HARPÓCRATES (mi realidad iconoclasta)

Cuando ya no importe

 

Me gustaría hablar del silencio. Del silencio de unas páginas que se construyen como una continuidad absoluta de lo que no fue dicho. Hace unos años descubrí a la Duras, sí a Marguerite Duras y alguien me dijo que lo brillante de su literatura no estaba en sus palabras sino en los espacios entre sí, en los silencios, asomarse al Square o a Hiroshima mon amour, es un acto de amor para con el silencio, es un reconocimiento.

Hace poco se ha estrenado la película El Artista, donde se relata la tribulación de un actor porque nadie quiere escuchar su voz, la entrada del cine hablado que aplasta al cine mudo, las posibilidades de comunicación. La escena más notable del film es un sueño donde todos los objetos empiezan a tener sonido, pero él no puede hablar. El silencio se hace presente también como algo aterrador, todos hemos tenido el sueño recurrente donde uno trata de gritar y la voz se esconde. Pero si nos obsesionamos con ese sueño entendemos que el grito igualmente sólo tendría sentido en un espacio callado. Un grito emitido en un lugar repleto de ruido, no logra el contraste que necesita para ser esencialmente.

Vivimos épocas de ruido, estamos acostumbrados a estar constantemente bombardeados de sonido, el silencio es a veces tan difícil de encontrar que se ha convertido casi en un desacato social. No es que no podamos gritar, es que no tenemos posibilidad de ser escuchados. Es como la historia desgarradora de las luciérnagas, las cuales emiten luz para encontrar a su compañera de vida, ahora gracias a las luces de neón se están extinguiendo. Hemos abandonado tantas cosas en el pasado… aunque el silencio sea como la sombra que nunca podrá desaparecer del todo mientras que exista la luz, el objeto y el espectador, estamos perdiendo la conciencia de su poder.

En el siglo XVII Sor Juana entendió el silencio como un arma aún más poderosa que la palabra, la excedía en su posibilidad de desmaterialización del sonido. Hace tantos años alguien pensó el silencio, al dios Harpócrates que  asoma un dedo a sus labios y que es una imagen del sol naciente hermosa manera de concebir la posibilidad, como algo tan poderoso que iba a tratar de ser destrozado, el silencio creador de una hegemonía aterradora que desautoriza el poder;  el silencio tan identitario como el universo, o el aleph.

El silencio es una constante en la historia del hombre, las creaciones más hermosas requieren de silencio, los actos más sublimes imponen silencio actos como el del amor que nos imprime los labios en una resemantización de sus posibilidades, los descubrimientos monumentales también exigen silencio, el silencio de quien descubre la huella del otro sobre la arena.

El silencio es la posibilidad de todas las palabras, la música, el sonido, el hombre en su presencia modificadora de mundos, la naturaleza indomable de lo imperceptible.

En mi realidad iconoclasta me abandono al sol naciente.

Una respuesta a “HARPÓCRATES (mi realidad iconoclasta)”

  1. N dice:

    y bajo la rosa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE