Gustav Mahler, a cien años de su muerte

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Oír una de las sinfonías de Mahler -una de ellas alcanza la hora y media, el primer movimiento dura aproximadamente treinta y cinco minutos-, es poco menos que imposible en una época que corre tan de prisa, infectada además de ritmos groseros capaces de echarnos a perder el oído en lo que dura un viaje en combi. Aunque dé pena decirlo, la música de Mahler, cuya orquestación supera por momentos lo hecho por Beethoven o Wagner, corre el riesgo de quedar sepultado en el más silencioso de los olvidos. Y en el más injusto.

Gustav Mahler, nacido un siete de julio de 1860 en territorio austriaco, es considerado (a la par de Beethoven y Brahms) genio del Romanticismo. Aunque en su caso cabría hablar de un Romanticismo tardío, pues lo que llenaba los teatros en los albores del siglo XX iba más por el lado de la Vanguardia (las primeras piezas de Stravinski comenzaban a llamar la atención del público tanto como de la crítica; simultáneamente, Jean Sibelius apostaba por la simplificación de la sinfonía, justamente lo contrario de lo que proponía el compositor austriaco).

Sin embargo, Mahler persistió en la vieja estética pero llevándola a una complejidad tan llena de matices, capaz de reunir en una orquesta treinta instrumentos diferentes, incluidos la mandolina o el armonio, poco frecuentes hasta en la más ambiciosa de las sinfonías. Las diferentes líneas musicales que lograba acoplar en contrapuntos monstruosos, no perdían por ello ni su fluidez ni su claridad. Fue tanta la complejidad de su obra -hasta el día de hoy resulta bastante compleja-, que enfrentado a los reproches de sus contemporáneos atinaba a dar como única respuesta: “Para mí, componer una sinfonía equivale a un acto comparado a la misma creación del universo”.

Cada autor impregna en su música un determinado estado de ánimo. O más de uno. La exaltación romántica en Beethoven, la exaltación lúdica en Mozart, la exaltación épica en Wagner. La música de Mahler suena por momentos alegre, por momentos desesperada, creando en medio una suerte de irónica atmósfera, característica que lo aleja de los románticos clásicos, acercándolo a compositores menos estructurados del siglo XX, como fueron el mismo Stravinski o George Gershwin.

Mahler compuso además emotivas canciones reunidas bajo los títulos “Canciones para los niños muertos” y “Canciones de un camarada errante”. A partir de las letras de estas canciones (al parecer también se llegaron a conocer personalmente), Sigmund Freud diagnosticó la personalidad de Mahler como maniaco-depresiva.

Poco se sabe de la vida de Mahler. Una supuesta homosexualidad llevó al novelista Thomas Mann a hacer un velado retrato del compositor en la célebre novela “Muerte en Venecia”, adaptada luego al cine por Luchino Visconti. Arrebatado tempranamente de sus queridos pentagramas, a la edad de cincuenta y un años, Gustav Mahler no alcanzó a concluir una de sus obras más importantes, la décima sinfonía, posteriormente acabada por diferentes músicos y en múltiples versiones.
(Daniel Martínez)

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