El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

Las puertas del infierno

Hace unos años, cuando iba de un trabajo a otro, de una institución a otra, fui también conociendo a personajes que de una u otra manera me dieron lecciones, consejos, enseñanzas, o simplemente me soltaron pistas para darme cuenta por dónde debía conducir mis pasos, mi pensamiento y mis palabras. Así, en una de esas instituciones públicas, conocí a un policía que tenía su escritorio en la entrada principal y solía pasar sus largas horas de seguridad leyendo algún libro, costumbre algo rara entre sus colegas.

Cuando tuve que dejar ese trabajo, me despedí también del policía. Fue siempre amable, conversador, y alguna vez intercambiamos opiniones sobre temas de actualidad. ¿Y, ahora, dónde va a trabajar? Me preguntó mientras estrechaba mi mano y ponía cara de sincera preocupación por mi futuro laboral, algo que en ese momento a mí no me quitaba el sueño. Le respondí con la verdad: “Estamos viendo con un amigo abrir un noticiero en la televisión, o tal vez una revista semanal”. Él también habló con sinceridad: “Ay, ustedes los periodistas, siempre abriendo las puertas del infierno”.

Me pareció que su franqueza no era la de un individuo, sino de una colectividad, de una sociedad que ve en los periodistas, y en su trabajo, un encargo del inframundo, un compromiso con la maldad. Aunque no me sorprendió su comentario, sí me cuestionó, una vez más, si esta labor, que muchos han asumido con una vocación casi mística, al punto de dar su vida por conseguir acercarse a la verdad, es en realidad digna de respeto, confianza y compromiso.

Un familiar, por ejemplo, decía del periodista César Hildebrant (a quien muchos respetan) que “esa boquita destilaba veneno en cada frase”, y hace unos días, la madre del ex presidente Ollanta Humala se quejaba de la periodista Milagros Leyva (a quien otro tanto de ciudadanos respeta) de ser una persona que solo decía “cosas malas” y que le parecía penoso que profesionales como ella tengan que seguir apareciendo en la televisión.

Al margen de estar de acuerdo o no con lo que sucede en nuestra sociedad, o con lo que digan políticos de uno y otro lado, vale la pena repasar, como ciudadanos, si el papel del periodismo en la sociedad está a la altura de nuestras circunstancias, y a mí me parece que no. ¿Qué diferencia hay entre decir, por ejemplo: “Pasará años en la cárcel”, o “se pudrirá en la cárcel”, “se hizo justicia”, o “demostrará su inocencia”? Todas estas frases se refieren a un mismo suceso, pero obviamente reflejan una manera de ver ese suceso, de calificarlo y opinar sobre el mismo. Es casi seguro que habrán ciudadanos que “sientan”, “piensen” o “crean” como el periodista que escribió la frase. Todo esto es cotidiano y “normal”, dirán unos, creo que no, lo que pasa es que nos han hecho creer que eso es normal.

¿Cómo debería ser, entonces, la actitud del periodismo, o del periodista, frente a un hecho que afecta e influye en la opinión pública, en la actitud del ciudadano? Difícil de responder, pero lo que dicta el sentido común y la expectativa del ciudadano, es que el periodismo se acerque a la verdad mediante todos los elementos que estén a su alcance para confirmarla, así, el lenguaje será su soporte, el mecanismo por el cual podrá generar un diálogo con su lector, su televidente o su oyente.

Complicada tarea, encargo difícil, pues al parecer no es un problema local. El investigador Bruce Mannhein, profesor de una universidad en Nueva York, me preguntaba cómo iba la labor de la formación universitaria de los periodistas. Le dije que siempre era compleja, pues si bien se les formaba en valores, responsabilidad, ética y respeto, ni bien cruzaban la avenida para incorporarse a los medios de comunicación se convertían en pequeños monstruos. “Igualito pasa en Nueva York”, respondió con su acento de turista despreocupado.

Ya decían nuestros mayores que cielo e infierno está en la tierra, y que el ser humano hace de manera natural su destino, tanto con lo positivo como con lo negativo que le da su cultura, su formación y la realidad que lo rodea. Si el periodismo busca la verdad, y hay que ir al infierno a buscarla, pues así debe hacerse, pero no hay que hacer de la verdad un infierno. Al ciudadano se le respeta.

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