Solo la directora de este semanario podría decir que ha estado en más cierres de edición que quien esto escribe. De los 500 búhos enviados a imprenta he participado (hasta bien entrada la madrugada más tenebrosa) en 400 y un poco más. Serían entonces 400 desvelos que han sido determinantes en el envejecimiento prematuro y avanzada calvicie de quienes nos hemos gritado en pos de sacar el mejor producto posible, la mejor portada a colgar en los kioskos.

Cada una de esas noches de cierre es distinta de las demás, pero poseen elementos en común que hacen de esta tragedia una delicada rutina llena de frases que se repiten, siendo la más importante aquella que abre los rojos de toda la redacción y que pone a tartamudear a más de un periodista: ¿Con qué abrimos?

En “El Búho” esa pregunta presiona hasta al más cuajado de los reporteros que todavía no termina su nota. Imaginen la cara de pánico de los que recién empiezan. Es, hay que decirlo, cruelmente divertido. La pregunta suele salir de boca de la directora, causante seguramente de varias incontinencias de los practicantes noveles.

Nunca hemos tenido un cierre reposado. Jamás. Se ha intentado centenares de veces, se han discutido decenas de alternativas para no ser esclavos de la redacción en esos días complicados. Imposible, el sufrimiento se ha vuelto parte indivisible de cada edición de este semanario. Acaso de otra manera no tendría la misma magia.

Y es que la magia es quizás lo único que explique esta pasión que consigue que promociones de jóvenes (y no tanto) sacrifiquen la velocidad de sus sábados en los bares y discotecas a cambio de la adrenalina de entregar sus notas al filo del deadline. Muchachos: es una muy mala costumbre.

El café, los sanguches de lechón, el pollo a la brasa, la salchipapa (o vienapapa para los más aristocráticos) se convierten en compañías de esos días de presión y en causantes, además, de las gastritis de varias promociones de periodistas iniciados en El Búho. Los recolectores de basura del cercado de la ciudad, que llegan los sábados con su tonadita musical cada vez más extraña (estas semanas “A Hard day’s night” de The Beatles es el soundtrack de los desechos) pueden dar fe de lo que se come a deshoras en un cierre promedio.

No siempre fue un sábado el día maldito. El semanario ha cerrado en jueves y en lunes, obedeciendo a las ideas revolucionarias de salir los viernes o los martes. No funcionaron. Y como un karma lo inevitable ha perseguido a los integrantes de la plana en esos días de cierre no importa su nombre ni ubicación durante la semana. Así, la niña símbolo de esta ley de Murphy editorial podría ser la propia directora, que ha sido operada de una apendicitis en el día D o, años más tarde, trajo al mundo a su segundo hijo, no sin estar enviando directivas por teléfono minutos antes de entrar a la sala de alumbramiento en un cierre que será recordado por los protagonistas como un parto, literalmente.

Tanto drama invita necesariamente al nacimiento de amistades. Los reporteros, editores, diagramadores y demás que han pasado juntos esas horas espantosas han descubierto de inmediato la necesidad de un sentido del humor a veces bastante hardcore y una correa que podría darle varias veces la vuelta a la plaza de Armas. Insultos disfrazados de chapas y chistes donde se raja del planeta entero, abundan en las horas finales del cierre, a veces generando inoportunas risas donde debe haber diligencia y rapidez. Ni la directora se salva de tamaño despliegue de maldad. Obviamente ahí la cosa es a escondidas de ella.

La idea de la portada surge, casi siempre, de un esfuerzo comunal. La idea multicerebral a veces termina plasmada en imágenes que son francamente notables pero también hay ejemplos de las cosas más extrañas que se hayan hecho en la prensa escrita arequipeña, y que sirven de (mal) ejemplo y sarcasmo para futuras ediciones. “Sombras y dudas” es quizás la más recordada en esa galería de la sorna. No querido lector, no le diré el número de esa edición para proteger algunas vergüenzas.

Hacer quinientos búhos es francamente notable, tomando en cuenta los esfuerzos editoriales que han enterrado el pico luego de la primera decena. Seguramente la tradición del caos seguirá imperando en esta redacción, alimentando la leyenda del Semanario del Sur. Felizmente hay Sal de Andrews.

Jorge Alvarez Rivera

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