Ópera bufa Los Inmorales, la temporada continúa

Columnista invitado

Este espectáculo al aire libre comenzó en la temporada 2016, con el proceso electoral.

Entonces, la mesnada arrejuntada de la dinastía Fujimori consiguió el dominio del congreso con 73 representantes de los 130 de este poder; y el lobbysta Pedro Pablo Kuczynski se quedó con la Presidencia de la República —50.124% de la votación válida frente al 49.876% de Keiko Fujimori en la segunda vuelta.

El grupo de Kucsynski, otro conglomerado de arrejuntados, había alcanzado en la primera el 21.05% de la votación, y el de Keiko Fujimori el 39.86%. Por consiguiente, ambos recibieron en la segunda vuelta los votos de las otras formaciones políticas. Kuczynski se benefició con los del Frente Amplio de Verónica Mendoza, 18.74%, y de otras agrupaciones que lo vieron como el mal menor y confiando en que honraría su promesa de no indultar a Alberto Fujimori, condenado a 25 años de prisión por los asesinatos de los Barrios Altos y de los alumnos y un profesor de La Cantuta más dos secuestros.

Con tales resultados, decididos por mayorías electorales dotadas de una minúscula consciencia de su dependencia y explotación y exoneradas de toda responsabilidad por sus votos, no se podía esperar ninguna estabilidad en la relación de los poderes Legislativo y Ejecutivo, ni, asimismo, como se vio poco después, ninguna moralidad en el comportamiento político de los grupos políticos.

Con 73 plazas en el Congreso, el Fujimorismo dispone de la mayoría absoluta que le permite aprobar cuantas leyes desee y con el contenido que quiera. Pero para lograr los dos tercios necesarios para reformar la Constitución y despedir al Presidente de la República —87 votos— tenía que convencer a otros grupos afines. Los cinco representantes del Partido Aprista se les subordinaron en seguida subyugados por una vocación común de latrocinio de los recursos públicos y sobornos; los demás que le hacían falta fueron enrolados de otros grupos.

Vino luego una rutina de escaramuzas de agresión verbal del Fujimorismo y sus aliados a Kuczynski, condimentada con la censura a varios de sus ministros y una gestión parlamentaria sosa hasta que consideró llegado el momento de dar un zarpazo brutal y expulsar a Kuczynski de la Presidencia de la República. El Frente Amplio del exsacerdote católico Marcos Arana se acomidió a presentar la moción inicial en tal sentido. Acusaron a Kuczynski de haber incurrido en la incapacidad moral permanente, señalada por el artículo 113º-2 de la Constitución y ocasionada por las asesorías que una empresa de la cual es propietario prestó al grupo Odrebrecht en relación a obras a cargo de este sobre las que él tuvo que decidir cuando fue Presidente del Consejo de Ministros durante la presidencia de Alejandro Toledo. La vacancia fue decidida por el Fujimorismo cuando tuvo la seguridad de contar con los 87 votos necesarios, se le probara o no. Era, por lo tanto, un hecho inmoral.

Kuczynski se defendió alegando que mientras fue Presidente del Consejo de Ministros había delegado la gestión de su empresa en un empleado de la misma que había obrado con total independencia, argumento deleznable por simple sentido común, puesto que él es el dueño único de esa empresa, organizada según las leyes de Estados Unidos como empresa individual de responsabilidad limitada. Si se hubiera tratado de una sociedad anónima con numerosos accionistas se podría suponer forzadamente que habría sido ajeno a su gestión, ya que él sólo hubiera podido obrar a posteriori en la junta de accionistas ante los informes del directorio llegados de la gerencia. Pero, incluso en esta hipótesis cabe preguntarse ¿qué lo hubiera detenido para ayudar a una empresa de la cual habría sido accionista? Con total desparpajo dijo que él había ignorado lo que el gerente de su empresa hacía, a pesar de que, como Presidente del Consejo de Ministros, tuvo que examinar, por lo menos, los informes firmados por ese gerente, su subordinado, que le reportaron ganancias que ingresaron a sus cuentas personales. Fue el colmo de la desfachatez, lo que no lo inhibió para insistir en que era una víctima del Fujimorismo y sus aliados. Y, de nuevo, para muchos espectadores del sainete, surgió la figura del mal menor, como una repetición de la alternativa que los decidió a votar por él en el proceso electoral de 2016. Además, se trataba de hechos ocurridos antes de ser Presidente.

Finalmente, tras un maratón de dimes y diretes, la propuesta de vacancia sólo alcanzó 78 votos, frente a 19 en contra (del grupo de Kuczynski más uno de otro grupo) y 21 abstenciones (10 del grupo de Kenji Fujimori, 2 del Apra, inexplicables conociendo sus antecedentes, 2 de Acción Popular y 5 de otros grupos). Los diez representantes del Frente Amplio, comandado por monseñor Arana, votaron firmemente por la vacancia. Los diez de Nuevo Perú, disidentes del Frente Amplio, se precipitaron, asqueados, a los servicios higiénicos de donde no salieron hasta que la votación concluyó.

