El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

Mi amigo Rodolfo

 

En la segunda mitad de la década del setenta pasada comenzaron a aparecer entre las obras editadas por el Centro Interamericano de Administración del Trabajo, cuya sede estaba en Lima, unas monografías firmadas por Rodolfo Capón Filas sobre diversos temas concernientes a las relaciones laborales. Me llamaron la atención por su profundidad y exhaustividad. Un conocedor de la investigación se daba cuenta de que su autor, de quien sólo supe que era argentino, trabajaba cada uno de esos estudios a conciencia y anticipándose a las objeciones que se le podrían formular. Su sesgo era, desde luego, la defensa de las personas que en la producción aportan su trabajo. Ayudaron mucho al conocimiento y a la difusión de esta temática. Dirigía ese centro otro argentino llamado Jorge Difrieri, pequeño de talla, inteligente, culto y motivado socialmente. Lo recordaba de cuando yo estudiaba en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, donde él era ayudante de Guillermo Ahumada, el profesor de Derecho de las Finanzas.

Años después, en uno de mis viajes a Buenos Aires, tuve la oportunidad de conocer a Rodolfo Capón Filas en un congreso de Derecho del Trabajo. Simpatizamos de inmediato. Me presentó a su esposa, la inolvidable Chana, y yo les presenté a la mía, Perla, argentina y exalumna de la Facultad de Derecho de Buenos Aires, donde la conocí. Unos minutos después Rodolfo y Chana nos presentaron a Reginald D. Felker, brasileño de Porto Alegre y un patriarca del Derecho del Trabajo en su gran país. Desde entonces fuimos amigos y nos reencontrábamos en los congresos y otros certámenes de nuestra especialidad en varias capitales de América.

En todas las veces que he viajado a Buenos Aires, Rodolfo fue para mí un referente obligatorio, como si él fuera una parte del alma de esta ciudad. Era persuasivo, tremendamente lógico, enciclopédico y calmo. Lo pueden ver en sus libros que compendian su conversación ilustrada y en muchas de las sentencias que expidió siendo camarista del trabajo en la ciudad de Buenos Aires. Pero además Rodolfo tenía el don singular de la empatía y la modestia, dos caracteres de los hombres llamados a trascender. Me escuchaba y yo lo escuchaba, y coincidíamos en nuestros asertos, mientras Chana nos miraba con los ojos brillándole de inteligencia e interpolando una que otra intervención oportuna que relanzaba el diálogo con más brío.

Chana se fue hace unos tres años. Rodolfo estaba desolado, tras su semblante sereno. Perla y yo conversamos con él en octubre del año pasado, subyugados por los proyectos que le surgían con la misma fe desbordante.

Y luego la noticia triste. A Juan Pablo, hijo de Rodolfo, le escribí esta nota:

Por un colega nos hemos enterado en Lima de la partida de Rodolfo hacía ya más de un mes. Quisimos comunicarnos contigo, pero no conocíamos tu dirección, y no creímos que se podía utilizar la antigua dirección electrónica de Rodolfo.

Perla y yo estamos muy conmovidos por el fallecimiento de tan querido amigo y, más que colega, compañero de tantas lides por el bienestar de las mayorías trabajadoras, a las que él dedicó su vida con pasión, sapiencia y voluntad indoblegable, sin reclamar jamás nada material a cambio, y sólo por la satisfacción de verlas disfrutar del progreso y de un trato más equitativo, llevado de su fe católica, que nosotros comprendíamos y respetábamos. Como anécdota, recuerdo que un día hace más de quince o veinte años, estando en Buenos Aires, supe que el Equipo Federal, del que fue fundador y animador, se reunía en Bahía Blanca en uno de sus habituales congresos, y decidí estar allí. Tomé el ómnibus en Retiro por la noche y llegué a las seis de la mañana. A las nueve me dieron la palabra, y yo dije algo así como que Rodolfo Capón Filas era el caballero andante del Derecho del Trabajo que se lanzaba a los caminos con su lanza en ristre para “desfacer entuertos”, como el insigne justiciero Don Quijote, aunque más se asemejara a Sancho por su apariencia exterior. Unas horas después estaba sentado en el ómnibus de retorno a Buenos Aires. Había ido a Bahía Blanca sólo por el placer de decir esas frases en honor y reconocimiento de mi amigo.

Comentarios de Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *