De las dificultades de ser cristiano en el verano peruano del 2018

Columnista invitado Alfredo Quintanilla

“Desde el abismo de mi odio a mis enemigos clamo a ti, señor, que pasas por la vera del camino. El odio profundo que siento por los que me hacen trabajar como bestia y encima me roban, me asaltan, me violan, me matan, queman mis restos y quieren que siga callada, sumisa, inerte. El odio profundo que siento por los que pudiendo defenderme no lo hacen y justifican a mis enemigos. Óyeme, sordo. Oye mi quejido, porque mi llanto ya se ha secado. Porque he criado hijos y nietos por gusto. Porque ellos hacen a sus mujeres lo que a mí me hicieron. Porque siento que mi vida no vale. Porque ya no quiero sentirme pecadora ni culpable. Porque ni la enfermedad callada que me corroe el cuerpo impedirá que yo les diga a tus sacerdotes y obispos ¡hipócritas!, ¡mal nacidos! paridos con pus y sangre! Arrepiéntanse y dejen de predicar necedades!

 

Yo soy la viuda que una vez en el desierto me encontraste. Yo soy la mujer que me desangraba y me curaste. Yo soy la madre de los pechos secos. Yo soy la extranjera que todos odian después de desear y poseer mi cuerpo. Yo soy la puta que después de acarrear el agua quiere un instante de placer debajo de la sombra de un árbol. Esa, a la que impediste que me enterraran bajo las piedras de su odio. Yo soy la que no quiere traer más niños a este infierno y algunos agentes tuyos me obligan a hacerlo. Yo soy la traicionada por los que dijeron que me amaban. Yo soy la imagen que usan algunos y algunas para sus propias guerras.”

La lectura de las palabras precedentes en esta Semana Santa, puede sonar desconcertante y, además de un poco fuerte, impertinente. ¿Quién es esta señora que dice hablar por muchas con ese tono de poseída? ¿No padecerá un transtorno mental?  ¿A qué viene esa agresividad? ¿No será una feminista?

Pero hay que convenir que muchos católicos peruanos atraviesan una crisis espiritual similar a la de la mujer y que en estos días estalla. Otros se preguntan cómo seguir siendo católicos en el Perú, como en otros países, donde los sumos sacerdotes de la Iglesia son amigos y cómplices de dictadores condenados por crímenes y corrupción. En el Perú hay un autoritario, siempre en pugna por el poder temporal con un lenguaje vulgar en privado que sorprendió alguna vez, inclusive, a hombres de vida cuartelaria. Un  déspota que ha ejercido todo el peso de su poder e influencia en contra de monjas y sacerdotes que no piensan como él. Un jerarca que no ha dudado en aliarse a sectas fundamentalistas del protestantismo siguiendo su propia y particular teología. Un sacerdote que niega los sacramentos a los separados y divorciados. Un jerarca, que ha disimulado las acusaciones de casos de sacerdotes pederastas en el Perú. Un fariseo, en fin, que predica reconciliación nacional pero que no olvida la ley del talión. Cómo puede él ser nuestro pastor? Qué ejemplo nos puede dar a nosotros y a nuestros hijos? Cómo puede decir, con qué cara, con qué gesto, que es el representante de Cristo?

La experiencia cotidiana del mal, que viven los peruanos y peruanas, el del daño al inocente, la  violencia, subleva a un ser humano común y corriente y reacciona con lo que tiene: ira y uñas y quiere devolver el ojo por ojo y el diente por diente y más. Los católicos tenemos un mandato que es el amar a ese enemigo gratuito. ¿Eso es natural? ¿Dar la otra mejilla no es de tontos, por no usar un peruanismo más fuerte? Lo que sienten los que más sufren es el silencio y la lejanía de Dios: el dolor del justo e inocente, la enfermedad, el odio de los enemigos gratuitos, los niños masacrados en todas las guerras por ejércitos bendecidos por curas.

Ningún filósofo con su teoría de la muerte de Dios o la del opio del pueblo, ningún descubrimiento de una nueva partícula subatómica, ningún libro, ninguna burla, ninguna persecución nos interpela más que ver el sufrimiento ajeno y encima que curas romos en esta Semana Santa no extiendan un gramo de caridad cristiana nombrando a Pedro, María y Juana como los cristos, los sufrientes, los miserables los ninguneados de carne y hueso de hoy y no de la historia sagrada.

Cómo se puede llamar la sociedad peruana, una sociedad cristiana, creyente si tenemos un país de caínes, como lo han demostrado unos políticos en los últimos días; un país de violadores de niñas que a veces son de la misma familia de hipócritas, en donde no se les cree a las víctimas; un país de ladrones del óbolo de la viuda y del huérfano; un país de es de doble y de oportunistas. Pero hay también, y eso es lo que más duele e impacta en un cristiano sincero, hay también ateos que aman al prójimo, dan de comer al hambriento y visitan al enfermo y al preso. Y surge, entonces, la inmensa pregunta de Santiago ¿de qué sirve la fe cristiano si no tiene obras?

Pero la permanente pregunta ¿y dónde está tu hermano? , que hormiguea siempre dentro de cada cristiano, esa preocupación por el otro que hasta traba  la búsqueda de su propia felicidad, no debe ser confundida con el buenismo escrupuloso de moral heterónoma siempre atento a lo que digan los demás y, en particular, el párroco. La fe terca, irracional devendrá en poco menos que fanatismo si no es capaz de generar una transformación radical en pos de la fraternidad.

No hay una salida fácil a la crisis espiritual que estas líneas han tratado de esbozar con balbuceos. Es posible que la vida cristiana esté destinada a la pelea por domar un  egoísmo natural que a la vez es el motor del desarrollo individual. ¿Cómo discernir? ¿Cómo buscar el equilibrio? ¿Cómo vivir una vida plena sin culpa que la paralice? A lo mejor en estos días oscuros en que la humanidad busca una luz, ésta se reduzca a recordar la promesa de Jesús “Vengan a mí todos los agobiados y afligidos que yo los aliviaré”. Tal vez, esa fue la respuesta que encontró Vallejo cuando exclamó: “Siento a Dios que camina / tan en mí, con la tarde y con el mar”

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