Soy ateo, gracias a Dios

Confesión de parte Luis Maldonado Valz

Uno de mis amigos marxistas de la generación del 60 decía: «No creo en Dios, pero por si acaso me persigno». Yo lo comprendía perfectamente, pues como muchos, había pasado por una (de) formación religiosa en un colegio de curas, donde se nos inculcó el «temor de Dios», es decir la imagen de un inquisidor, inmisericorde, dispuesto a condenarnos  a chicharrón en las hogueras del infierno por cualquier pecadillo mortal, principalmente aquellos que ofendían la «moral cristiana», que se entendía, ceder a las tentaciones de la carne. Los retiros espirituales eran ejercicios sadomasoquistas, donde los predicadores nos describían las torturas, los sufrimientos, las escenas dantescas, en las siete cámaras de Satanás; sólo faltaba que nos flagelásemos para conseguir, al menos, ir al Purgatorio.

Cuando nos explicaban la pasión de Cristo, terminábamos acongojados, con un terrible sentimiento de culpa, por ser causantes del sacrificio de Jesús. Los padres nos decían: «Por tus pecados, Jesús padeció en la cruz». Los peores seguidores de Torquemada eran los frailes españoles, franquistas; pregonaban contra los masones, los describían como enemigos de la iglesia católica, apostólica y romana; profanadores del crucifijo, sobre el que escupían; oficiantes de ritos macabros, es decir, unos brujos. Fue ahí que comencé a dudar, pues mi padre era masón, y era una persona bondadosa, tolerante y justa.

Arequipa entonces era una ciudad muy pacata, aburrida, y cucufata. Los parroquianos cumplidores de los mandamientos, la llamaban vanidosamente: «La Roma de América». El diario de las «buenas familias» era «El Deber», un periódico del Arzobispado, extremadamente conservador y reaccionario; dedicado casi exclusivamente a publicar los oficios, novenas, misas, santorales, cofradías, matrimonios, bautizos y obituarios. Salir del colegio y de esta ciudad rigurosamente religiosa, y llegar a Río de Janeiro en carnavales, cumpliendo los 17 (como en la voz nostálgica de Violeta Parra), fue para mí el Descubrimiento, la Revelación. Disfruté del requiebre de las mulatas, muy ligeras de ropa, al ritmo de las batucadas de las escuelas de samba; ensayé mis primeros pasos de baile siguiendo los bloques carnavalescos.

Eso era vida. Carnaval viene de carnal, del placer de los cuerpos y de los sentidos. Entre Tánatos y Eros, opté por Eros. Ese fue el inicio de mi ateísmo; primero lo sentí en la piel, después lo racionalicé. No puedo negar que pasé por un conflicto existencial, al dejar atrás mis credos. En realidad esa es la cuestión, se cree o no se cree. Es un asunto de fe. No hay explicación científica de la existencia de Dios, tal como lo establece la apologética cristiana. Me dedique a leer filosofía, los positivistas, los racionalistas, los materialistas, y muchas teorías que trataban también los temas sociales y políticos.  Al final, dejé de creer en la doctrina católica, tal como me la habían enseñado, y es cuando sentí un alivio enorme. Me había quitado el peso de mi cruz y amé la vida. Podría decir que mi Dios es la Vida.

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