El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

Poner las ideas en acción

Hace unos días me topé con un muro burocrático: el secretario académico de una facultad de Humanidades le dijo delante de mí a un egresado que “la promoción cultural no es una actividad profesional”. Y lo dijo con un tono despectivo que daba a entender que ser promotor cultural, gestor, no tiene ningún valor laboral, que es un simple divertimento, que, en pocas palabras, no sirve.

Fue hace dos años que me invitaron a disertar en el Simposio Internacional “Balance y perspectivas de las Humanidades” en la UNSA, bajo el tema de Gestión Cultural y Humanidades, y creo que es menester hacer recuerdo de algunas ideas de entonces para que catedráticos como el antes mencionado no sigan teniendo ideas tan equivocadas que cualquier viandante calificaría de rebuznos.

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Gestión Cultural y Humanidades: poner las ideas en acción[1]

Están siendo largos y precisos todos los conceptos que se vierten sobre lo qué es el Humanismo en estos días del simposio y sobre su papel central en nuestras sociedades. ¿Cómo llevar todas estas disquisiciones, propuestas, ideas y valores al uso cotidiano? Es allí donde entra en juego la gestión, en este caso, lo que se ha dado por llamar la gestión cultural.

Desde siempre ha existido esta labor de preservación, diálogo, convocatoria y difusión de todo tipo de pensamiento. Muchas veces supeditada al poder, y otras tantas en oposición a este. Se pueden encontrar los registros de esta labor desde tiempo remotos: la academia y el foro en la Grecia antigua, la biblioteca en Alejandría, la imprenta y sus libros a raudales, los teatros, el cine, en fin, y todas las empresas que en su rededor se establecieron, el comercio de arte y los mecenas, en fin, toda acción que se ha realizado para el contacto de las ideas y de las personas puede ser interpretado como gestión cultural.

Este contacto es clave para el desarrollo local y comunitario. En la búsqueda de una mejor calidad de vida real[2]; la capacidad de pensarse críticamente en el mundo es fundamental a la hora de poner en práctica cualquiera de nuestras actividades. Y solo el pleno conocimiento de nuestro bagaje intelectual y de la exploración de nuestras actitudes de manera crítica, hará posible una calidad de vida real.

Es por ello que hoy en día la gestión cultural tiene una relevancia inusitada. Históricamente en Perú y en otras latitudes esta acción ha estado en manos de amateurs, es decir, se han hecho por amor al arte y a la humanidad. Y no sin falta de entusiasmo. Al contrario. Han sido los propios artistas, quienes han tenido que moverse desde su espacio de confort de creadores o productores de cultura a la de gestores, siempre poniendo en ello todo su ímpetu y pasión; algunas veces con resultados muy positivos, en la medida de que han podido plantear en la sociedad y hacerla funcionar dentro de ella la idea que proponían.

El año pasado, a raíz del Encuentro Nacional de Cultura, hablaba con gestores culturales llegados a Cusco de todo el orbe sobre qué cualidades debería tener un gestor cultural. No era tan importante el área del conocimiento humano desde el cual se acercara: desde las leyes o desde las ingenierías, desde la historia o las artes, una de las cualidades fundamentales es su disposición a trabajar por los demás. Sin este movimiento hacia los demás, sin exclusiones, el trabajo de cualquier gestor o promotor es imposible. Es un trabajo sumamente importante y central en la construcción de nuestras sociedades. Algo que se puede además ver en cifras. En el trabajo que prepararon Felipe Buitrago e Iván Duque para el Banco Interamericano de Desarrollo titulado La Economía Naranja, se puede tener a la mano datos relevantes sobre qué pasa con la cultura en el mundo contemporáneo y cómo poder gestionarla. La cultura es uno de los principales rubros económicos a nivel mundial moviendo 70,4 billones de dólares, 22,2 billones de dólares en exportaciones y 3266 millones de trabajadores, siendo solo en las Américas la cuarta parte de la fuerza laboral total, a pesar de que estos números no contemplan el mercado informal, donde, como se sabe, las cifras varían, y donde los piratas comercian en mayor medida productos culturales por estar desprotegidos por la flexibilidad de las leyes y autoridades[3]. Además, es una fuerte oportunidad para la creación de valor monetario. Pero, sobre todo, sus beneficios no terminan en la propia gestión, como en el caso de cualquier otra empresa, donde la cadena de gestión se agota en el bien consumido, sino que externaliza sus beneficios y los multiplica cada vez que son otra vez puestos en contacto con el mismo o con nuevos públicos. Una canción, por ejemplo, puede ser escuchada varias veces, y cada vez tendrá una finalidad distinta, y será usada o consumida con un valor distinto.

