El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

Burbuja de lodo

Digamos que la próxima vez que te reúnes con tus amigos todos están de acuerdo en cada tema de conversación. Llegan a idénticas conclusiones sin discusión alguna. Luego ponen algo de música y de inmediato coinciden en que esa canción es lo mejor que hay, sin más. Destapan la marca de chela de siempre y se preparan para ver el partido donde juega, por supuesto, el equipo del cual todos son hinchas. Termina el fútbol y una nueva charla pero ahora sobre política, (recuerda que ya van varias cervezas encima) para renegar sobre el resultado de las últimas elecciones donde perdió el candidato el cual, qué duda cabe, era el que apoyaban en mancha. “¡Qué imbécil es esa gente!”, repiten. Todo termina entre abrazos y promesas de un pronto reencuentro, mientras se van caminando por la misma vereda. ¿A qué responde esta nueva tendencia de juntarnos en ghetos donde el pensamiento único es la regla y odiar al distinto es la divisa? ¿Desde cuándo solo se conversa con el igual y se le ignora o, peor aún, denigra al diferente? De acuerdo, es verdad que estas cámaras de eco no son nuevas pero sus actuales dimensiones son francamente aterradoras. A estas alturas se ha renunciado al debate para privilegiar el manifiesto, la postura inquebrantable. Surgen por todas partes pontífices arrogantes que no quieren ver todo el espectro sino solo la luz y la sombra. Obviamente del lado luminoso están ellos y quienes piensan como ellos. Los demás son la oscuridad. Imposibilitados de ver los colores, e incluso los grises, ambos bandos, el blanco y el negro, solo quieren que el otro desaparezca. La soberbia de quienes creen que nunca se equivocan se fortalece en una nueva tendencia que se hace más grande mientras más pequeños son los debates: la posverdad, esa plaga que lleva a la gente a tomar más en cuenta sus propias creencias (por ende también sus propios miedos y taras) que los hechos comprobados. Así las cosas, los ejércitos de “yo tengo la razón” están siempre listos para destruir una contundente investigación periodística o una opinión que colisione contra cualquiera de sus creencias e intereses. Y léase bien, he puesto destruir y no debatir. El civilizado intercambio de ideas ha pasado a ser un octógono de Vale Todo donde lo más contundente suele ser la patada artera en la ingle o el sillazo en la espalda. Terminada la bronca uno vuelve a su cofradía para celebrar con la batería seria esa victoria arrolladora contra “esos imbéciles”. ¿Y cómo sabemos qué facción ganó? Pues es muy sencillo. Los dos. ¿No ven que siempre tienen la razón? Y así continúa flotando cada facción dentro de sus respectivas burbujas. El problema de esas burbujas es que están hechas de lodo y no dejan que nadie adentro vea nada del exterior hasta que están en ruta de choque con otra. Y allí, en la inminencia del contacto, solo perciben el lodo ajeno. Y ya basta. Hagamos un ejercicio por el bien de todos. Antes de empezar a escribir adjetivos como rojete, caviar, humaliento, dba, a todo lo que no te cuadra, vuelve a leer, a escuchar. Y pregunta. Deja de suponer y llevarte únicamente por tus temores. Pregunta. Escucha la respuesta. Responde con argumentos más allá del prejuicio. Y empieza de nuevo. Bienvenido al fascinante mundo del debate de ideas. Quizás y hasta hagas nuevos amigos.

Comentarios de Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *