El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

Macron, un presidente francés en cuatro actos

 

A poco más de veinticuatro horas de proclamarse el triunfo electoral de Emmanuel Macron, la prensa francesa imprimió suficiente papel periódico para forrar la pirámide del Museo del Louvre. Todos querían saber (a fondo) quién es ese treintañero filósofo, dedicado a las finanzas, que se convirtió en presidente de Francia. Alrededor de Macron hay una nube de incertidumbres, algunas señales y muchos gestos extravagantes. Las credenciales que cuelgan de su solapa son las de ex ministro de Economía, ex banquero y ex consejero financiero del Palacio de Eliseo.

De modo que su llegada al poder desborda el interés en curiosidad y hasta en morbo de pornografía política. Todos quieren saber cómo, un joven de 39 años que soñaba con ser escritor, llegó a ser presidente de la quinta potencia del mundo.

Su arribo al poder no se limita a sus títulos casuales (de ex ministro) sino se traduce en una apuesta de póker político de alto riesgo. Macron es el fruto de la decadencia de los partidos tradicionales en Francia. Y, por supuesto, de audacia, traición y ganas de sembrar algo nuevo.

PRIMER ACTO: Quien pega primero, pega doble

Hijo de médicos, estudiante de la prestigiosa Escuela de Ciencias Politicas ‘Science Po’ de París, casado con su maestra de liceo (25 anos mayor). Emmanuel Macron aparece en la escena de la política gracias al saliente presidente, François Hollande. Éste lo nombró Secretario General del Eliseo, luego consejero financiero y, finalmente, su ministro de Economía de 2014 a 2016. Eran épocas duras, el gobierno de Hollande campeaba los efectos de la crisis de la eurozona. Pensó entonces que Macron podría mejorar las cifras del crecimiento y reducir el desempleo. Hollande, viejo cacique socialista, vio en Macron habilidad política y un viraje hacia un liberalismo social. No en vano se había vuelto millonario en el banco Rothschild y había esculpido su nombre entre la élite empresarial europea.

¿Por qué no?, se dijo Hollande para gobernar con medidas de la derecha. El presidente saliente se obsesionaba con recuperar la economía para reelegirse en el cargo y barajaba todas las medidas posibles. En teoría, Macron era su trampolín al poder. Pero tuvo una gran piedra en el zapato: su propio partido. Los diputados socialistas se declararon en rebelión objetando cada ley de Hollande. Veían en Macron la figura de la liberalización salvaje dentro un gobierno vestido con pollera roja.

Sin embargo, Hollande prosiguió. Había engendrado a la criatura, la había alimentado y hasta pensaba que le sería fiel tras su hipotética reelección. Pero, el pupilo tenía ansias de poder. En un viaje al Reino Unido, la prensa descubrió una serie de reuniones entre Macron y empresarios británicos para financiar un movimiento político. El escándalo explotó en el Eliseo y François Hollande llamó a la calma interna. No pensaba que Macron podría imponerse a su figura paternal. Pero no le importó. Le afloró el espíritu parricida: renunció al puesto de ministro, rompió con Hollande y se peleó con el partido socialista. Aspiraba a ser presidente y, por supuesto, no al costado de la vieja guardia política parisina. Mucho menos al lado de Hollande. Pegó primero y pegó dos veces.

SEGUNDO ACTO: La guerra civil de los viejos

La traición es una de las actitudes que mas odian los franceses de sus políticos. Pero, en el caso de Macron, el gesto parricida no fue observado como una ‘traición’. Al contrario, como una emancipación. Macron comenzó entonces a correr solo con un movimiento llamado ‘En Marche!’. Se instaló en una oficina en la torre de Montparnasse con vista hacia la torre Eiffel. Se rodeó de jóvenes veinteañeros de saco elegante, zapatillas, glamour y hamburguesa vegana, quienes armaban debates y mítines a ritmos de tweets. El movimiento no parecía un partido. Se asemejaba a una empresa de innovación tecnológica Start Up.

Mientras Macron bosquejaba su Start Up política, Francia se alistaba a un campaña política anormal. Por un lado, los partidos tradicionales (Republicanos y Socialistas) armaban las elecciones primarias. En los Republicanos, los candidatos favoritos eran el alcalde de Bordeaux, Alain Juppe, el diputado de Paris, François Fillon, y el ex presidente Nicolas Sarkozy. La lógica electoral sugería a Alain Juppé, un conservador con guiños al progresismo. Sarkozy no progresó debido a los anticuerpos de sus presuntos actos de corrupción durante su mandato. Y Fillon era un candidato que no vendía ni un ticket de tómbola de caridad cristiana. Su discurso sólo hablaba de austeridad económica por doquier.

Pero, instalada la carpa y con los gallos en la arena, Fillon barrió en los comicios internos. Se alzó con la candidatura de la derecha y jubiló políticamente a dos caciques. Inmediatamente, los sondeos nacionales le daban, en el momento, como favorito para ganar las elecciones generales. Todo viento en popa para Fillon hasta que el diario Le Canard Enchainnée, un medio satírico y de investigación, descubrió había pagado 800 mil euros a su esposa Pénélope por un trabajo ficticio como asistente parlamentaria. En Francia no es ilegal que un diputado contrate a un familiar. La ilegalidad radica en incumplir esas labores y cobrar el salario.

Se desató una guerra civil entre los republicanos: Fillon no podía sostener una sola propuesta frente a un periodista porque inmediatamente le interpelaba por el affaire de su mujer. Sarkozy quiso implantar a un candidato de contrabando: François Baroin. Alain Juppé era presionado para tomar el relevo, pero lo rechazó porque no quería ser el bombero del incendio dentro del partido. Fillon resbaló en las encuestas y terminó tercero con un partido estallando. Fulminó sus aspiraciones y dividió al partido.

Al contrario de la derecha, la izquierda implosionó. El origen del caos surgió cuando Hollande dijo que no se presentaría a la relección. El anuncio fue como un varapalo para la tradición política francesa: la mayoría de los presidentes de la V Republica se habían reelegido en el cargo. Pero Hollande no tenia argumentos. No había logrado sacar a Francia de la crisis y, mala suerte de su destino, el desempleo galopaba como un corcel negro en su camino. Su popularidad era un fleco de 4%.  Llamó entonces a elecciones internas: se presentó su primer ministro, Manuel Valls, y el exministro de Educación, Benoit Hamon. Éste último ganó la candidatura, pero no tuvo el respaldo de Hollande porque Hamon representaba al partido socialista rebelde. Los comunistas, los ecologistas y los socialistas no creían en el mandatario. Muchos se fueron con el izquierdista radical Jean-Luc Melenchon, en su frente Francia Insumisa. Ninguno tuvo suerte rumbo al Eliseo y Hollande era el hombre más solitario del mundo.

Macron observaba a lo lejos las guerras intestinas. Entre líneas, leía que la destrucción de las viejas opciones políticas, que anidan en Francia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, era la oportunidad para sus ambiciones.

TERCER ACTO: Le Pen, la xenofobia como política de enganche

Desde hace 45 años, el Front National cocina el descontento social francés. Primero fue Jean Marie Le Pen con un programa ultraconservador y xenófobo. A partir del 2011, su hija Marine Le Pen, asumió el partido para continuar cocinando ese caldo con sabor a odio. Ésta le agrego la salida de Francia de la Unión Europea, el proteccionismo empresarial y recuperar la ex moneda nacional, el franco.

Conforme avanzaban los populismos en los países anglosajones (como la llegada de Donald Trump al poder en EEUU o la salida del Reino Unido de la UE, supuestamente para evitar la migración), Marine Le Pen se ha visto reforzada. Su política se basa en la falta de oportunidades para los franceses a causa de los migrantes. En sus ideas, la globalización destruyó a la industria de la Francia profunda y provinciana. Además, en sus palabras, la falta de una autonomía monetaria convierte al país en presa fácil de la crisis. Este discurso lo ha sabido capitalizar en votos desde las elecciones del 2012, pero no han sido suficiente (felizmente) para gobernar. Como el fujimorismo, el Front National bajó el tono del discurso. Sin embargo, es un acto de peluquería, pues en el fondo el viejo partido xenófobo es el mismo.

Tras el fracaso de los partidos tradicionales en la primera vuelta, Macron y Le Pen se han enfrentado en un campaña inédita para definir la presidencial: un desconocido versus una xenófoba populista. Macron, audaz en las circunstancias, ha satanizado a Le Pen a combazos diciéndole a los franceses : ella o yo, dictadura xenófoba o democracia; racismo o multiculturalidad; euro o franco. En este acápite, la única forma de volver al franco sería a través de un paquetazo ‘de características peruanas de 1990’: un trago que solo lo resistiría el Perú. Demasiado fuerte para Francia.

CUARTO ACTO: Macron presidente

Y volvemos al punto inicial. Macron, el joven treintañero que soñaba con convertirse en escritor, es presidente de Francia. Hay enigmas sobre su futuro presidencial pero sus gestos extravagantes le delatan. Algunos dicen que desea encarnar la autoridad de conservador Charles de Gaulle y el paternalismo monárquico del izquierdista François Mitterrand.

Pero no tiene crédito. La gente le ha votado con la esperanza de encarrilar la economía del país, frenar a Le Pen y dar a Francia un lugar importante en la UE. A diferencia de todos los presidentes, no tendrá romance ni luna de miel con su pueblo. Y si le salen mal las cuentas, la bella Francia se terminará acostando con el diablo lepenista para el 2022.

Alguna vez le preguntaron al emperador Napoleón, cuál era la característica más importante que debía tener un general en sus filas. Y él respondió: suerte. Por el bien de Francia, de Europa y hasta del mundo, ojalá que Macron tenga mucha suerte. Mucha suerte.

(E. Rodríguez, desde París para El Búho)

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