En este sentido, la gestión de la cultura es el lado pragmático, es la puesta en juego dentro de la sociedad, de manera altamente productiva, de las ideas y de los productos culturales. El Perú, y Arequipa en particular, posee un intenso proceso intercultural derivado de la existencia de numerosas sociedades dueñas de sus propias y originales manifestaciones culturales (lingüísticas, folclóricas, gastronómicas, artesanales, etc.) y de sus particulares cosmovisiones y tradiciones ancestrales que dialogan de manera permanente. Para ello es necesario, como dice Enrique Banus, docente de la Facultad de Humanidades de la UDEP y director del Instituto Carlomagno de Estudios Europeos en la Universitat Internacional de Catalunya, poner en contacto a la cultura con la sociedad y no como críticos o como educadores, sino a través de una programación cultural y de proyectos culturales. Esto puede suceder de muchas maneras: fomentando la participación en actividades culturales, gestionando proyectos que nacen desde la iniciativa ciudadana, ayudando a desarrollar las posibilidades culturales de un grupo determinado, etc.

Un ejemplo palpable del desarrollo de esta labor es la gestión en la ciudad que se realiza de diferentes festivales, coloquios, ferias y actividades que se llevan a cabo con miras a la mayor participación de público posible. Los casos exitosos que se pueden enunciar en la ciudad son muchos: ferias de libros, festivales de folclor, conciertos de música, encuentros de cine, festivales de poesía, ferias gastronómicas, etc. Y aunque es interesante comprobar cuán improbable es que hayan sido exitosos con la sola gestión pública, a pesar de que la cultura es un bien público y por ende el papel del Estado debería ser central, esto es algo que pone un aliciente a lo que se debe hacer en nuestra comunidad y en nuestro país: sin tareas pendientes por delante no habría motivos para levantarnos en la mañana y poner las manos a la obra.

Hay que remarcar que la labor del gestor cultural es trabajar, trabajar, trabajar, dialogar, convencer, convocar, recoger iniciativas y darles forma, involucrar a las personas en los proyectos, tener una visión y saber que hay una misión que se corresponde con esa visión. Es un trabajo gratificante, aunque muchas veces poco reconocido e casi siempre invisibilizado. Es deber de facultades como la de Humanidades impulsar esta tarea, la cual a buena hora está dentro del perfil de sus egresados como un amplio campo donde pueden desempeñarse laboralmente.

Para finalizar, quiero recordarles a todos cuantos quieran dedicarse a este trabajo, no perder nunca la fuerza, la perseverancia y la fe en que su labor es importantísima para la sociedad, y que beneficia de manera directa a sus contemporáneos y a los que han de venir.

[1] Charla leída en el Simposio Internacional “Balance y perspectivas de las Humanidades” realizado del 24 al 28 de noviembre de 2014 en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa en el marco de su CLXXXVI Aniversario de su fundación.

[2] Me refiero a “real” en contraposición al planteamiento de que la simple mayor capacidad adquisitiva suele ser interpretada como mejor calidad de vida; cuando es en realidad la mejor capacidad de gestión de los propios recursos materiales, intelectuales y espirituales los que proporcionan una mejor calidad de vida.

[3] Como es el caso de libros, patrimonio histórico, películas –cualquiera puede comprar una película de estreno en la calle Siglo XX o en la esquina de la Av. Independencia y Paucarpata–, o servicios que hacen uso de marcas y patentes.

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