López Obrador y la victoria sobre el estigma

Columnista invitado Otra Mirada

El triunfo masivo de López Obrador en las elecciones presidenciales mexicanas, es también la derrota de la narrativa de las élites político-empresariales y mediáticas mexicanas, que relacionaban a AMLO con “el chavismo” o “el Bolivarianismo”.  Se confiaron, en que las imágenes del desabastecimiento en Venezuela y la extrema polarización entre el Gobierno de Maduro y la oposición radical serían suficientes para promover “el miedo” entre los mexicanos. No solo usaron fuera de contexto videos, declaraciones, youtubers, sino que contrataron a expertos en guerra sucia anti chavista como JJ Rendón.

Desde hacía un año, el golpeteo venía muy agresivo por el lado del “populismo”, tratando también de relacionar a AMLO con los grupos de extrema derecha europeos e incluso con Donald Trump.

El “populismo” histórico fue reescrito por los intelectuales del neo liberalismo como Enrique Krauze, y jóvenes políticos del PAN y el PRI, usando la trivial fórmula de reemplazar “comunismo” por “populismo”, con argumentos de la guerra fría, es decir la categoría de análisis se convirtió en muletilla paranoica, tratando de avivar los peores instintos en los sectores acomodados mexicanos. La campaña no se detuvo y se “enriqueció” con notables aportes del entorno peñista y panista. Comenzaron los insultos y el más usado fue “orate”, “ocurrente”, “disparatado”.

Ni se diga, ya en plena campaña, cuando era evidente que lo de “populismo” y “chavismo” no resultaban, la andanada procaz, clasista e incluso racista, sin control de una guerra sucia tolerada hasta el límite por las autoridades electorales.

Nada de ello dio resultado, porque AMLO desde que comenzó la alternancia en el 2000, fue actor protagónico de la izquierda nacionalista mexicana, uno de los más beligerantes, con un impulso moral más que ideológico. Y ello lo convirtió en la “bestia negra” de la cleptocracia neoliberal cuyo ejercicio del poder descansaba en las alianzas cruzadas entre el PAN y el PRI. Entonces surgió “el veto” de los poderes fácticos contra quien denunciaba el latrocinio empresarial-político del Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa), o el robo descarado que significa las exoneraciones fiscales y tributarias a los principales grupos económicos.

La polarización no la creó AMLO, sino los poderes fácticos que trataron de encarcelarlo con el famoso juicio del desafuero en el 2005. Y buscaron anularlo como opción de las izquierdas con el fraude del 2006, la manipulación y masiva compra del voto del 2012. Pero el tabasqueño no se dio por derrotado, millones de mexicanos no solo creían en él, sino que consideraban necesario su liderazgo ante una clase política elitista y corrupta. Y en esta campaña, llegó acorazado, luego de salirse del PRD y fundar Morena. La guerra sucia no hizo mella, ni la campaña del miedo ni los insultos.

Millones de mexicanos escandalizados con la corrupción de miembros del gabinete de Peña y sus gobernadores (350,000 millones de pesos desviados o sin justificar en el gasto, aproximadamente, 20,000 millones de dólares) y una crisis económica que castiga los salarios y el empleo, transformaron su desconfianza hacia AMLO en el receptor de un voto de castigo severo y fulminante contra el PRI. El giro fue fundamental en la clase media acomodada del norte de la república y más cercana al modo de vida de los EEUU. Ello por la política de alianzas de AMLO desde la izquierda hacia el centro derecha y con uno de los principales grupos industriales de Monterrey.

Los estrategas del voto “del miedo” usando a Venezuela erraron completamente. El chavismo murió con Chavez y la caída global de los precios del petróleo terminaron con la llamada “revolución bolivariana”. El gobierno de Maduro es de sobrevivencia con una oposición violenta y gestora de sanciones contra su país, algo que es muy mal visto por el nacionalismo mexicano. El ajuste económico permanente y la indignación moral de los mexicanos fueron el “efecto teflón” que desarmó la guerra sucia mediática contra AMLO.

 

Por Eduardo Bueno León (catedrático y analista político)

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