Carta a Kuczynski

La columna Mabel Cáceres Calderón

Ya perdida la esperanza por un inesperado gesto de nobleza u honestidad de su parte, le recordamos que fue Arequipa la región que le dio la victoria en las pasadas elecciones, sólo para evitar la asunción de una mafia al poder.

 

Con esa autoridad, e interpelada sin respuesta la porción que pueda quedarle de dignidad y, le vamos a cantar unas pocas verdades, de las muchas que quisiéramos espetarle, aunque ya no valga la pena a estas alturas.

La mitad de los peruanos votantes creímos que lo que le había motivado a postular al cargo, a los 77 años, tras una vida entera dedicada a los negocios, era tratar de devolverle a este país, lo mucho que les ha proveído a usted y a los empresarios de su clase. Sintetizando: justicia, equidad, oportunidades, dignidad y futuro. Era una oportunidad, única en su monótona vida, de pasar a la historia.

Pero he aquí una de las pocas sorpresas que aún puede darnos. La venerabilidad típica de los ancianos, le es ajena por completo, al punto de haberse ganado el desprecio de los peruanos más humildes y amplios de corazón, esa oquedad que aún debe tener en su costado izquierdo.

La honorabilidad, que también le es ajena, es incompatible con la montaña de mentiras que nos ha dicho en el poco tiempo que lleva usurpando un cargo que le corresponde a alguien que sea depositario de la consideración de su pueblo, cuando no del respeto, que ya sería una utopía en este caso.

La ruindad de la que hace gala, sin rubor, lo aleja definitivamente de otro rasgo indispensable en un gobernante, aunque sea mediocre; esto es, la sensibilidad, ese borroso recuerdo que debe haber quedado entre los papeles de los contratos que ideó para saquear las riquezas del Perú, perdida para siempre como su famosa página 11. O las cifras reales de su “banquito” Wesfield.

Es verdad que la exacción de los fondos del estado en favor de las corporaciones y sectores privilegiados es casi la definición de estados como el nuestro. Es la generalidad y no la excepción. Es la costumbre, no una desviación. Pero llegar a la presidencia de un país, con el voto esperanzado de millones de gentes, mayoritariamente pobres y usar esa condición para seguir haciéndolo, por “puro vicio” o porque no sabe hacer otra cosa con su vida, es criminal.

Aunque usted no es el único que hizo su fortuna de esa manera, a costa de millones de peruanos sin oportunidades, se habrá dado cuenta que ya ni sus antiguos amigotes lo apoyan, mientras la furia del pueblo dolido, va creciendo.

Si aún tuviera algo de sensibilidad y honorabilidad, se iría a casa, antes de ser expectorado. Pero como esas características están reñidas con su historia, al menos trate de salvar el pellejo de un linchamiento simbólico. Nunca será un anciano venerable, pero al menos podría ser un anciano arrepentido al final de su vida, para librarse del oprobio histórico.

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