El Búho

Política y Cultura desde Arequipa Perú.

Nevado Mismi: origen del caudaloso río, en peligro por cambio climático.

CRÓNICA. La última gota del Amazonas

A orillas del nevado Mismi, donde nace el río de incontables nombres, se observan rocas empotradas a la cima, pasto húmedo y tierra color mostaza. Pero no se ve, no se contempla, nieve. Al parecer, la contaminación ocasionada por el hombre bordea el cielo. Esta es la historia de cómo la naciente del Amazonas va perdiendo irremediablemente su manto blanco.

Sólo hay rocas inmensas y tierra clara. El paisaje se confunde ligeramente con el desierto, pero la escasez de aire, la sensación de tocar el cielo con los dedos y el frío, que trepa como el miedo sobre la piel, lo transforma. Estamos a más de 5 mil metros sobre el nivel del mar y los rápidos vientos arremolinados nos hacen abrir y cerrar los ojos. Abrigados y lentos. Las piernas se desplazan perezosas por la pendiente que lleva, a manera de zigzag, al origen mismo. Estamos cerca. Se escucha breve y acompasada la caída del agua. Se distinguen pequeños trozos de hielo sujetos a las rocas. Nos acercamos más, bordeamos rocas, hundimos el pie en el pasto húmedo y helado. La vemos. Sí, ahí está. La roca que desciende de la cima, la que trae el agua. La roca donde nace el río más largo del mundo.

Zacarías Ocsa, guía de montaña y sacerdote andino, dice unas palabras en quechua y tira flores a la roca donde nace el Amazonas. Estamos frente a él y al margen del precipicio. Sobre nosotros, la cima del Mismi. Montaña de la cordillera del Chila que alcanza los 5 mil 597 metros sobre el océano. Recita. Las palabras en quechua, idioma que imita el sonido de la naturaleza, parten el silencio. Ocsa llora. Todos lo observamos extrañados. Ocsa explica que, en otros tiempos de sequía como este octubre, la nieve cubría las rocas y descendía más cantidad de agua. “Estamos esperando que se seque el último río, para lamentarnos. Va a ser tarde, verdaderamente tarde”, murmura.

El origen del Amazonas

Murió durante su segundo viaje por el río de incontables nombres, contó Zacarías Ocsa. Estamos en un restaurante de Santa Cruz de Tuti, en la provincia de Caylloma, viendo morir el día que conocimos el origen del Amazonas. El alcalde del pueblo, Jesús Mamani, había prohibido la venta y el consumo de alcohol. Al parecer, los hombres embebidos solían moler a golpes a sus mujeres. Nosotros escuchábamos, con la sobriedad que dan los mates, al sacerdote andino. Nos contó que en otros tiempos, porque existen varios, un conquistador y aventurero español, Francisco de Orellana, había navegado dos veces el Amazonas. Durante su segunda excursión, en 1546, murió. Se cree que fue envenenado por una flecha nativa.

“Nunca supo donde había nacido el río”, dijo. Pero fue el primer occidental en navegarlo. En 1542, recorrió 4 mil 800 kilómetros de los 7 mil 62 que integra el Amazonas. Se cuenta que la expedición de Orellana fue atacada por mujeres. Mujeres guerreras como las amazonas de la mitología griega. Sin embargo, podría haberse confundido con nativos de pelo largo. Pero las crónicas de entonces aseguran que peleó con mujeres. De ahí viene el nombre que opacaría los otros nombres del río: Amazonas.

Para nosotros, los cayllominos, es un orgullo que el río más grande del planeta nazca aquí, dijo. Se calló de pronto. Todos lo vimos callar. Miró su taza con hierbas de menta y luego, como si la conversación nunca hubiera sido sobre otro punto, exclamó: “450 años después de Orellana, en 1996, se confirmó que el río nace en el Mismi. Luego, instituciones y organismos internacionales lo reafirmarían en el 2001 y en el 2007. Ojalá que no se seque”.

El extinto manto blanco

El Gobierno Central no está haciendo nada para evitarlo, mencionó. Nosotros lo escuchábamos. Ocsa contó que el año 2000 subió a la naciente del río y, junto al expedicionario polaco Andru Petosky, midió el casquete de nieve. Entonces, pasaba los 8 metros de longitud en tiempo de estiaje. El 2005, sólo alcanzaba un metro con 20 centímetros. Ahora, por el calentamiento global, ya no queda nada.

Criticó el pensamiento occidental. Aseguró que el andino tiene otro concepto, otra forma de ver y relacionarse con la naturaleza. Explicó que, mientras estemos en armonía con el ambiente, tendremos agua. De lo contrario, emitiendo más gases a través de las fábricas, de las industrias, habremos envenenado la tierra y acelerado el fin de la humanidad.

Sólo escuchábamos las palabras del sacerdote andino. Discurrían como el agua en una cascada. Anunció, con voz quemada, que existen denuncios mineros alrededor del Mismi y que la empresa Buenaventura está explorando un lugar cercano para instalar otro yacimiento. Al abrir un túnel, dijo, corta las venas de la Pachamama y en vez de continuar su destino natural, irrigar pastizales y humedales para el hombre rural y los animales, se obstruye. “El hombre y sus máquinas dañan todo”, se exaltó.

Miró su taza con hierbas de menta otra vez. Todos cogimos las nuestras. Hizo un ademán para levantarse, pero se detuvo. Nos miró y dijo, “qué haremos aquel día que tengamos oro en todas partes y no tengamos una gota de agua”.

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