“Sazón hospitalaria”

Quien haya estado hospitalizado alguna vez de seguro guarda en su memoria gustativa los sabores tísicos de la comida de hospital. Quien haya desayunado, almorzado y cenado en un hospital, sabe que el paladar puede resentirse más que el corazón y que comer sano no es lo mismo que comer saludable.

En una cocina de hospital el vocablo funciona invertido. Lo dulce no lo es, lo salado tampoco, lo caliente menos, y el buen sabor es una prohibición tan reprochable como la automedicación. En una cocina de hospital no hay magos, ni manos prodigiosas, ni paladares absolutos, sólo cocineros que pican, cortan, baten, trozan y pelan sin un poco de consideración por los enfermos.

En el 96 me rompí la pierna derecha por segunda vez. Ingresé por Emergencia con la misma cara que ensaya usted amable lector cuando olvida las únicas llaves de la casa, dentro de la casa. No dolía como la primera vez porque la reincidencia resta sensibilidad.

Me convertí en un interno, en una leyenda de ficha médica más, víctima de la “sazón hospitalaria” a la que tomé como violento escarmiento por haberme quitado el yeso, de la primera fractura, antes de tiempo, por caminar aún con una diminuta fisura, por correr como el “coyote Rivera” por los pastos engañosos del Parque Selva Alegre, confiado de que se me había formado un indestructible “cayo óseo” todavía inexistente.

El estofado me decía “bien hecho” temblando en el plato blanco, blanco hospital. La gelatina me decía “bien hecho” rebalsándose por mi boca, el refresco, la leche fantasmagórica, el cadáver del pollo sin sabor ni amor. La sazón hospitalaria “es el peor castigo”, ya me lo había dicho mi hermano, que estuvo internado más de un mes en plena huelga de doctores en el 92, y con el cúbito y radio rotos.

Sin embargo, una noche, acabaría todo, la sazón hospitalaria se adecentaría gracias a otra púber como yo, una niña de cabello negro que por un instante me hizo creer que en efecto hay mujeres que conquistan por el estómago. Me dijo que era hija del cocinero y yo me enamoré de las casualidades y le pedí que desapareciera la leche de mi bandeja y el postre también. Que calentara más las comidas y les aumentara muchas pizcas de sal. Pedir ají habría sido un exceso pero ella hubiera hecho lo que fuera por su Romeo cojo y quisquilloso.

Era tan buena que no recuerdo su nombre. Otra noche me prestó un pequeño radio donde escuchábamos las baladas románticas de moda y, con el volumen más bajo, algunos temas de Ace Of Base. Nadie decía nada.

El día que me dieron de alta, en marzo del 96, ella no fue a ayudar a su papá el cocinero, así que no pude agradecerle haber aparecido y mejorado la sazón hospitalaria, mucho menos, decirle que aquellos días fue de las mejores visitas que recibí, puesto que fue la única persona que nunca me dijo que después de todo “sería mejor dejar la pelota y dedicarse a otra cosa”, aunque al final fue eso lo que hice, y ahora sólo pateo una cuando juego con el pequeño Ismael de 3 años.

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