El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

Renato Cisneros: yo escribo para entender la existencia

entrevista autor

Su novela “La distancia que nos separa” ha tenido un éxito inusitado para ser su opera prima. Ahora escribe sobre su tatarabuelo,un cura que tuvo siete hijos con su tatarabuela, nuevamente el tema de la familia. Durante el último Hay Festival, hablamos de todo un poco, de su autoexilio en Madrid, de la vida, del proceso creativo. Una de las conversaciones más entretenidas y enriquecedoras que he tenido.

¿Cómo te va en España?

Estoy contento de verdad. Todavía no puedo decir que siento a Madrid como mi ciudad, pero es un lugar donde todo el tiempo descubro cosas, con una vida cultural muy intensa y por ahora me resuelve tres de los problemas más dramáticos que he sentido en Lima: uno, el transporte público, es ordenado, funciona, los madrileños se quejan de que los trenes no pasan cada cinco minutos y les parece indignante. Yo digo: caray, ojala esos fueran nuestros problemas; dos, el sistema de salud que funciona muy bien, dan ganas de enfermarse. Y lo tercero es que es una ciudad segura, tú puedes caminar sin el miedo a que te hagan daño, no de la manera a la que estamos acostumbrados. Bueno estoy en la etapa del deslumbramiento y,en la comparación, Lima pierde.

¿Y el programa de radio en internet?

Exiliados. Yo le comenté una noche a Marco Sifuentes que también vive en Madrid que había que hacer algo como eso. Porque nos reuníamos en un bar y hablábamos de Perú. Era como una especie de herida, salía todo el tiempo en la conversación, porque de alguna manera seguimos vinculados. Así salió Exiliados, lo mantuvimos una buena cantidad de meses y ahora estamos en para hasta nuevo aviso. Eran conversaciones sobre todo políticas, porque estar fuera te permite  tener una mirada más paisajística de todo. Es como el pintor que da un paso atrás para entender el cuadro que está pintando. Lo hicimos sobre todo para la campaña electoral.

La campaña de las elecciones fue muy complicada

Las campañas políticas tiene un rasgo bien peculiar porque sacan al fresco todos nuestros demonios. Uno siente que el Perú esta económicamente mejor, es un país más vivible, atrae inversiones, hay más turistas,  pero basta una campaña política para sentir que, por lo menos en términos de civilización, de sociedad humana, ese supuesto avance no existe. Porque junto con la prosperidad también  nos ha llegado la miseria de la discriminación, por ejemplo. Entonces salen a la luz nuestras taras, nuestros perjuicios, estigmatizamos con una velocidad preocupante. Las campañas son radiografías de la sociedad peruana.

Tu novela “La distancia que nos separa” va por la quinta edición

Sí, le ha ido bien, lo  he podido constatar en estos meses. Lo que uno piensa que es una novela muy íntima, muy personal,  a la larga se da cuenta que escribe  sobre muchas más cosas de las que escribe. Yo pensé que hablaba de mi padre, de mi familia, quería sacarme,  expectorar  todo eso, y resulta que para muchos lectores que me escriben sobre sus padres, sobre su inquietudes familiares, les ha servido como un disparador. Creo que en el fondo la relación autor lector trata de eso,  de cómo los libros que  otros escribieron muy lejos de nuestro lugar de origen, de pronto conectan con nosotros, como si fueran nuestros parientes o nuestros vecinos, como si nos conocieran desde siempre. Y uno agradece que hayan podido leerlo a uno desde el inconsciente de otro.

Porque también hablas de la familia en tu novela.

Toda familia es una estructura que tiene algo de autoritaria. Uno llega al mundo y se encuentra con ese régimen familiar, uno puede llevarse muy bien o muy mal con esos personas, pero tiene que adaptarse a esa jerarquías, a esas normas, todo ya está establecido y la literatura se rebela contra cualquier forma de autoritarismo, aun  en la formas más sutiles como puede ser la familia. La cultura nos dice que hay que querer a los familiares, lo hacemos, pero lo cierto es que  coacta tu libertad, te impone una serie de reglas con las que no estás de acuerdo y no te educa en la democracia, te educa en la resignación. Hay un proverbio bengalí que me gusta mucho que dice: todo hombre quiere parir a sus padres. En el fondo uno siempre está reproduciendo a sus padres para vengase de ellos y para corregirlos. Los padres pueden tener los instintos más puros, los propósitos más altruistas, para sus hijos y sin embargo arrastrarlos a una manera de pensar que no tiene nada que ver con lo que la realidad te exige de ellos.

¿Y el padre ausente?

