Federico De Cárdenas: In memoriam

Columnista invitado Alfredo Quintanilla

Más que amigo, yo fui un lector de Federico De Cárdenas. Para aprender a ver películas; para aprender a dar una opinión equilibrada de las controversias públicas; para aprender a decir cosas claras y hasta duras, en un contenido lenguaje diplomático; para aprender a no envanecerse por más lecturas o más discos o más películas que habitaran en mi memoria; para aprender a usar las palabras debidas en una conversación que no por útil también podía ser gratuita. Era de los que miran a los ojos a los interlocutores, aun cuando sepan (y a lo mejor, por eso) que no los van a volver a ver en el futuro.

Tenía las maneras pausadas de los filósofos. Escuchaba sin distraerse. Tomaba notas rápidas con la mirada. Escribía y tachaba; escribía y corregía; escribía y redondeaba. Andaba siguiendo las novedades de los semióticos, que ven esquemas, paradojas, parábolas, iteraciones, donde el vulgo ve jugadores y balones; actores y escapatorias, actrices y besos, pero gozaba de las escenas sencillas, tratando de encontrar de dónde surgía la chispa eléctrica que emocionaba hasta las lágrimas al respetable.

Hace muchísimos años, fungiendo de editor del semanario en el que yo empezaba a colaborar, tuvo la gentileza de no hacer una bola con mi texto y arrojarlo al basurero, sino de explicarme con paciencia qué es lo que debe ir en el encabezado de una noticia. Hubo un tiempo posterior en el que yo resulté ser su fuente, sin que yo me enterase; tal su discreción. Hay que ver el filo de su pluma en las grandes coyunturas, cuando sus editoriales de La Repúblicasignificaban una suerte de parteaguas en medio del río revuelto de los intereses encontrados, cuando los progres andábamos confundidos sin querer reconocerlo.

Federico De Cárdenas era un intelectual cumplidor de sus deberes ciudadanos. Un crítico de cine de la primera línea, cuya mirada del cine propio y ajeno, ha dejado una estela de rigor en el análisis y en la necesidad de argumentar para convencer. Como lo hizo en sus editoriales, con su esfuerzo cotidiano, sencillo y agotador de hormiga, para construir en el Perú, como él solía decir “una república superior”. No importa que el ruido y el espectáculo refundan la noticia de su muerte allí donde pocos la vean. Los que lo leímos sabíamos que era de esa élite que a los peruanos del común nos enorgullecía mostrar frente al mundo. No importa, su estela queda, brillando en la noche o en el écran de un cine.

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