CARÁCTER Y PASIÓN

Sobre el volcán


José Luis Bustamante y Rivero es conocido como eminente jurista y hombre de Estado. Ello es indesligable de una postura ética, de una conducta y de algunos gestos que nos pintan más concretamente al hombre de carne y hueso. Conocerlos es hoy más indispensable que nunca. Y el doctor Humberto Núñez Borja —otro jurista y maestro arequipeño de la misma estirpe— nos permite conocer uno de esos gestos. El fue el encargado de pronunciar el discurso de orden con motivo de la elección presidencial de Bustamante y Rivero en 1945, de quien fue Secretario.

En condensadas y sustanciosas líneas, describe esa fusión de ética y política que encarnaba muy bien Bustamante y que, según creo, es característica de lo que podría denominarse, sin forzar mucho, “aristocratismo democrático”. Si aristocracia es, políticamente, “gobierno de los virtuosos”. Bustamante y Rivero representa un momento excepcional en nuestra vida política. Uno de esos momentos muy raros, donde —como querían Unamuno y Mariátegui— “la política se eleva a religión”. Bustamante es un ejemplo perfectamente idóneo para entender esta idea.

Aquí tomamos un extracto del discurso del doctor Humberto Núñez Borja, que nos parece muy esclarecedor: “…Se ha esparcido el rumor, aún entre partidarios suyos, de su falta de carácter, los que hemos trabajado con él, estamos en aptitud de afirmar lo contrario. Lo que pasa es que confunden terquedad o apasionamiento con carácter. En la etología, carácter es cosa muy distinta. No tiene carácter dentro de tal aspecto, por ejemplo, el que se deja llevar por sus pasiones o el que se deja conducir por otros. Lo tiene el que actúa decididamente por convencimiento pleno y maduro, con firmeza. Pero sin intransigencias que generalmente son producto de la egolatría o de la ley de la economía del esfuerzo…A través del Memorándum de la Paz y de su programa, el doctor Bustamante y Rivero exige moralidad y responsabilidad, normas de conducta que él ha practicado en toda su vida y en sus actos públicos y privados. Tiene, pues, legitimo derecho a plantear perentoriamente a los funcionarios públicos y ciudadanos, la realización de esas normas. Sus palabras están respaldadas por sus hechos. Así, cuando fue Ministro de Justicia de la Junta de Gobierno del comandante Sánchez Cerro, llevó su pulcritud y corrección a tal punto que rindió cuenta documentada de la partida de gastos de representación; y como le quedara un saldo a favor del Fisco, lo reintegró y lo abonó”. ¿Por eso le decían “cojurídico” tal vez?

Otro rasgo de ese aristocratismo democrático es el que Mariátegui (compañero generacional de Bustamante) traduce en su visión respecto al rol que atribuía a las élites en las comunidades humanas: “la historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza superhumana; los demás hombres son el coro anónimo del drama”. Reivindicando la etimología del galicismo, Mariátegui nos recuerda que élite quiere decir “electa”, elegida (aunque en realidad se trate de una auto elección).

Sin embargo, hay que evitar los mal entendidos: el aristocratismo de Mariátegui, que encarnó tan bien como el de Bustamante, poco tenía que ver con el almanaque de Gotha o con los viejos privilegios patrimoniales o de sangre, aunque no los excluía. No se forma parte de la élite sólo por contingentes razones de herencia, sino porque, independientemente de estas condiciones, alguien alcanza la excelencia en una actividad humana cualquiera.

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