El Búho

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Arequipa debe expulsar al Sodalicio

Por respeto, comienzo por aclarar que al Sodalicio me referiré solo con ese nombre, inspirado en la piedra sobre la que Luis Fernando Figari montó su relato fantástico de falso heroísmo y cuestionable virilidad. Lo de ‘Vida Cristiana’ sobra. Más todavía: insulta. Ahí, si algo, no se celebra la vida (no hay vida en el trapear el suelo con la conciencia de otros; ni la hay en el volver en autómatas a chicos buenos, henchidos de vitalidad, confianza traicionada e ilusión petardeada desde su lugar de origen; tampoco hay vida en el abuso: ahí hay una aproximación a la muerte en vida, que no es lo mismo) ni hay más que un simulacro estéril de cristianismo (no nos pondremos en el plan ridículo de que porque hay obra de caridad de por medio entonces sí hay preocupación por el más débil cuando a puerta cerrada se abusa sexualmente de menores de edad desprendidos de sus familias con un cuentazo de acercamiento a la santidad). Entonces: Sodalicio. Ese es el nombre de esa pandilla criminal, de esa banda organizada para satisfacer las perversiones de su cúpula -tanto casi como a sus bolsillos-, de esa secta que engañó y sigue engañando a quienes aún no consiguen lidiar con su propio sentimiento de culpa y comprensible vergüenza por entregar su vida a una triste y envilecida mentira. Se entiende aquello. No se respeta sin embargo. No cuando hay vidas arruinadas de por medio. Lo digo como lo pienso: seguir aferrado al Sodalicio es una forma de complicidad.

 

Porque, aclaremos otro asunto: el abuso sexual no tiene cura. No tiene cura el pederasta, esos monstruos morirán tal y como vivieron: con el corazón color ceniza. Pero tampoco tiene cura el sobreviviente de esa, una de las formas más crueles de tortura. Y, sin embargo, es a él a quien le toca cargar el peso del crimen. El sobreviviente nunca es culpable de ser víctima de -generalmente, aunque en este caso muy particularmente- una discreta seducción cargada de calculada y vomitiva manipulación que le lleva muchas veces a encontrarse en una situación en que ni se le ocurre negarse al abuso pues no quiere confrontar al perpetrador (en el caso de un hombre que conduce tu espiritualidad, es muy comprensible que si él dice -como hizo Figari, solo por dar un ejemplo-: “tengo que poner mi semen en tu zona sacra”, tú, víctima, aceptes desde tu profunda confusión aunque confiando en ese hombre que se presume casi santo). Es víctima y es también quien debe despertar cada mañana y habitar su vida cada día, intentando apagar el asco y la vergüenza y la rabia de haber sido abusado.

 

Por tanto, como ejercicio de compasión si se quiere, sabiendo que el Sodalicio ha reconocido al menos el volumen de lo que yo llamo ‘la punta del iceberg’, aferrarse a esa institución corrupta desde su fundación, es darle la espalda a las víctimas de su aparato abusivo. Cegarse ante el hecho de que ahí se practica un sistema que cuando no abusa entonces permite el abuso, es no solo un pecado -asumo yo- si no que es la manifiesta ausencia de compasión -de esto sí estoy seguro-, que es el poder ponerse en los pies del otro: precisamente lo que nos diferencia del resto de especies vivientes.

 

Arequipa, tristemente bastión del Sodalicio, debe actuar como el pueblo valiente y solidario que históricamente ha sido: Arequipa debe expulsar al Sodalicio.

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One thought on “Arequipa debe expulsar al Sodalicio”

  1. avatar
    Sanmiguel de Lima says:

    No sería una sorpresa que el Miste tiemble para sacudirse al ponzoñoso Sodalicio. Arequipa daría al resto del país un ejemplo más.

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