Erase una vez en Beaterio

Quiero compartir con ustedes una crónica que hice hace un par de años sobre un centro cultural incondicional a todo, donde no importa construir una moral de papel, donde no se obliga a nadie a nada, donde sólo basta con cerrar los ojos y moverse sobre sus pies.

El punk arequipeño se mantiene vigente con impecable estridencia y ha anidado su cresta brutal muy cerca del centro histórico. La calle beaterio se ha convertido en el hierro medular para espectaculares presentaciones de incontables bandas que han encontrado en ese reducido espacio una verdadera luz para desastillar su voz cantando sus letras contestatarias.

Si Tim Burton supiera de esta casa, no habría para los punkeros más remedio que buscar otro “Weko”, como así se le llama desde hace 3 años aproximadamente al 117 de la calle beaterio, donde en días normales decenas de bandas ensayan su rabia por tanta disconformidad y en días de concierto la ponen en práctica pogueando hasta literalmente demoler y ser demolido. La anarquía, el desafuero, la libertad de hecho, la cadencia de los sueños sobre la unidad, y por qué no, el amor a ser lo que se es, son indomables características de cada concierto efectuado en el pequeño salón del segundo piso de esta decrépita construcción que según Hernán Lazarte, pasivo encargado, antes era refugio de la humanitaria comunidad Sadoke agrupación que no solo se dedicaba a darle duro al metal sino que también desarrollaba campañas solidarias en bien de los niños pobres.

Esta noche hay concierto, y sobre el escenario liliputiense pesa la cuestionadora existencia de cuatro muchachos que han llamado a su banda Desertor, y que estrenan nuevo bajista, un tipo que en su vida ha tocado ni en la banda de su colegio pero que está ahí con los ojos arrebolados, como Sid Vicious,  desollándose los dedos, pues no cuenta con plexo (su nombre es Marco Zavalaga pero no es mi amigo). La gente ha hecho un círculo como cuando se viene una bronca, o algo parecido, los roces, hombrazos, espaldarazos y hasta contrasuelazos propios de una danza convulsiva salpican las primeras gotas de sudor: el pogo empieza a vedettear.  Los cueros friccionan,  provocan calor, y las púas de acero sacan chispa, y eso que recién está comenzando, dicen por ahí.

Desde afuera los gritos sólo pueden traer a mi mente uno verso del difunto gran poeta, José Watanabe: “en esa casa, a puerta cerrada, mataban chanchos…sentados en la vereda rota sólo oíamos gritos desesperados…” Y el efecto catártico es, cuando más, efectivo. La gente sigue llegando, el Hueko se colma poco a poco, sólo las bandas son aves de paso y se despiden con la greña revuelta y el rocío de la transpiración refrescando su aliento.

La conmoción más que el ron o algún otro hechizante manipula a un punkero pelirrubio que se encarama en el escenario y arrebata como en juego de niños el micrófono al vocalista de Cianuro que continúa gritando su canción con óptimo volumen y mirada amenazadora, mientras el sapito Guido Núñez con la panza al viento, le da sin misericordia a la batería. El pogo se ha intensificado,  cobra un movimiento envolvente y comienza el tócame pero no me mires, una manera muy civilizada de la extensión de la propiedad corporal, y unisex aunque usted no lo crea.

Por un momento el escenario queda vacío, la gente sigue bebiendo, hablando, soplando sendos humos, ya casi ni importa que la música siga o no y esto parece tratarse de una actividad integral en la que prima la fraternidad, la idea radical de que el estilo sombrío y contestatario debería continuar afuera y para toda la vida. El cese de la música se debe a la falta de una guitarra por lo que se forma una comisión hispano-arequipeña para la reconstrucción de una ya vieja que al parecer ha sido tocada por el diablo, sin embargo cae una del cielo y el concierto vuelve a enchufar al respetable.

Los largos mechones de pelo parecen ser una extensión de la vitalidad y la locura, una prolongación de la existencia, para unos cuantos quizá un distintivo de superioridad como en una tribu guerrera. Es el turno de los extranjeros, la banda de punk rabioso Dolor viene de una gira sostenida de seis meses por toda Latinoamérica y por si fuera poco su siguiente destino es Cuzco, ¿habéis oído algo igual?… Adrián al igual que el sapito también se ha deshecho del polo y se ha sentado a meterle palo al tambor, su ligero parecido con Charlie García promete, no por gusto se ha rapado la mitad de la cabeza, y hace muecas de genio incomprendido, al final el talento es comprobado.

La banderola que luce el escenario reza: “No guerra entre naciones ni paz a los gobiernos”, una paloma blanca sostiene en sus patas una bomba molotov, y la escena se complementa con la presentación de una banda que se da el lujo de dejar de cantar para que el resto lo haga. Enrique Pari lleva el micrófono al vacío umbroso y se deleita con una sonrisa inmarcesible sobre el rostro ebrio cómo la muchachada canta las canciones de la acaso más importante banda de punk que el más subterráneo sillar haya engendrado. Barriada Vulgar  desata un pogo melancólico que enamora y acerca el vapor corporal hasta el romance. Después de ellos el Hueko se cierra como un ojo brujo que acaba de ver lo que ninguno, el punk baja los decibeles pero no se apaga, solo divaga en el ambiente hasta una nueva orgía.

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