No tiene fin esta adicción

Profanaciones Martín Zuñiga

Cuando uno pasea por ciudades desconocidas, siempre es grata una buena compañía, tener a la mano alguien que te muestre los nuevos lugares y te cuente las historias que allí sucedieron. Por eso son tan bellos y queridos los libros de viaje. Muchas personas que van de viaje por Europa, sobre todo por España, se dejan guiar y acompañar por ejemplo con los libros de Cees Nooteboom, que no solo cuenta lo que ve, sino que te puede llevar por otros caminos e iluminarte nuevos paisajes lleno de digresiones como ramas de un frondoso árbol que crece queriendo rozar el cielo.

Cornelis Johannes Jacobus Maria Nooteboom, conocido en el mundo de las letras como Cees Nooteboom, es desde hace varios años un candidato fijo al premio Nobel de literatura, y con cada libro que publica, se refuerzan los votos por él. Su obra abarca la novela, los libros de viaje, el periodismo, las traducciones y la poesía, la cual, según propia confesión “es la sede de mi empresa; el resto de mi obra son sucursales”, incidiendo en el hecho de que lo esencial para él es aquello que se puede decir más allá del lenguaje mismo, aquello donde la palabra puede iluminar nuevos horizontes y experiencias.

Nooteboom, cuyo apellido significa “nogal” en su neerlandés, árbol asociado con los poderes de la adivinación y la renovación de la vida, también ha viajado por América, escribiendo sobre varias ciudades por donde pasó, renovando con su visión nuestros paisajes que de tan trajinados nos parecen comunes o normales, es decir, tristes. Desde que salió de su casa, en la década de los 50, para viajar por el mundo y contarlo, se le puede contar más de 40 títulos publicados. Tenía 17 años cuando, sin haber acabado el bachillerato, empacó sus pertenencias y sus locas ganas de conocer el mundo en una maleta, y dejó su país alejándose también de toda una generación de autores de su país, desmarcándose de los temas comunes de sus contemporáneos, quienes fueron influidos por la época de la posguerra. Por ese permanente viaje también es considerado tanto nómade como escritor.

Su editor en español, Jacobo Siruela, lo define como “un hombre mundano con una sensibilidad metafísica”. Es esta sensibilidad la que ha hecho de su obra una de las más singulares dentro de la literatura contemporánea. Fue su novela Rituales, llevada luego al cine, la que lo convirtió en un autor leído en todo el mundo y traducido a varios idiomas, lo cual se sumó al reconocimiento que los premios literarios le dieron desde sus obras más tempranas, como el premio europeo Aristeion, que le conceden en 1993 por La historia siguiente, y el Premio de las Letras Neerlandesas, la principal distinción literaria del ámbito lingüístico neerlandés.

En una entrevista no hace mucho, Nooteboom habla sobre lo que considera que es su oficio de escribir: “Creo que lo que hago cuando escribo novelas no lo habría hecho de esa manera sin la poesía. Yo aprendo mucho de la poesía. La poesía –y esto tiene que ver con lo que no es comprensible de manera lógica– se aventura en el territorio de las palabras, va muy lejos y descubre cosas que puedes hacer. La prosa no. La prosa solo hace eso cuando la poesía ya ha estado ahí. La poesía inventa cosas y viaja más allá, a territorios desconocidos de palabras y de posibilidades del lenguaje”.

Y es su poesía una honda, sutil, artesanal en el mejor sentido del término; y, a momentos, llena de dificultad (incluso para sus más fervientes lectores y traductores), colmada de referencias culturales y juegos de palabras; y a momentos ronda la coloquialidad, sin dejar de prestar atención a lo esencial de lo humano. Como dice en su poema Cebo: “Las palabras, con sus formas claras u oscuras, me volvieron más oscuro o más claro”.

Con sus 84 años encima, Cees es un testigo privilegiado y legítimo de nuestro tiempo, que ha sabido plasmar su visión particular del mundo en sus libros para enseñarnos a ver. ¿Para qué ver? Como dice en el poema ya citado: “Yo pude verlo y verme”. Y tal vez así, en esa mirada, poder no estar solos, sino todo se lo llevarían los gusanos.

 

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