Murakami, novelista o corredor de maratones

Lectura

Mientras que un cuentista debía noquear al lector en la última línea, el novelista no podía esperar mejor resultado que ganarle por puntos. Según Cortázar, en su famosa comparación boxística, el escritor es una suerte de púgil en firme combate contra el lector. Pero cuando buscamos establecer la relación no entre el escritor y el lector, sino más bien entre el lector y su oficio habría que buscar el paralelo en otra disciplina deportiva, diferente al boxeo. Murakami, en su último libro publicado en español titulado ¿De qué hablo cuando hablo de correr? (tuvo que pedirle permiso a la mujer de Raymond Carver para evitarse problemas de copyright), se pone en la fila de una larga tradición, todos pisándose los talones pero con un solo mantra metido entre ceja y ceja: mientras que el cuentista es un corredor de distancias cortas el novelista debe ser un corredor de fondo (queda claro que el escritor de novelas cortas -o cuentos largos- es un corredor de medio fondo; el poeta, relegado a los epinicios, no compite pero sí puede celebrar la victoria de todo tipo de atletas, primer antecedente de las cheerleaders).

A partir del primer chasqui griego que, allá por el año 490 a.C., corrió de Maratón a Atenas llevando la buena nueva referida a la victoria de los griegos sobre los persas, es que esa larga prueba de resistencia dio en llamarse “maratón”, en honor a la histórica ciudad. Aquel soldado griego tuvo que correr menos de cuarenta kilómetros, la distancia oficial ahora para una maratón, establecida a partir de los Juegos Olímpicos de Londres (1908), es de 42,195 kilómetros. Años después Haruki Murakami decidiría, como condición previa a la de novelista, convertirse en concienzudo maratonista. Cerró el bar (administraba un local donde se tocaba jazz), dejó de fumar y se concentró en correr cada día una distancia siempre más larga, hasta llegar y superar aquella impuesta oficialmente en Londres. Pensó Murakami que si lograba convertirse en maratonista profesional luego sería capaz de realizar cualquier cosa que se propusiera (incluido escribir largas novelas), finalmente admite que tanto como aquella omnipotencia no pero sí acertó en lo de escribir largas novelas. Es innegable que para llevar una novela a buen término se precisa de un estado físico poco menos que óptimo, no es suficiente los chispazos de genialidad capaces de salvar del olvido a un cuentista o a un poeta: se precisa de mucha resistencia, en algunos casos años de entrega absoluta. Hay que decir que el citado paralelo entre “novelista” y “corredor de fondo” ya había sido propuesto antes por infinidad de autores, pero ninguno como Murakami empecinado en llevarlo a la práctica.

¿De qué habla Murakami cuando habla de correr? Más bien de qué no habla. Habla, por ejemplo, de música. Recomienda poner en los audífonos (mientras uno va corriendo) algo de Lovin’ Spoonful, una banda pop de los sesenta. Habla de la vejez que se va colando entre las articulaciones y los huesos, habla de su primer matrimonio y también del segundo, habla de la perseverancia y del dominio sobre uno mismo (el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional), habla de “la tristeza del corredor” relacionada al sentimiento de soledad y absurdo pero sobre todo, habla de escribir, y también de literatura. Pese a ser su libro más personal -léase autobiográfico- comparado con el resto de su obra es lo menos Murakami que existe.(Daniel Martínez)

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