Los 10 votos de Kenyi Fujimori por la abstención salvaron a Kuczynski, quien hizo conocer al público su complacencia con una jubilosa sonrisa, acompañada de un bailecito reumático.

El 24 de diciembre, Kuczynski indultó a Alberto Fujimori luego de recibir la oportuna recomendación de una junta médica, integrada entre otros por el médico personal de aquel, para concederle el “indulto humanitario” por padecer de “una enfermedad progresiva, degenerativa e incurable”. No dijo de qué enfermedad se trata ni si es grave, y además, se tomó la libertad de pronunciarse sobre un hecho, el indulto, para el que los médicos carecen de competencia. Podría haberse tratado de la vejez que es también “progresiva, degenerativa e incurable”.

Pero a Kuczynski y su entorno de confianza la salud de Alberto Fujimori no les importaba. Tenían que ponerlo en libertad, porque, como se supo de inmediato, habían negociado el indulto con el propio Alberto Fujimori por intermedio del hijo de este, Kenyi, a cambio de la abstención de los diez representantes manejados por Kenyi para que la moción de vacancia no alcanzara los 87 votos necesarios.

Tras unos días en la clínica de su médico particular, para guardar las formas, Alberto Fujimori se trasladó a una residencia alquilada por 5,000 dólares mensuales pagados por algunos de sus patrocinadores. Por supuesto, mejoró súbitamente y comenzó a actuar como una de las tres cabezas del informe ser “vivo” que es su formación política.

Con este indulto, Pedro Pablo Kuczynski acabó de embarrarse de inmoralidad hasta la coronilla para portarla por el resto de sus días como una pétrea costra. ¿Le causa algún resquemor? Al parecer, no. Como lobbysta del capitalismo, consiguiendo inversiones, ha embolsicado mucho dinero por comisiones. Se sabía ya algo de esto en las elecciones de 2016, pero ante la posibilidad de que ganase la dinastía Fujimori, se relegó al silencio este aspecto de su currículum; y, al contrario, se destacó el abnegado y limpio periplo de su padre y su acción por los pobres de la Amazonía como médico, haciéndose muchos a la idea de que la dignidad se hereda. Mas, no, no se hereda. Cada ser humano es hechura de sus circunstancias y apetitos, y los hijos suelen ser diferentes a sus padres y hasta opuestos. Lo que hizo Kuczynski como lobbysta antes de llegar a la Presidencia de la República se carga en su activo como agravantes. Una de sus primeras hazañas fue la entrega de unos 20 millones de dólares del Banco Central de Reserva, donde él trabajaba, a la Internacional Petroleum Co. luego que esta empresa fuera expropiada. Se debe suponer que hubo alguna comisión por este servicio. Después fugó al Ecuador para librarse de explicar su conducta al gobierno de Velasco.

El nuevo acto de esta ópera bufa ha sido la constitución de un gabinete de “reconciliación”. ¿Reconciliación? ¿Kuczynski y el clan Fujimori se reconcilian? Si, en realidad, nunca estuvieron peleados. Ambos grupos están juntos en la explotación de las clases trabajadoras como arietes del neoliberalismo, que es lo que realmente les importa. Hay ahora mucho dinero en el Perú, pero a los trabajadores les toca lo estrictamente indispensable para subsistir. Son los convidados de piedra de un festín pagado con su trabajo, pero en el que comen otros, y sobre el cual no tienen ni voz ni voto.

¿Kuczynski y sus áulicos les han preguntado a las familias de las víctimas mandadas asesinar por Alberto Fujimori si quisieran reconciliarse con este? Jamás lo harían. No sería político. Tampoco a Kuczynski nadie le ha dado poder para una reconciliación con un asesino convicto de peligrosidad al tope, pues nunca se ha arrepentido de sus crímenes ni ha pagado ni un céntimo de las indemnizaciones complementarias a su condena a prisión.

Al conceder este indulto ilegal, basado en un trámite defectuoso y en un informe médico nulo, Kuczynski ha incurrido en incapacidad moral permanente y, de haber en el Congreso 87 representantes de moral intachable, tendrían que declarar la vacancia de la Presidencia de la República. Pero, no los hay.

La posibilidad de juzgarlo por este indulto sobrevendrá luego de que termine su período, de conformidad con el artículo 117º de la Constitución. Mas la acción penal contra los ministros y otros funcionarios que han intervenido para otorgarlo se halla expedita.

Ya veremos el siguiente acto de este espectáculo tan común en el Perú desde los tiempos del virreinato.

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