El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

¿Se ha dicho todo sobre Orlando Mazeira?

MAZEIRA

No lo creo, sino este aprendiz de polígrafo no estaría aquí presentando este libro. Es el paso del cowboy impecablemente limpio, pelo corto, champú Indola y muy buena gente de los años cincuenta, al cowboy sucio, barbón y no tan bueno, a pesar del contraste con el malo y el feo, de los “spaguetti westerns” de los 60, que tanto marcaron nuestra vida juvenil. Esos westerns devolvieron el ser a las cowboy y ahora vemos su poderosa influencia. Volver a las cosas como son, idea que inauguró Husserl en la filosofía del silgo XX. En otra palabras, Orlando Mazeira ha inaugurado una suerte de descarnado y loncco realismo que, a falta de nombre mejor no queda más que llamarlo real, como los western italianos, rogando se disimule la redundancia. Y lo ha contado todo sobre su madre, a lo Almodovar, sobre su omnipresente y patriarcal padre, sobre su familia y sobre todo sobre él, cómo no, solo que a través de la ficción. Y ahí está el detalle, como decía Cantinflas. Porque a quien hace ficción deliberadamente, cuento o novela, no se le puede acusar de mentir y distorsionar la realidad a su gusto, porque de eso se trata justamente en literatura. Y lo único que el autor hace y quiere hacer aquí es literatura. Su realismo real, me refiero a su propio e íntimo mundo arequipeño, está compuesto de unos cuantos personajes que rodean a la familia que rodea al personaje principal que, modestia al carajo, se llama también Orlando Mazeira, a quien hay que felicitar por sus obsesiones, como la que tiene por Micaela en este caso, que ha canalizado con inteligencia y una tremebunda sensibilidad a través de la escritura ¿Qué otra cosa le queda sino escribir y seguir escribiendo a Orlando? ¿Qué sería de él si no escribiera? Se confirma lo que dije de él en su primer libro: un escritor de raza es aquel que escribe porque todo lo demás es secundario en su vida, incluido lo más sagrado y lo más amado. Aquel que de no hacerlo estaría muerto, en la cárcel o, con algo de suerte, en un repelente hospital siquiátrico. Parece que viene con el genio y la sangre de la familia, como vienen también nuestros males. Su literatura se gesta en una envidiable capacidad de introspección y autocrítica que no se ha visto muy seguido en nuestro país, probablemente debido al déficit crítico y autocrítico característico de sociedades ideológicamente premodernas o subdesarrolladas. Hay que reconocer también esa potente independencia y valor frente a la opinión de los demás y su ennoblecedora obsesión mayor, exclusiva y excluyente, por la literatura, que habla de la calidad de la persona a pesar de las variadas maldades no sólo jamás negadas, sino expuestas con characata desfachatez. A mi entender, al lado de las obsesiones del personaje que parecen made in Tanzania, los demonios de Vargas Llosa parecen unos querubines. Jung lo llama carácter. Pero, a la vez, los muchos toques de humor, voluntarios o no, además de hacernos reír discretamente, cosa que es un gran mérito porque no se trata de los chistes del gordo Casaretto, hablan de cierta distancia a lo Brecht que hace inminente una liberación que nunca llega, o que nunca concluye. El ego colosal se ríe de sí mismo pero con notoria amargura. Me hacen pensar en Bryce o Woody Allen viviendo en el Señor de la Caña. Tal vez hay que matar el ego para matar la amargura

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