El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

El campeonato de la corrupción

 

 

Tres presidentes de la República del Perú figuran en la libreta de Odebrecht, el gran corruptor (que podría ser también el gran elector), con unos 29 millones de dólares. No está mal. Con su expresión taimada, sus gambetas verbales y su memoria para recordar donde escribieron el nombre de los bancos y los números de las cuentas que recibieron los regalitos, nuestro país se perfila, por fin, con alguna posibilidad en el gran campeonato mundial de este deporte de ricos y aventureros.

Tal vez se animen a decir en su defensa que la culpa es de Odebrecht.

Y, si alguién contara el mal chiste de que los van a sancionar, ya pueden tirarse al suelo de risa.

Alfonso W. Quiroz, un historiador que hizo de la corrupción en el Perú un tema de investigación,[1] recordaba que “los virreyes concedían indultos el día de su santo o de su cumpleaños, a una tasa acostumbrada de hasta cuatro mil pesos. Asimismo explotaron en provecho propio contratos privados para el suministro de pólvora y paga de las guarniciones, además de permitir un tráfico ilícito a ciertos comerciantes y capitanes […] todo funcionario, ya fuera de alto o de bajo rango, el clero inclusive, estaba obligado a entregarle obsequios para ganarse así el favor del virrey”; “al finalizar su mandato, los corregidores y otras autoridades locales, incluidos los virreyes, simplemente sobornaban al juez encargado de la tradicional averiguación oficial para evitar el castigo efectivo”. Era tradicional que los juicios de residencia instaurados por el Consejo de Indias contra los virreyes y otros altos funcionarios del virreinato del Perú terminaran con un cariñoso y leve lapo en la mejilla.  (Ego te absolvo).

En este juego de policías y ladrones, los actores han tenido a quien salir.

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, dos súbditos españoles, escribieron, a mediados del siglo XVIII, varias denuncias de la corrupción instalada en la idiosincracia de la vida virreinal en el Perú. Luego de largos años de verificar los hechos y redactarlas, las dirigieron a su rey, el soberano de todas las Españas. Tal vez alguien en el Consejo de Indias las haya leído y, luego, archivado. El rey nunca llegó a enterarse de la existencia de esos documentos, ni le interesaban. Un súbdito británico se topó con un ejemplar en Madrid, lo llevo a Londres, lo tradujo al inglés y lo publico como una curiosidad. Por eso se le conoce.

¿Sabían los denunciantes cuál habría de ser el destino de sus obras de investigación que, en muchos de sus tramos, estan cargadas de indignación? ¿Creían que su señor, el soberano de todas las Españas, haría algo para moralizar a sus súbditos de las colonias? Quizás en algún momento sospecharon que habían trabajado inutilmente; o quizás se consolaron pensando que algún historiador descubriría sus obras dos o tres siglos después.

No pudieron imaginar que, a consecuencia de la Revolución Francesa de 1789, el pueblo heredaría la soberanía de los reyes, y que este nuevo soberano heredaría también algunas malas costumbres de sus antecesores.

Una de ellas es su actitud frente a las denuncias de corrupción. Cada unidad de este personaje multitudinario se entera de ellas por los escándalos explotados por los medios escritos y visuales, y se siente como el espectador de un circo romano, aplaudiendo a los leones que se comen a los gladiadores de otros equipos caídos en la arena que no supieron salir airosos en la lid. Allá ellos. Y seguirán amando y loando a sus preferidos y, por supuesto, votando por ellos, tal vez aguardando la sorpresa de alguna innovación que los catapulte a los primeros lugares en el campeonato de la corrupción que en nuestro país no ofrece, por lo menos, la frustración del fútbol.

Salvo mejor y más ilustrada opinión.

[1] Historia de la corrupción en el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2013.

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