Violencia

La columna Mabel Cáceres Calderón

 

Cada vez que ocurre un crimen como el sucedido en Lima, donde un hombre estranguló salvajemente a la madre de sus cuatro hijos, se movilizan los figurettis de siempre, clamando por mayores penas, por normas más drásticas, por la intervención del estado y se repiten insulsamente términos como feminicidio, políticas de género, políticas sociales, prevención, educación, etc.

Pocos hablan de la salud mental de las personas involucradas en estos actos de violencia. El caso de la niña que fue asesinada por su propia madre, después de someterla a aterradoras torturas, duró algunos días en los medios, se derramaron algunas lágrimas en las pantallas y algunas vestiduras quedaron rasgadas por los suelos; no se habló de fondo del asunto, de una sociedad mentalmente enferma como la nuestra; y ahora ya nadie habla de eso.

Escuchando a la psicoanalista Carmen Gonzáles insistir una y otra vez sin ser oída, que es necesario que las personas se hagan un autoexamen sobre sus propios conflictos interiores, para no reproducir infinitamente algunos esquemas como el del varón que pega y la mujer que aguanta u otros patrones patológicos que abundan en la sociedad; pienso que no estamos avanzando nada. Pues la salud mental, vital para la felicidad –ahora considerada el verdadero objetivo de todas las sociedades modernas- es el insumo principal, ya que todo esto se trata de percepciones personales.

Solo una sociedad dramáticamente retrasada como la nuestra, aún no considera entre sus fines el bienestar personal de cada uno de sus integrantes  (aunque lo mencione inútilmente la Constitución) y, por tanto, la salud mental y psicológica como la principal vía para conseguirlo. Por eso, a diario, los tremendos dramas que nos vemos obligados a presenciar o a sufrir: incomprensión, ignorancia, indiferencia, falta de afecto, falta de consideración, falta de autoestima. Y la sociedad sigue andando, apresurada, completamente extraviada en la búsqueda de quién sabe qué, que se parezca al denominado progreso, que sólo puede ser consecuencia de la felicidad y alegría de vivir que puedan sentir la mayoría de sus integrantes.

Por eso, esos discursos retrógrados de políticas de género, sanciones legales, procedimientos y frases elaboradas para impresionar a la tribuna son tan vacíos y carentes de sentido. Aquí sólo importa el bienestar personal de cada uno de esos niños o madres que sufren por falta de afecto, por desórdenes creados en su más temprana infancia. Lo que se requiere es apoyo psicológico, solidaridad, que el brazo fraterno de alguna persona sensible que represente al estado, los alcance. No la frialdad de funcionarios y discursos feministas que en nada ayudan a la gente a sentirse mejor. Y por tanto, a ir erradicando la violencia de nuestra sociedad. Poco a poco y sólo con afecto.

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