CAOS

La columna

Aparentemente terminada la temporada de lluvias, casi la totalidad de alcaldes y sus respectivos municipios se han echado a hacer “obras”. La mayoría refaccionando pistas, reasfaltando o maquillando vías, con el objeto de cambiar la impresión de desastre reciente que dan las calles de la ciudad al visitante y las molestias cotidianas a las que ya casi se ha acostumbrado el residente.

Como resultado natural tenemos una Arequipa más caotizada que nunca. Casi no hay vía importante que no esté siendo “intervenida”, la señalización es inexistente, la actitud cívica de los conductores obviamente es nula y la policía de tránsito no se da abasto o –más frecuente- no sabe qué hacer y su presencia, en ocasiones, resulta contraproducente.

Como resultado, igualmente, la gente anda justificadamente de mal humor; pero más allá de las repercusiones económicas de este estado de ánimo (hay estudios muy avanzados al respecto en el mundo desarrollado), existe una pérdida medible de horas hombres, de combustible, de negocios impedidos de operar libremente y de gestiones truncas cuya valorización económica podría neutralizar el crecimiento que la ciudad ha venido experimentando los últimos años.

Para colmo, las celebraciones y ceremonias por la Semana Santa, provocan el cierre de las calles céntricas por horas, sin que nadie se atre a a cuestionar este uso (dado el supuesto espíritu católico mayoritario) agravando la cosa hasta llegar a situaciones límite que las autoridades –por supuesto- no se darán el trabajo de evaluar.

En resumen, si Arequipa y los arequipeños quieren seguir exhibiendo su orgullo por haber alcanzado la categoría de urbe, tendremos que comenzar a comportarnos como habitantes de tales ámbitos. Y exigir a las autoridades un poco de planificación, consideración e inteligencia a la hora de emprender sus obras.Pero, sobretodo, deberemos dejar atrás el provincianismo que implica no haber interiorizado un conjunto mínimo de normas de respeto a la viabilidad y a los demás, para no agravar el caos.

Por último, a riesgo de ser lapidada por mi falta de espíritu católico, respetable en quienes lo cultivan, sugiero no involucrar a la ciudad entera, su economía, su viabilidad, su libertad de circulación y de pensamiento, en los rituales católicos que, siendo masivos, no abarcan la totalidad de opciones. En otras palabras: encuentren la forma de creer sin perjudicar a la mayoría cerrando calles importantes en horas pico y provocando pérdidas de todo tipo a la generalidad.

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