El gran restaurador

Gárgola sin pedestal Alejandro Lira Landa

El día que irrumpió en el bienio estelar de su carrera judicial, el decano de la prensa nacional peruana le obsequió un candoroso retrato: un juez supremo peso pluma; 1.60 metros de estatura; de origen campesino y provinciano; preso en su juventud por veleidades izquierdistas; luego juez, vocal, catedrático; en suma, una larga trayectoria signada en la superación de “techos”, que es la forma en que la vida le fue presentando  los obstáculos. Su primer techo hubiera sido el segundo año de primaria; pero gracias a una diligente maestra que aconsejó a su padre extender la educación de su hijo, él pudo terminar la primaria y luego la secundaria; de no haber superado estos techos, confiesa:  “Nadie sabría de mi destino”.

Ya roto el hielo formal de la entrevista y puesto en estas cosas de los techos y la altura de miras, el Presidente del Poder Judicial desliza la imagen de su sueño en esta etapa. ¿Qué sueña el primer juez del país?, ¿un país más justo con menos litigios? ¿un país con menos desigualdades económicas y sociales? ¿un país donde más valga eso de curarse en salud y para ello impulsar la justicia preventiva? No, amable lector, el señor Presidente del PJ sueña con un Palacio de Justicia en cuyo techo se instalen paneles solares, se acomode una huertita ecológica en donde se cultiven rosas, crisantemos, geranios, lirios y margaritas, esta gama multicolor de flores rodeada del verde propio de bandejas de culantro, perejil, manzanilla y romero. No hay que ser mezquinos, pues,  y hay que reconocer el supremo candor del supremo juez.

A partir de ese retrato inicial nuestro juez se ha multiplicado en cuanto medio de comunicación se le ha acercado. Bien lo podemos ver dando comentarios sobre cualquier tema de coyuntura nacional, como dando clases improvisadas de derecho penal a distancia en Radio Existosa, “…Sí Philip… mira Philip…” Y así los legos en derecho nos vamos enterando de los distintos matices de la prisión preventiva; de las dudas iníciales sobre si la donación a los Humala era delito, o mejor que casi no lo era; en fin, no estoy seguro si me he perdido algún comentario suyo sobre el calvario judicial de Paolo Guerrero, pero no me extrañaría oírlo comentar sobre los fallos de los árbitros en el próximo mundial de futbol.

Pero como la dicha nunca es completa apareció en su horizonte mediático el juez Carhuancho, y como quiera que el respetable le agarró cariño a este Juez, por esa osadía suya de aplicar la ley a aquellos que la tienen atada y bien comprada, no le quedó otra alternativa que apelar al ingenio administrativo para que parezca que no lo sacan pero que sí se le aparta al juez que se “estaba yendo por la libre”. No pues, que osadía, meter a la cárcel a la gente decente, ¿dónde se ha visto?, ¿hasta cuándo vamos a tolerar la arrogancia de estos indios letrados y encima resentidos?

En efecto, lo que no había ocurrido en casi dos siglos de vida republicana, empezó a ocurrir en horas, fue cuando entre empresarios, políticos y corporaciones, empezó a cundir  la peligrosa percepción de que el PJ no solo te puede joder haciéndote perder el tiempo y dinero, sino que además puedes ir a parar con tus ilustres huesos a la cárcel, como si fueras un cualquiera. Allí aparece entonces nuestro supremo juez, ajeno ya a sus sueños de horticultor de techos, retoma su discurso jurídico inicial: “Es mi deber que el Perú, como todo Estado moderno, tenga seguridad jurídica”. Y ya sabemos a qué seguridad se refiere; o sea, a la de antaño; los señorones, con las disculpas del caso, están ya nuevamente libres y en casa. La seguridad jurídica ha sido restaurada.

La seguridad ciudadana no, el supremo juez y su esposa, fueron asaltados a vista y paciencia de los transeúntes en Chiclayo. Días antes había declarado no descartar la posibilidad de ser candidato a la Presidencia del Perú.

 

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