Cosas divinas

Gárgola sin pedestal Alejandro Lira Landa

 

En el Perú se afirma de modo incuestionable la existencia de Dios; además se le atribuye la nacionalidad local; o sea, que el Altísimo es peruano; los amantes de lo superlativo dirán que es peruanazo. De lo que no hay evidencia hasta ahora es sobre la ubicación de su DNI y más aún, de su pasaporte, documento imprescindible en estos tiempos de tanto quehacer mundano. Pero mientras aparecen éstos y otros documentos, mejor sería buscar indicios de su divina manifestación.

Y aunque se afirma que sus designios son inescrutables, un servidor ha encontrado en los registros de la prensa y radio peruanas que el Altísimo no solo es peruano sino que además, como todo buen peruano moderno y emergente, es clasista; y no del tipo de dirigente sindical antiguo, sino de los del otro lado; de los que penalizan a los pobres, volviéndolos más pobres, y gratifican a los que casi todo poseen con nuevas gangas y beneficios.

No de otra manera se puede interpretar que miembros de congregaciones religiosas al unísono con corporaciones mediáticas coincidan en señalar los estragos de la naturaleza como castigo divino y dura prueba que pone Dios al Perú; pero que el país saldrá adelante si corrige lo que enoja a Dios y si se ponen todos la misma camiseta y luchan como una sola fuerza en este partido contra el infortunio.

Lo que no dicen ni explican unos ni otros es el carácter clasista de la acción divina, porque con el castigo, los pobres de las zonas afectadas súbitamente han sido degradados hacia abajo. Y este descenso no solo les ha privado del status social sino que además excluye la responsabilidad del mundo industrializado en el calentamiento global que intensifica el carácter cíclico de estos eventos; por si fuera poco, les ha quitado el foco de atención que habían puesto sobre la procedencia de la fortuna que disponen quienes detentan el poder en el país.

Días antes del azote celestial la clase política peruana había entrado en pánico; no solo los ex mandatarios sino empresas señeras del país se arrimaban unas a otros como tambaleantes fichas de dominó prestas a caer una detrás de la otra en medio de la vergüenza pública; pero hete aquí el Dios clasista que viene en su ayuda, sacándolos del escándalo y poniendo en su lugar la desgracia de las poblaciones afectadas.

Por si fuera poco, el mismo mandatario, el apostólico Pedro Pablo K, (que tenía en el directorio de su ONG nada menos que  al Delivery Boy de la coima, Jorge Barata,  y que —por supuesto— no puede ser cómplice porque no sabía nada de las habilidades de contabilidad en negro del ejecutivo brasilero), resulta mediáticamente beneficiado con un importante repunte de aprobación popular y junto con el también se elevan las nuevas oportunidades para la construcción,  el sector donde precisamente el erario público ha perdido el norte y la bolsa.

O sea, a partir de ahora todo es cuestión de buen managment, nada de perder el tiempo buscando culpables o auditando el pasado. O sea, las cosas se harán bien y con cero corrupción y punto.

Y como ellos y los medios lo dicen, sin duda habrá de ser así. A estas alturas, el actual gobierno habrá terminado de creerse que es una entidad distinta a los gobiernos de Fujimori, García, Toledo y Humala; pero no hay que llamarse a engaño, por muy diferentes que parezcan son los elementos componentes de un mismo conjunto: el sistema, es decir la cleptocracia.

Sergio Moro, el juez brasilero de Lava Jato, por si acaso, nos ha dejado el perfil delictivo de esta casta: no pueden con su genio; ni aunque les quemen el pico. No importa cuán serios se pongan, son cacos en serie, sucesivos, donde pican una, pican siempre, para ello cuentan hasta con la ayudita de Dios que les ha dado ahora una nueva oportunidad para empezar de nuevo con la Re-Corrupción del país.

 

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