Celebración de la soledad

la Silla Prestada Alfredo Herrera

A propósito de un libro de Porfirio Mamani*

Estoy cada vez más convencido de que las presentaciones de libros se organizan en realidad para asegurarnos el rencuentro con los amigos, y de paso hablar de nuestros últimos libros, como quien habla de nuestros últimos viajes, de las películas que hemos visto o de nuestras tribulaciones, a estas alturas, pesadumbres propias de quienes tienen, además del tormento de la poesía, otras preocupaciones más mortales, peregrinas o domésticas como asegurarse un trabajo, por ejemplo. O qué regalarle a un amigo en su cumpleaños.

Todos sabemos lo que es un encuentro entre amigos, siempre hay algo para celebrar, y si no recordamos un viejo éxito, un amor extraviado o un gol perdido, o no tenemos tema para hablar, nos inventamos uno, y no falta quien de debajo del brazo saque, como un acto de magia, una botella y nos ilumine con alguna bebida espirituosa o algún otro estimulante; esta vez, Porfirio Mamani nos ha puesto en la mesa dos libros de poesía, motivo suficiente para iniciar la celebración. A mí me ha tocado, como si fuese un sutil paquete de contenido misterioso, el de tapa blanca, espero que no sea una indirecta, un recuerdo confuso o un antojo nostálgico. Tal vez alguien le ha dicho a Porfirio que Alfredo tiene pasta para las presentaciones.

Bueno, fuera de bromas, esta es una reunión seria, no hay nada más serio que hablar de los amigos, y nuestro amigo ha venido a hablar de la soledad. Y la soledad, queridos amigos, debe ser el tema más serio de la poesía; no hay que confundir con “la Sole”, que no era nada seria y tiraba al tacho nuestros versos juveniles, y en el momento de la coronación, nos dejaba más solos que nunca. Así, la experiencia de la soledad, debe ser en el hombre, en el ser humano, una extraña mezcla de abandono, indiferencia, rechazo y libertad, y todo aquello que se ha acumulado con los años y nos ha ido atormentando disimuladamente bajo el disfraz de la nostalgia.

Mi recuerdo más antiguo de soledad tiene que ver con una tarde de lluvia, allá en Puno. Mis padres debieron salir de casa y me quedé con una joven que me acompañaba, o tal vez yo la acompañaba a ella, pero lo cierto es que de lejos venía el sonido lento de una banda de músicos, tocaba una morenada, y yo miraba la ciudad difusa a través de la ventana, donde las gotas de lluvia se escurrían en el cristal inventando brevísimos recorridos, como ríos minúsculos. Tal vez lloraba, ventana y yo llorábamos en silencio. Hasta hoy, no había escrito sobre este episodio. Esta nostalgia infantil estaba viva en mi memoria pero velada para la literatura, y hoy me vuelve a sorprender cómo la soledad se filtra entre los pliegues de la remembranza y sale de nosotros en forma de palabras para convertirse en belleza. Tal vez por eso he disfrutado la lectura de este libro, donde el poeta, nuestro amigo, se hace unidad con la soledad, y de ese producto que debe ser íntimamente doloroso, han brotado palabras.

El título, “El poeta y la soledad”, entiendo no se refiere a dos sujetos que se encuentran, o a un sujeto que se encuentra en una condición humana, sino a una unidad conformada por el sujeto y él mismo, llámese autor, poeta o ser humano. Porfirio Mamani no ha necesitado de hacer alarde de un título sugestivo o ensayar un juego de palabras para nombrar su libro, es claro que aquí hay una situación humana al que el lector se va a enfrentar.

Las 34 estrofas que componen el poema son en realidad un itinerario, una ruta, un viaje que emprende el poeta ya consciente de su soledad hacia un destino indeterminado, que se develará en el último poema. En el primer verso del libro se identifica el yo poético, una voz que deja el pasado para emprender un presente, lo anuncia con el título: “La errancia”, y dice: “Como si el ayer no existiera, debo caminar en silencio”. El viaje lo llevará a través de las 34 estaciones hacia una condición tan dramática como la soledad: la pérdida de identidad, el exilio interior, la soledad que crece dentro de la soledad. El poema final que titula justamente “Soledad” dice: “¿Quién soy? Un ruido, una sombra que se dobla. ¿A quién veo? A nadie. ¿A quién busco en el fondo de mis ojos? a un espectro de perfil indefinido.”

La obra de Porfirio Mamani ha sido siempre esperanzadora, le ha cantado al hombre y a la naturaleza, ha reflejado la influencia mística, ha celebrado la familia y el erotismo, y esta vez nos lleva a un viaje interior inesperado, pero al mismo tiempo previsible, pues todos sabemos de su larga estancia en París y también sabemos que la experiencia de la migración, el desarraigo y el exilio terminan marcando profundamente a la persona, más aún si se trata de un espíritu sensible como el de Porfirio.

A lo largo del poema, donde el yo poético consolida una actitud madura para asumir la soledad, el lector va a asistir a otras situaciones igual de dramáticas en las que poeta y soledad reafirman una unidad poética. “Angosta la noche ha de pasar y yo, tiempo y polvo dispersado en este río, iré con ella”, dice por ejemplo en el apartado cuatro.  Más adelante reafirma su individualidad, no como una actitud egoísta, sino de particularidad: “No somos el silencio de nadie, tampoco el recuerdo que otros inventaron”, dice en el poema que titula “El hombre”. En el poema “La huida”,  el poeta dice: “Soy yo mismo el que de la luz sale huyendo. Herido, huérfano y abandonado dejo mi suspiro al viento.” Como ven, esta es una brevísima muestra de la profunda mirada que tiene el poeta sobre un tema como la soledad que, de una u otra manera, tarde o temprano, asalta a cualquier persona.

A veces la soledad nos espera al doblar una esquina, en la banca de un parque, o en una ventana de nuestra casa, en la página del libro que estamos leyendo, cuando saludamos a un amigo o cuando olvidamos la tonada de una canción. Porfirio Mamani nos cuenta, en realidad nos advierte, que la soledad también llega con la poesía, en palabras que usamos a diario, en frases que nos asustan o en esa mala costumbre de recordar.

De otro lado. el oficio de la poesía, la evolución literaria y la profundización del estudio del arte, se refleja también en este poemario. Hay varios ejemplos de la fineza con que Porfirio Mamani elabora sus versos, que terminan siendo bellos. “Todo perfil que no defino entre la bruma, presiento que eres tú, amiga que me buscas, perdida en esta selva oscura”, dice, por ejemplo, en el poema 23.  En otro poema dice reflexivo: “Nada en la nada se consume, todo es río y polvo que nos devuelve el tiempo, no el olvido”. También dice: “Soy en la noche una herida, una rama que sacude sin cesar el viento”.

Estamos pues frente a dos agradables presencias, la de nuestro amigo que vuelve de lejos para cobijarse entre nuestros abrazos y así paliar la soledad que lo embarga, y la de su libro “El poeta y la soledad”, en bonita edición, donde ha depositado algo de lo que profundamente escarba la soledad dentro de nosotros.

Pero esto hay que celebrarlo, para eso, creo, hemos sido convocados. Al principio decía que en las reuniones de amigos no falta quien saque, como un acto de hechicería, una gota de algo para emocionarnos, o un libro, como lo ha hecho Porfirio Mamani. Yo aportaré, sin ser mago o hechicero, chamán o brujo, pero sí encantador, con la gota necesaria y oportuna para esta ocasión.

Salud, y gracias.

 

*Texto leído en la presentación del libro “El poeta y la soledad”, el 28 de junio del 2018.

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