Con el dedo bien adentro

 “Estoy, por lo general, tan seguro de que todo está desprovisto de consistencia, de fundamento, de justificación, que aquel que osara contradecirme, aunque fuera el hombre que más estimo, me parecería un charlatán o un imbéci”l.

 (Ciorán)

 

Gracias a la televisión basura fundada en la década del noventa dentro de un gobierno criminal y excrementicio soy de los muchos que ve realmente poca. Sin embargo la roña de la pantalla no es la única razón por la que evito sentarme al frente, sino la nula verosimilitud de algunos programas que polemizan el cotidiano en busca de entretenimiento, por citar un ejemplo.

Aunque  ese no es el verdadero problema, porque siempre habrá mala y muy mala televisión, el problema es el valor y atención que la gente le otorga a productos que exponen la desnudez voluntaria pero condicionada de gente común con necesidades quizá descomunales. Se trata de programas que aprovechan la condición desventajosa de personas cuyo día a día o espinosa forma de vida no les permite el lujo de evaluar qué sería digno de hacer por dinero y qué no.

Y el televidente goza con la podredumbre ajena, con la decadencia vecinal, eso es algo que las altas sintonías han comprobado y que no postulo con ánimos moralistas. El televidente se aburre fácilmente, “te cambia de canal al toque” dicen los productores, por eso hay que darles lo nunca antes visto o una versión más temeraria, abusiva e indolente, algo tan verdadero como fantástico y repulsivo. Mientras el televidente espera con espuma en el hocico y el control bajo la pata… “Amor vincit omnia” y el morbo también.

La semana pasada la revista Caretas publicó una nota sobre “El valor de la verdad”, sabatino que conduce Beto Ortiz y que seguramente usted amable lector habrá visto, aunque sea por curiosidad o porque le atraen las novedades y el vértigo. Fuera de las cachetinas que haya entre la revista y el conductor, es evidente que Ortiz, lejos de no ser un poligrafista, realiza una serie de preguntas que escarban incluso en la vida íntima de sus participantes, generando increíblemente un interés y excitación patógenos en la gente.

La pregunta es ¿quién se quiere enterar si la fulana fue prostituta, o come arroz con mango después de las doce?,  ¿a quién podría interesarle tanto una revelación de este tipo? por supuesto al televidente que codicia un descubrimiento tan irrelevante a través de su pantalla. ¡En alguna parte del país hay una chica que mintió y que por unos miles de soles se atrevió a decir la verdad! el espectáculo perfecto para un país complacido de vivir con el dedo bien adentro y los ojos plácidamente cerrados.

Quizá ponerle precio a la verdad es divertido cuando ésta no compromete a nadie ni provoca cataclismos en ámbitos específicos. “Soy prostituta”, “creo que mi mujer está muy gorda” “sí, Beto mataría por amor ”, ETC,ETC,ETC…

Por qué mejor no enchufamos esa máquina a gente cuyas revelaciones sí generarían cambios importantes y fueran compatibles con el interés común. Creo que sus verdades serían mucho más polémicas, obscenas e indignantes algunas. Las preguntas por supuestos no abordarían su vida privada sino sus funciones públicas. La lista sería interminable, habría material por lo menos para decenas de temporadas entre autoridades de todo rango y deudores morales del estado.

Por ejemplo, podríamos empezar cambiando el nombre a: “El verdadero valor de la verdad” y el primer invitado podría ser Alfredo Zegarra. ¿Qué le preguntaría usted amable televidente?

Ah, por cierto, éste sábado estará diciendo TODA su verdad la señora Susy Díaz… De rechupeta o para no perdérselo.

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