Narciso en nuestro tiempo

Cuando ya no importe

 

En este instante, donde ocurrimos, nos estamos mirando en el tiempo de la época, en el espejo de la globalización.

La globalización nos ofrece las puertas de entrada a un mundo que  ha perdido toda realidad para convertirse en la simbiosis de nuestros más recónditos deseos; nos hemos transformado en el mito de nosotros mismos donde todas las contradicciones del  hombre son posibles; pues la humanidad consiste en una permanente deshumanización del ser por el objeto. Sin poder acceder de forma personal al  mundo somos procesos híbridos de una aldea global que nos consume y nos hace consumidores.

Nosotros hemos escogido el camino de la globalización, arrastrándonos por todas las efigies hermosas de un producto que si bien hubiese podido llevarnos al límite de nuestras capacidades, convirtiéndonos en una comunidad, reconstruyendo la imagen del individuo; es una manera más de adherirse al consumo hedonista de placeres anónimos, nunca antes descubiertos. Somos los narcisos de un cuadro inexistente, hemos confundido la realidad por la imagen ilusoria de un mundo que nos extravía en sus desiertos. Ahora toda nuestra vida es una ecuación negativa (el deseo); estamos siempre expuestos a la carencia, a la ausencia del otro y también de uno mismo.

Hoy,  sólo se  puede hablar de un pseudoindividuo o quizás cyberindividuo, como creación de los medios de un consumidor promedio, cuya mayor aspiración ha sido sustituida por su afán consumista de conseguir una “felicidad” que no comprende, somos las identidades múltiples de la ausencia de identidad. Hemos olvidado lo que estábamos buscando.

Somos  narcisos de nuestro tiempo, pues hemos perdido la capacidad de acercarnos al otro, ya no nos reconocemos en él, sino en la imagen distorsionada de nosotros mismos. La globalización es el agua cristalina del remanso en el que miramos nuestro reflejo, si tan sólo dejásemos de centrarnos en nosotros mismos y miráramos el mundo, podríamos encontrar belleza y hacerla propia.

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