Algunos peligros de la educación

Profanaciones Martín Zuñiga

En los talleres que realizo sobre escritura creativa o en los de redacción académica, y en las charlas, seminarios y cursos que dicto; siempre me he topado con falencias y taras en las personas con respecto al estudio. Al principio creí eran cuestiones aisladas, pero que me he dado cuenta que es algo persistente y generalizado.

A los talleres se inscriben todo tipo de personas: adolescentes de colegios públicos y privados; estudiantes universitarios de todo tipo de carreras; profesionales del Derecho, Ingenierías o servidores públicos e incluso personas que se desenvuelven en diferentes tipos de trabajos. Pero en muchas de ellas he visto peores peligros que el no saber escribir.

Si bien hasta las pruebas internacionales nos han dicho que solo 1 de cada 5 chicos en el Perú entiende lo que lee, esa no es la mayor dificultad o problema que veo en las personas. Su mayor problema es la actitud que tienen frente al conocimiento y al estudio en general.

Esta actitud los lleva a pensar y calificar el conocimiento y su adquisición de diferentes maneras. Están los que no ven un sentido real en lo que hacen, el tipo de personas que no le encuentran sentido al tener que aprender, por ejemplo, las operaciones básicas del álgebra o lo que es una metáfora. No pueden atisbar, tal vez, algo pragmático en todo ello, por tanto no les interesa aprender. Estudian lo mínimo necesario, hacen el mínimo esfuerzo por cumplir. La mediocridad en pleno.

Por otro lado están los que están movidos por la simple y llana obligación. Son parecidos a los anteriores, pero tienen detrás algo que los empuja a estudiar: se inscriben en una charla porque necesitan la constancia o el certificado, hacen la maestría porque les piden el título para trabajar, o terminan el colegio y postulan a la universidad porque papá los obliga. No les interesa en realidad aprender nada del contenido de esos cursos. Si pudieran comprarían el cartón o el certificado (de hecho hay muchos que lo hacen: profesionales que pululan hasta en el Congreso de la República).

Por otro lado están aquellos a los que la sociedad, la familia o el mercado les mató la pasión: querían ser pintores y terminaron siendo oscuros abogados, o querían ser ingenieros y construir máquinas geniales y terminan de aburridos contadores o doctores misántropos, solo por seguir alguna tradición familiar o alguna consigna externa a su pasión. Para ellos aprender, lo que sea, no les importa, sino en el sentido de llegar a ser eso que les impusieron y no lo que realmente deseaban. La mayoría, los habrán visto, caminan grises por la ciudad, viviendo una vida que no querían y están convencidos que ya es tarde para vivirla de cualquier otra manera.

Y por otro lado están los que han sido contaminados con la idea de que el estudio no es para ellos, de que con conocer lo básico basta, que cuanto hay que hacer es divertirse, no aburrirse, buscar el placer, la distracción. El estudio es para otros, para los nerds, o para los antisociales o anormales. Y hacer tareas en casa es un castigo, el premio es ver televisión o salir a jugar al parque. Leer es una obligación, y es tedioso, mejor ver una película o irse a bailar o chatear con los amigos. Lo raro, obviamente, es que viendo una película o chateando están haciendo lo mismo que hacen al leer; es más, las cantidades de textos que se envía y se lee por redes sociales o chats hoy en día es igual o mayor incluso en cantidad al de leer varios libros a la semana. Pero en fin, es su entorno el que le ha dado está clasificación a su mundo, entre lo bueno y lo malo, lo divertido y lo aburrido. Como decía Spinoza: “pobre ser el humano, que sabe lo que quiere pero nunca sabe por qué lo quiere”.

Debería de ser prioridad de un sistema educativo, cultural y social, desterrar estos males de la sociedad, encabezados por un Estado consciente y con visión de futuro.

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