No me elimines de tu feis (I)

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Aquella mañana, al despertar al duodécimo día del mes de febrero, me puse a pensar en las infinitas consecuencias de saberme, una vez más, eliminado de tu feis. Luego de varios minutos pensando bajo las sábanas, me dije, bah, esto no puede ser tan trágico. Y automáticamente, un segundo después, me respondí: Diablos, sí lo es.

A diferencia de los anteriores, aquel día había depuesto su marcha de nubes y dejaba correr un cúmulo de luz sobre mi ventana. En la mesa de noche seguían inmutables una nueva novela de Bolaño y el manuscrito de un libro que, sin haberlo leído, empezaba a odiar. De hecho, la noche anterior no leí nada y tampoco hice el esfuerzo por hacerlo aquella mañana.

Simplemente no tenía ganas de nada. Es decir, qué ganas puede haber si sabes que al final del día ninguna de las frases pirateadas del libro motivarán en esa persona un solo comentario o un mero «Me gusta». Porque, hay que decirlo, cada cambio de estado en el feis, cada video enlazado, cada foto subida, cada etiqueta colocada tiene un destinatario, un único y certero receptor en el cual cifras tus esperanzas. No importa que luego de un par de horas encuentres que decenas de comentarios absurdos llenan tu casilla de correo —existe un poco de alivio en ello—, si ésa persona no ha colocado míseramente algo, pues no habrá servido de nada.

Es cierto que hay cosas que uno coloca por el simple hecho de compartir. Por ejemplo información de la bolsa, artículos acerca de literatura y política o la última caricatura de Carlín. Pero no hablo de eso, hablo de las cosas por las cuales Mark Zuckerberg hizo esta red, es decir, saber todo lo que hacen y no hacen tus amigos —por lo menos los que te importan—, si tienen una nueva relación o si la actual ha pasado a ser complicada. Porque si Uds. han visto la película que, increíblemente, ahora está a punto de ganar el Oscar, recordarán que a pesar de que el alborotado genio tiene millones de amigos y varios ceros en su cuenta bancaria, al final solo intenta saber un poco acerca de aquella chica que estúpidamente perdió. Zuckerberg como yo, entonces, éramos unos completos desgraciados. Bueno hubiera sido encontrarnos en el Starbucks de Mercaderes para tomar un café y comentar nuestros problemas, darnos consejos, saber qué hacer ante la grave situación. Pero él es un hombre muy ocupado y yo también.

Aquella tarde salí a dar un paseo por el centro de la ciudad para despejar un poco la mente. Como con ella, visité lugares sin importancia y gasté el poco dinero que me quedaba. Casi anocheciendo me detuve en una tienda y justo antes de entrar apareció ella frente a mí como un anuncio luminoso. Es obvio que me quedé en total silencio, pasmado, con un aire ártico recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. No lo pensé mucho y decidí caminar obviando el fortuito encuentro. Justo antes de proseguir, sonrió y luego me dijo con toda naturalidad: hola. Quedé por un segundo horrorizado ¿Cómo era posible que me saludara después de eliminarme de su feis, acaso no entendía que mi mundo se había derruido solo con ese minúsculo acto?

Luego yo le dije hola y la invité a tomar un café.

(Artur Zeballos)

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