LO FABULOSO DEL TODAVÍA

Cuando ya no importe

En 1922 aparecen tres libros que modifican la noción de lo que se conocía como literatura La tierra baldía T. S. Eliot, el Ulises James Joyce, Trilce César Vallejo y uno se pregunta si a veces existe una conspiración en el tiempo que hace que tres obras monumentales coincidan o esas tres obras son el resultado de una época que las concibe y las hace brillantes. Las repuestas solo tienen relevancia si destrozan a las preguntas –como alguna vez lo dijo Susan Sontag—y parece que aún no estamos listos para una respuesta.

Sin embargo, no podemos pasar por alto que los paradigmas no son modificados por la irrupción de un individuo, sino por la semiótica colectiva de un conjunto de pensadores que como Wittgenstein propone, exploran más allá de los límites. Si damos vueltas en círculos alrededor de estas tres obras una imagen se nos estampa en la retina: el límite fue concebido para dejarse atrás. La palabra irrumpe en toda su forma para desestructurar lo que entendíamos como sentido, el otro es uno mismo y yo a la vez es otro, el intrincado escenario nos incluye entre sus actores y presenciamos una puesta en escena que hace de la realidad una anécdota.

La palabra ha dejado de ser una sobreviviente para encabezar del discurso. La palabra es inmortal y excede su condición materializable, porque es una totalidad que es siempre su fragmento; lo que nos devuelve a la noción del tiempo como algo que ocurre incesantemente en un mismo momento y que sin embargo es necesario cuantificar para entender. Si pensáramos que el pasado, presente y futuro suceden a la vez y van funcionando como especies de engranajes que se impulsan entre sí, ¿no sería aterrador constatar que todos los instantes son el mismo, que la eternidad se hace infinita en su potencial irracional y ahistórico? La palabra es como el tiempo, necesita de símbolos para no aplastarnos,  sin embargo hay instantes donde los descubrimientos suceden en paralelo, donde la constatación de que la totalidad existe se da o bien destruyéndola, o haciéndola suceder, o creando el diálogo con sus fragmentos.

Los grandes sucesos ocurren cuando lo que estábamos acostumbrados a ver toda la vida adquiere un matiz distinto y se engendra como nuevo, nuestra capacidad de sorprendernos, de ejercer lo fabuloso perdura. Necesitamos la duda, el error, el desconcierto y el miedo para ver las cosas con la magia de la primera vez, como cuando en Macondo las cosas eran tan nuevas que había que señalarlas con el dedo. Si la literatura es brillante es porque no se agota con sus nombres, sus efectos son nuevas posibilidades de verdad y de palabra.

Si hemos de sobrevivir a la futilidad de lo concreto será a través de lo que todavía no se ha dicho, es decir de la palabra que esta por suceder, lo fabuloso del todavía.

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