El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

Venezuela, Almagro, la OEA y el petróleo

 

 

Y pasó lo que los opositores al gobierno de Nicolás Maduro querían: el 31 de mayo el uruguayo Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos, anunció que convocaría al consejo permanente de esta entidad para “realizar una apreciación colectiva de la situación (en Venezuela) y adoptar las decisiones que estime convenientes”, aplicando el artículo 20º de la Carta Democrática Interamericana de la OEA.

Se saltó a la garrocha el primer párrafo de este artículo que dice que esa medida podría ser adoptada “En caso de que en un Estado Miembro se produzca una alteración del orden constitucional que afecte gravemente su orden democrático”. No le interesó para nada que en Venezuela los poderes del Estado, elegidos o designados como la Constitución dispone funcionan regularmente, aunque haya discrepancias de opinió ni el de eativacasos de Honduras, cuando sacaron a Zelaya en ni el de ela propia Venezuela cuando los que ahora dominan la asamn entre ellos y que, por lo tanto, no hay “una alteración del orden constitucional”.

Tampoco se han dado los casos de Honduras, cuando sacaron a Zelaya en junio de 2009, ni de la propia Venezuela cuando los mismos grupos que ahora dominan su Poder Legislativo apresaron al presidente constitucional Hugo Chávez en abril de 2002 y pusieron en su lugar al jefe de los empresarios  Pedro Carmona, casos ante los cuales la OEA nada pudo hacer.

La actitud de Almagro revela que se siente como el capitan de un barco al que temerariamente lanza a la aventura en plena tormenta. Lo real es, sin embargo, que navega contra una tormenta de escenario fílmico en una cacerola, probablemente de esas que ciertas pitucas golpean en las calles.

Porque ¿qué puede hacer el Consejo Permanente de la OEA si condena sin pruebas fehacientes al gobierno de Maduro, como sería la intención de varios gobiernos de derecha que lo han puesto en el índex de los chicos malos? Respuesta: realizar “gestiones diplomáticas” y, si ellas no le dan resultado, llamar a la asamblea general de la OEA para que considere la suspensión de Venezuela como miembro, conforme dispone el artículo 20º de la Carta Interamericana Democrática. En otros términos, amonestarlo, con algunos improperios entre paréntesis, y, en el límite, excluirlo de los bailes al interior de un club privado.

Y nada más.

Porque la Carta Democrática Intermericana no estipula otras sanciones. Y, sobre todo, porque el artículo 19º de la Carta de la OEA, que es el documento constitutivo de esta organización, dispone que “Ningún Estado o grupo de Estados tiene derecho de intervenir, directa o indirectamente, y sea cual fuere el motivo, en los asuntos internos o externos de cualquier otro. El principio anterior excluye no solamente la fuerza armada, sino también cualquier otra forma de injerencia o de tendencia atentatoria de la personalidad del Estado, de los elementos políticos, económicos y culturales que lo constituyen.”

La derecha venezolana, integrada por las huestes de los partidos Adeco y Copei y cierto número de empresarios sin partido, no lo ignoran. Pero, han echado a andar un operativo de propaganda internacional tras fracasar en el uso de la institucionalidad interna a la cual se sometieron para llegar al parlamento.

El pueblo venezolano sufre ahora las consecuencias de la caída del precio del petróleo que sustenta la mayor parte de su presupuesto público y es su principal fuente de divisas. En la década pasada el petróleo alcanzó más de 100 dólares el barril. Luego ese precio descendió hasta llegar a menos de 30. Ahora está a unos 49 dólares. Pero aún es poco para Venezuela. Por lo tanto, hay escasez de los bienes que se compran con los ingresos del petróleo, agravada por el boicot en la producción interna de bienes llevada a cabo por ciertos empresarios. Y esto es una tragedia para un país dependiente de la monoproducción, que no ha tenido tiempo de alcanzar una diversificación adecuada de su economía con los gobiernos de Chávez y Maduro. Es una emergencia frente a la cual todos los venezolanos debieran unirse como si estuvieran en guerra. A la derecha, sin embargo, le importa menos que un comino la suerte del pueblo. Tiene recursos para pasarla bien mientras la mayor parte vive agobiada por la escasez, unida al acaparamiento y la especulación practicados con celo ejemplar por muchos de los que hoy atacan a tiempo completo al gobierno de Maduro. La mayoría en el parlamento le sirve a la derecha para tratar de derrocarlo, en lugar de usar su poder para contribuir a superar la crisis económica. Y si llegara a tumbarlo no podría sobreponerse a la escasez cuya causa no es política ni depende de Maduro, sino del petróleo.

Tampoco a Luis Almagro le inquieta la crisis del petróleo. De repente su corazoncito derechista resolvió salir del armario y tratar de añadir a la OEA al cargamontón contra el gobierno de Maduro.

Cuando lo eligieron secretario general de la OEA muchos creyeron que por haber sido canciller de un gobierno progresista daría la talla de un diplomático ecuánime y confiable. Su connivencia con la derecha venezolana lleva a suponer que podría haber descubierto su vocación de pieza de ajedrez.

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