Basura nuestra que estás en los suelos

Neurona Dignidad Andrea Quevedo Vibert

Por mi barrio hay una loza deportiva (de la que ya escribí antes) conformada por una canchita de basket-fulbito y dos de frontón.  Hace ya más de un año que un grupo de vecinos formó una supuesta junta directiva y se adueñó de la citada cancha construida por la municipalidad del distrito. Esta junta decidió cerrar la cancha con un candado y establecer horarios de uso por lo que sólo se puede ingresar entre las 9:00 a.m. y las 7:00 p.m. (si es que se tiene la suerte de encontrar al vigilante que guarda la llave del candado). Podría suponerse que la junta siente verdadera preocupación por el cuidado de la loza para su preservación y mantenimiento en buen estado. Pero sucede algo curioso. Dentro de la cancha existe un gran cilindro que alguien debe hacer colocado como tacho de basura. Hace más de un año que nadie recoge los desperdicios depositados en él, quizá porque cuando aparece el carro  basurero o el personal de limpieza a pie de la municipalidad, la cancha está cerrada con candado La basura está ahí rebalsando del cilindro en abandono total. Pero sucede algo aún peor. Sobre el cemento, dentro de los arcos, en el área verde y en las tribunas se han multiplicado los desechos: botellas de plástico de agua, energizantes y gaseosas, cajetillas de cigarros, restos de bombardas, botellas de vidrio rotas, papeles, bolsas de plástico, etc. que probablemente hayan sido botadas por deportistas, vecinos de todas las edades, padres con sus hijos, grupos de jóvenes y niños, parejas, visitantes de otros barrios, etc.

Hace como dos semanas apareció una escoba de paja en la cancha. No sé si alguien la puso ahí a propósito o fue olvidada. Decidí entonces usarla, mientras mi perro jugaba. Tanta era la basura que finalmente terminé de arrinconarla en cuatro sesiones de diez minutos a lo largo de cuatro días, con la consigna de terminar el trabajo embolsando todo para dejarlo en la esquina y a la hora en la que el basurero del distrito pueda recogerlo. Ayer volví a la canchay a pesar de que se notaba claramente que la basura había sido barrida y arrinconada, ya algunos visitantes se habían encargado de botar nuevamente sus botellas de plástico entre las tribunas, el pasto y el cemento.

Este es un caso pequeño. Los ejemplos espeluznantes sobran: la Plaza de Armas de Arequipa llena de suciedad al terminar los partidos por las eliminatorias del mundial Rusia 2018 en vista que se colocaron pantallas gigantes para que cualquier vecino arequipeño pudiera disfrutar del encuentro; las playas de Ilo y Mollendo convertidas en basurales acuáticos tras las celebraciones por Año Nuevo a sólo unas horas de haberse iniciado el 2018 o las veinticuatro toneladas de desperdicios dentro del recinto y las 25 toneladas en calles aledañas, que se recogieron tras la misa del papa Francisco en la base de Las Palmas en Lima.

¿Por qué hay tantas personas de diversas ciudades y estratos sociales, adheridas a tan diferentes intereses (deporte, religión, música, diversión, etc.) que se comportan de la misma vergonzosa forma con respecto al deber cívico de no botar la basura en los espacios públicos? Muchos dicen que es falta de educación. Si es la causa exclusiva tendríamos que inferir por ejemplo, que una buena cantidad de esos ciudadanos religiosos que asistieron a Las Palmas carecen de ella, pues en cuestión de seis a siete horas desecharon 24 toneladas de basura a pesar de la presencia de los 140 contenedores asignados por los organizadores y de una campaña previa que solicitaba muy amablemente que la basura se depositara en los lugares destinados a esta.

Muchos opinan también que es un tema de facilismo, de inconciencia frente a los problemas ambientales e incluso de desinformación sobre las consecuencias de vivir entre tanto desperdicio. Es cierto y todas las causas son parte del problema.

Yo creo que todo se resume en un valor humano, uno de los más importantes; el respeto, considerado también como una necesaria virtud de convivencia. El respeto es consideración, tolerancia y reciprocidad. Si ese respeto se traduce en buenos hábitos, buenas acciones, preceptos religiosos o cívicos es otro cantar.  Si dejamos de botar basura en nuestro hogar, el planeta, hablamos de RESPETO por el hábitat. Si consideramos a nuestros semejantes y dejamos de desechar desperdicios en lugares que otros  también tienen el derecho de usar estamos aplicando el RESPETO por el otro. Por último, la primera motivación para no botar basura en lugares públicos debería ser el RESPETO por uno mismo. Ahora bien, ¿cómo se adquiere el RESPETO? ¿Con educación? Sí y no. Larga disertación que no se abordará en este texto.

El asunto ahora es cómo solucionar la inconciencia y los oídos sordos que no entienden de razones, reflexiones, consejos, solicitudes, principios ni ruegos incluso de su líder más venerado. ¿Qué campaña ponemos en marcha para que el ciudadano, donde quiera que esté, guarde su basurita y la lleve a casa si es que no encuentra un tacho alrededor? ¿Cómo movemos la voluntad de quienes teniendo un contenedor a sólo unos metros, en el colmo de la pereza, botan la cáscara de fruta a un centímetro de sus pies?

La mayoría de gente  no hace caso a las advertencias, letreros o multas. ¿Alguien las aplica? El famoso “prohibido botar basura bajo pena de multa” es una imagen tan cliché en ciertas esquinas y postes que se ha convertido más bien en una señal luminosa que  entre líneas pareciera decir “bote su basura no más, aquí no pasa nada”. Debemos dejar de alimentar los basurales físicos y morales. El buen ejemplo y la llamada de atención son un primer comienzo; si queremos que esto cambie hay que aplicarlos ya, no se puede vivir bien en medio de tanta suciedad.

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