Me haces pensar en un libro que se llama La novela familiar de Blas Matamoro, lo que dice él es que en la sociedad  masiva contemporánea la autoridad del padre ya no existe, ya sea porque se borró, se fugó, murió. Antes las series de televisión mostraban al padre como el jerarca de una familia, Papa lo sabe todo. Ocho son suficientes, donde el padre siempre era el jefe de la familia. Ahora en los Simpson, Homero ya no inspira autoridad, sino es una especie de hermano mayor fallido. Entonces el padre ya no existe tanto, pero si existe lo paternal y uno proyecta esa necesidad de paternalismo en el político que florea, en el que se ve glorificado por los medios, en el líder religioso.  Los conflictos no se  problematizan, la gente vive de una manera que cree que es natural, entonces no reflexiona mucho sobre sus relaciones personales. Se casan y se divorcian como si fuera un ciclo natural, uno está reproduciendo sus relaciones más dramáticas. Si soy hijo de una relación fallida, violenta, reproduzco lo mismo y eso repercute en la vida de mis propios hijos. Lo más responsable es tratar de entender tu pasado para poder establecer relaciones más sanas, no perfectas porque las relaciones humanas por antonomasia son complejas, pero si saber lo que no quieres hacer.

Además está probado que uno aprende por mimesis. Por ejemplo, los  padres se quejan que los hijos no leen pero ellos tampoco leen en la casa, terminan achacando a la escuela, al mundo, la incapacidad de sus hijos para comprometerse con un libro, cuando ellos no cogen ni el periódico. Pienso en eso por ejemplo para hablar de las relaciones, queremos que sean buenas personas, que no sean violentos, cuando en el hogar hay estos problemas.

Háblame de tu nuevo libro

También habla de mi familia pero más hacia atrás. En la investigación descubrí que mi  tatarabuelo no se apellidaba Cisneros, tenía otro apellido. Entonces surgió el enigma, porque mi padre, mi abuelo y yo tenían el apellido y porque este hombre anterior a todos nosotros tiene otro apellido, Cartagena, Gregorio Cartagena que ya desde el nombre me hace pensar en personaje de novela, yo debería apellidarme Cartagena, debería tener mi banda de salsa y en lugar de estar en el Hay Festival debería estar en el festival del callao. Entonces descubrí que no nos legó el apellido porque era un cura y conminó a mi tatarabuela a inventarse para los hijos un padre que no existía y falsificaron las partidas de bautizo de sus siete hijos. No uno ni dos, sino siete, en una relación que dura casi medio siglo. Así fue como los hijos bastardos crecieron sin padre, jamás hablaron de eso se quedaron con su único apellido materno como si fuera una falta y a mí me intereso contar esta historia, como en ese contexto de la independencia esta historia de amor subterránea, oculta, se impone a pesar de todo, pero le hereda a sus descendientes una macula de ilegitimidad que los descendientes por no problematizarla la terminan repitiendo. Mi bisabuelo, el ultimo de esos bastardos fue el amante de la amante de Ramón Castilla y tuvo tres hijas naturales con ella. Siempre los persigue a todos estos hombres Cisneros una sombra de ilegalidad y yo, para no continuar con esa tradición, escribo la novela. En el fondo quiero escribir la historia de la familia latinoamericana que está hecha de esos mitos, esos parientes marginados, esos secretos de los que nunca hay que hablar, los bastardos, las relaciones con el servicio doméstico. C, creo que todos tenemos una herida, un secreto guardado, una memoria y a mí se me antoja hablar de esas cosas, LOS HOMBRES INVENTADOS es el título tentativo. Además me gusta escribir esta novela en un país que no es el mío. Así como estos hombres que tuvieron que reinventarse en otros países. Me encantaría que la gente que lea la novela descubra su origen, que busque. Que la gente sepa más de donde viene para definir su identidad.

Pero hay gente a la que no le interesa…

El mundo se divide entre la gente pragmática que no tiene ningún problema y encuentra estos temas absurdos. Preguntas ociosas y que son solventes, productivos. Viven entre las cuatro cosas que hay que hacer: tener hijos, un trabajo, jubilarse a los 60 años y vivir de las rentas, con una vida programada y está la minoría que se cuestiona ese modelo, que no quiere seguir el patrón porque le parece aburrido, patético por último: ser uno más en esa cadena de producción que nunca se cuestiona nada y que vive según los preceptos que hemos aprendido. Yo formo parte de esa minoría..

Hoy la gente busca más el resultado. ¿Qué pasa con el proceso creativo?

Hoy por hoy he adquirido una disciplina que antes no tenía. Me la he impuesto porque creo que cualquier trabajo creativo exige eso: disciplina, actualizarse, leer, todo el tiempo, no contentarse con el mínimo logro, sospechar del éxito, dudar de lo que parece consagratorio y tratar de escribir los libros que uno necesita escribir, no los que uno quiere, sino los que necesita realmente, en el proceso uno nunca escribe con discurso, el discurso lo adviertes después, en las entrevistas, con los lectores, cuando la novela ya no está en tus manos, allí te das cuenta lo que has escrito. Hay una frase de Margarite Duras que me gusta mucho que dice: escribir es intentar saber que escribiría si escribiese. Parece un trabalenguas, pero es que solo escribiendo puede uno comprender por qué escribe. Yo lo hago para tratar de entender la existencia.

 

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