Tombos, ayayeros y cevicheros

Amor al chancho

Decía Bryce que: “la vida es una historia pésimamente mal contada por un imbécil de mierda” (El huerto de mi amada), y en efecto alguien nos debe estar contando con poca gratitud la historia. Pésimamente mal, como si mereciéramos la empachosa e insufrible actuación de unos cuantos personajes de los que se podría, cómo no, prescindir, incluso bajo políticas de integración y todo, incluso.

La historia está tan mal contada que algunos gozan de una aterradora autonomía, y lo peor de todo es que nadie tiene la capacidad de hacer cambios en el guión. Se han vuelto más huachafos, vomitivos e insufribles.

Coja un puñado de cancha y sumérjase en el asiento, no olvide meter la cabeza entre los hombros, es bueno para los sobre saltos.

1) –Que se recupere presidente, vaya con Dios presidente, estoy con usted presidente, como en campaña claro, como siempre en realidad, presidente, sonría para las cámaras presidente, ese mi presidente, qué gran humor, y qué fortaleza aunque debe dolerle mucho el cuerpecito se nota que se aguanta como un macho, qué grande es mi presidente y qué grande es la camilla también-… El ayayero es un soldado entrenado moralmente para soportar un pellizcón en las tetillas antes de traicionar a su presidente, claro, siempre y cuando éste se regodee en el poder, así son los contratos de esta calaña. El ayayero pertenece al ala más radical del partido, su labia afranelada no podría ser para otro, mucho menos su aparente amor. Así son los bisnes en esta vena, sobre todo ahora que los partidos son menos representativos que un pan con mantequilla.

Aquella fatídica tarde de hace unos días, los ayayeros tenían la cara como si los zapatos apretaran, como si antes de coger el sueño alguien los hubiese importunado con una llamada. En las puertas de Emergencia del Hospital unos decían gajes del oficio, otros, ojalá no llueva. Cuando el presidente salió en camilla, en una parte de la camilla en realidad, arropado por una sábana que tenía la misma textura de un pañal, los ayayeros, esos ayayeros, pusieron la cara como si alguien les hubiera chupado el tuétano, formaron una fría cueva con la boca y exhalaron – oh, presidente-, cuánto dolor. Sin embargo el presidente expresaba mucha esperanza en sus ojos de bolita mágica… –Que se recupere presidente, vaya con Dios presidente, estoy con usted presidente, como en campaña claro…-

2)-¿A dónde va jefe?-, si yo fuera policía haría lo mismo pero aplicando la fórmula que anula el roche y aplica el caleteo para que el producto final sea la piola bien pasada y así la mala reputación no ponga en estado de emergencia a la institución.

La semana pasada en el paradero de San Lázaro, el más bravo de todos, la meca del caos, del codazo en el pómulo y el puntazo en la canilla, un policía se lanzó sobre un grupo de personas que tomó por asalto un colectivo. ¿papeletazo en una?, ¿sanción ejemplar?, ¿varazo en la mocha por propiciar el caos? O simple regaño y –para la próxima te meto a la bodega-, ni una ni otra.

El efectivo PNP se colgó de la puerta como uno más de la tribu y se zampó de cabeza con todo y vara en el asiento delantero, podría decir que sacó el arma y disparó al cuerpo como “Machito” Gómez, pero eso sería exagerar un poco. Digamos que la postal del policía a la cabeza de un asalto a un colectivo es el reflejo de la orfandad institucional que vuelve inoperante el trabajo de combatir la inseguridad ciudadana. ¿En esa situación qué hubiera respondido el colectivero si finalmente otro policía lo hubiese detenido?, fácil, -es que jefe acá su colega me dijo ¡para o te meto vara! y yo paré pes!

3)-aló, sí, estoy comiendo, después te paso la nota-, Según Oscar Wilde se puede soportar una mala conciencia pero no una mala reputación.  El periodista cevichero está hecho a prueba de lo segundo, –cevicheo, luego informo– es su máxima en conferencias, presentaciones, inauguraciones y demás. No importa quién diga qué, si hay jama, ahí está, su amor por el trabajo le queda chico. Es un Guinness del cóctel de fresa con colitas de camarón, pepitán con pollo,  y chela helada, conoce los tipos de brocheta mejor que a sus compañeros, come, bebe, hace espacio, eructa quedito para no hacerse de una imagen grotesca, es que un periodista no puede ser cochino, pero sí cevichero. Vuelve por un alfajor, destapa otra gaseosa, chapa un muslito, ora un pan con jamón, ora una alita. Qué rico es ser cevichero si se informa a la ciudadanía. Finalmente agarra el celular, le estampa grasa de cerdo a los botones, y contesta –aló, sí, estoy comiendo, después te paso la nota

¿O es que alguien nos está contando magistralmente una pésima historia?,

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