Parecía Arequipeño

Sobre el volcán

Hace poco me enteré de la muerte de Javier Mariátegui Chiappe, hijo de José Carlos, El Amauta, y de Anita Chiappe (“la conocí en una tarde renacentista..”). Javier se fue como vivió, con una sobriedad y una elegancia casi ascética. Pero a decir verdad, aunque la búsqueda sea común a padre e hijo, y aunque Javier heredó las notas esenciales del alma de José Carlos, en el resto no se parecía mucho a él, por lo menos en apariencia y tal vez sí a su madre Anita. Era más bien seco de trato y poco expresivo y efusivo, pero, como ya dije, solamente en apariencia, porque en el fondo podemos encontrar la misma limpieza y la misma pasión para vivir por algo más que el lujo, el poder o el bienestar material y social: un ideal, un principio, un valor, un mito (para José Carlos, explícitamente, el más grande ideal fue siempre tener un gran ideal).

Javier Mariátegui entregó su vida al desarrollo de la psiquiatría en el Perú. Pero como concebía a esta disciplina mucho más allá de la especialidad, desde sus múltiples aspectos, termina desembocando necesariamente en el problema mucho más amplio de la Salud Mental, vinculándola a todo lo que la explicaba y enriquecía. Como aclara Carlos Alberto Seguín, en el libro de homenaje a Mariátegui Chiappe, (publicado por la UPCH) hay una fuerte diferencia entre estos dos conceptos: “La siquiatría se dedica al estudio de las enfermedades mentales…una especialidad médica…La Salud Mental se refiere al conocimiento y la experiencia de mantener el equilibrio intelectual y emocional del ser humano en todos los momentos de su vida. Se trata ,pues, de una preocupación que tiene que ver no solamente con la Psiquiatría y la medicina propiamente dichas , sino que extiende su labor a la Sociología, la Antropología, la Psicología, la Historia, la Filosofía y, en general, a todos los aspectos que pueden influir en el equilibrio de la personalidad”. Desde la dirección del Instituto Nacional de Salud Mental “Honorio Delgado-Hideyo Noguchi”, o como director de la Revista de Neuro-Psiquiatría, Javier Mariátegui realizó un trabajo interdisciplinario precursor, en el espíritu de su célebre padre y maestro, que jamás rindió pleitesía a los cotos cerrados de las especialidades o los géneros, escindidos por la alienante división del trabajo de signo capitalista. Era también un ”huomo universale”.

Amaba Arequipa y la visitaba anónima y muy discretamente, tanto como amaba dos expresiones esenciales de esta región: la obra de Honorio Delgado, de quien fue discípulo dilecto y heredero de su cátedra en la Universidad Cayetano Heredia, y el agua y la salud de Yura, que no dejaba de aprovechar, gozar y alabar en sus visitas mistianas, hasta que los años y la salud se lo permitieron. Por eso y por varias otras razones más, me da la impresión que José Carlos y Javier, a pesar de sus diferencias de temperamento y fisonomía, vivieron conforme a una ética que me atrevería a llamar espinozista, es decir, una ética que es esencialmente forma de vida, una vida dedicada a la salud, en el más humanista y renacentista sentido de la palabra, es decir en el sentido más amplio: Salud Mental como Gran salud. En una palabra, eso que desde los romanos hasta Nietzsche se llama potentia.

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