El monstruo enterrador

La Revista

Su mano irrumpió por una pequeña ventana que da al baño. José Ccoa está convencido de que su hija ha sido secuestrada y que en ese mismo instante respira, está asustada y probablemente herida. La oscuridad le obliga a alumbrar la habitación con la tenue luz azul del celular; y pensar que minutos antes de llegar a este lugar intentó comunicarse con ella sin recibir respuesta.

La débil luz de la pantalla sólo le permite divisar unas losetas sobre el piso. Aparentemente el lugar está vacío, pero es una posibilidad que José no se permite aceptar, por el contrario sus sospechas se acrecientan y parecen acentuarse conforme la noche avanza . -Debe estar amordazada- piensa; eso es, ella no podría estar en otra parte que no sea ese tenebroso canchón de la urbanización Dolores E-28. José está convencido, pero también nervioso y exaltado, tanto, que por momentos siente que los latidos del corazón de Maricel atraviesan las paredes, y escapan a la calle como una melodía cadenciosa, similar al sonido grave e indeleble del fagot, instrumento que ella había preferido entre varios y lo convirtió en su predilecto.

-Sé que estás ahí, dime algo- intenta José, aún con la esperanza adherida a su voz, pero su primogénita Maricel no responde.  -Si estás amarrada da un golpe hijita para poder escucharte-…

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