Depósito municipal

El regreso

Rebuscando datos perdidos en la historia, me encontré con uno sumamente interesante, el Museo Histórico Municipal de Arequipa “Guillermo Zegarra Meneses”, fue creado en 1898; lo que lo convierte en el museo más antiguo del Perú. En aquellos tiempos, el museo funcionaba en los altos de lo que hoy es la Biblioteca Municipal (o remedo de biblioteca que es y de la que nos ocuparemos en otro momento) pero es sesenta años después que recién se inaugura oficialmente siendo alcalde de la ciudad don Eduardo Gutiérrez Ballón.

Diecinueve años más tarde, el museo es trasladado a su actual local de El Fundo El Fierro, en la apacible plazoleta de San Francisco e imagino que fue instalado como un verdadero museo donde se exhibirían las reliquias y piezas museables donadas por las familias arequipeñas de aquellos tiempos. Por los años 80, el museo aún despertaba la curiosidad de los visitantes y los colegios tenían visitas de rigor para conocer algo de nuestra historia y de nuestro arte.

En mis épocas de estudiante frustrado de arte, recuerdo haber visto con una comprensible cara de asombro, aquella mujer desnuda de pelo rubio que parecía real, hecha por el genial Alberto Vargas, el dibujante de las pin ups en los Estados Unidos y que fuera donada por este artista olvidado, en 1958, cuando visitó su Arequipa querida por última vez. Lo recuerdo claramente, el cuadro estaba colgado sobre el dintel del portal de la derecha que conducía a una de las salas más pequeñas de ese museo.

Algunos años después, el valioso cuadro desapareció misteriosamente del local, se lo robaron y nunca más se supo sobre su paradero. Hoy, una obra original de Vargas puede llegar a costar 500 mil dólares. Como ese cuadro, muchos otros se perdieron sin que nadie haya hecho nada por recuperarlos, por una sencilla razón: a nadie le importa ese museo, es la última rueda del coche, y es una especie de Siberia a donde son enviados los trabajadores municipales que se portaron mal o que no mostraron las habilidades suficientes para desempeñar otra labor dentro de la frondosa burocracia municipal.

Ciento catorce años después de su creación, visito el museo municipal en busca de acuarelas para un proyecto frustrado, y al llegar encuentro a un par de trabajadores que leen periódico y apenas me ven, me dicen que el ingreso cuesta 5 soles. Pago y me alcanzan una fotocopia inleíble de lo que parece ser una referencia sobre la colección de huacos de la cultura Chiribaya.

Entro a la primera sala y me encuentro con un lugar atiborrado de cuadros colgados sin orden alguno, con los vidrios sucios, los letreritos hechos en papel y pegados con cinta Scotch. En una esquina una docena de óleos están arrimados contra la pared. Más allá está el espacio dedicado al extraordinario pintor arequipeño, Jorge Vinatea Reinoso, y sus obras están colgadas a unos centímetros del piso, sin ningún tipo de seguridad y donde se confunde un óleo con una acuarela, en un infame letrerito de papel puesto por algún ignorante encargado de pegarlos en los marcos de las obras.

La famosa pinacoteca es un verdadero desastre, una mazamorra de objetos que no responden al más mínimo concepto de exhibición en un museo. Siento vergüenza ajena ver aquellas valiosas obras tratadas como si fueran simples lienzos sin ningún tipo de valor. Me retiro indignado. Intento hablar con él o la encargada, y nadie me sabe dar razón de su existencia. Me voy pensando si nuestra historia y nuestros artistas merecen ese trato, cuyo legado ha sido almacenado en esta especie de depósito municipal que tiene como letrero en su pórtico: “Museo Histórico Municipal de Arequipa”.

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