Vida, pasión y muerte del carnaval

La Revista

Todo tiene su final, decía Lavoe mentando al amor, aunque nunca sepultó el carnaval que llevaba por dentro, y por fuera. Sin embargo, hay quienes consideran que no hay final más doloroso que el de la fiesta más tradicional y dispendiosa, donde expresar las querencias depende de cuán pródigo sea el baldazo de agua, o cuán copiosa la aplicación del polvo perfumado, o rotundo el matacholazo.

En una de las esquinas de la plaza principal de la Punta de Bombón se levanta un estrado que para el ojo poco entrenado no presagiaría mayor espectáculo al de un pequeño pasacalle tradicional. Es la noche previa al domingo de carnavales, es decir, la primera fecha de la festividad, mejor dicho, el momento de matar la expectativa sostenida durante 365 días averiguando de qué se disfrazarán esta vez los alumnos de la vieja escuela punteña: Carlitos Rivera, Elena Torres y Doña Udamar Álvarez.

Teniendo en cuenta que una vez ya lo hicieron de la familia Ingalls, y fue un éxito memorable, este verano, con más temperatura, el impacto podría ser tan estremecedor  como el estreno del primer capítulo de una temporada más de “Al fondo hay sitio” o la entrega del Oscar. Si no me cree, juzgue usted mismo….

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