Los ritos impuestos

Cuando ya no importe Avatar

Estamos acostumbrados a la monotonía de ciertos ritos impuestos. San Valentín lejos de ser un día para explorar la exclusividad del amor o la amistad, es más bien una manera más de ser parecidos al resto. Los chocolates, los corazones, los peluches son una aproximación a lo que significa ser parte de un mundo que nos produce en serie.

La originalidad ha sido mermada por la sola noción de asumir la ritualidad de lo que ni siquiera nos pertenece. Estamos tan lejos de lo que pensamos festejar; ¿lo extraordinario del amor o de la amistad no es acaso la huella en la arena que transforma nuestros paradigmas hasta la aproximación del descubrimiento de que existe alguien más, de que nuestra soledad ha sido irrumpida por otro, y que lejos de sentir felicidad lo primero que se experimenta es el miedo profundo de quién  ha perdido la memoria de sí mismo?

Cualquiera que comparte una vivencia tan aterradoramente hermosa como el amor o la amistad, no puede dejar de asumir la particularidad que le es conferida por ese otro sin el cual nuestra existencia sería un grito en el vacío absoluto del porvenir. Entonces ¿por qué no ser capaces de materializar la experiencia y alejarnos de todo aquello que nos hace perder la individualización que nos ha sido arrebatada por una sociedad consumista donde hemos abandonado la singularidad que nos es propia como humanos y que como tal debemos defender y  practicar?

Luis Hernández escribió: “Yo tengo el temor de haberte visto/Amor. Y contigo la azul/Melodía silenciosa”. Las certidumbres no se pueden nombrar, se encuentran  en la ausencia de ciertas palabras que aún no hemos inventado. Las señales no patean nuestras puertas, solo irrumpen en la cotidianidad como un buen verso que a veces no nos atrevemos a descubrir.

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