De bibliópolis a webópolis

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Entre bibliófilos y webófilos?

Una célebre frase del maestro Jorge Luis Borges decía: “La Universidad debiera insistirnos en lo antiguo y en lo ajeno. Si insiste en lo propio y lo contemporáneo, la Universidad es inútil, porque está ampliando una función que ya cumple la prensa”. Con ello, el maestro advertía de la imperiosa necesidad de fomentar, en la universidad, el esmero por investigar la historia y el pasado de nuestras culturas, así como todo aquello impregnado por el interés público y lo común –sin renunciar a la investigación prospectiva-; frente a un grueso de prensa sensacionalista que sólo se ocupa de lo efímero y de lo banal, por no decir del fútbol y de la farándula. Curiosamente, me encuentro entre ambos mundos y puedo ver estas dos dimensiones desde un angulo casi privilegiado. Sin embargo, creo necesario discutir y compartir con ustedes algunas paradojas, retos y esperanzas que subyacen en el quehacer de la universidad y su siempre compleja, pero muy importante, relación con la sociedad.

 

En primer lugar, no podemos estar ajenos a la crisis económica global que viene afectando a la gran mayoría de sistemas de educación superior, tanto en países desarrollados como en países emergentes. Algunas universidades han reaccionado vigorosamente y han incorporado nuevas unidades para medir el éxito académico, casi todas basadas en la producción científica. Echando un vistazo al cuadro mundial de producción científica de los últimos 40 años, decepciona que Iberoamérica apenas haya contribuido con un 4%, demostrando un preocupante descuido en las políticas de promoción e incentivo académico a la productividad del conocimiento científico, a pesar de la facilidad de acceso a la información que hoy se dispone, gracias a Internet y otros medios virtuales. Ni que decir de las patentes de invención, donde Iberoamérica apenas contribuye con un minúsculo 0.32%, surgiendo aquí una clara y preocupante contradicción entre ese inconmensurable volumen de información, que hoy manejamos fácilmente con la punta de los dedos, frente a la pobre producción científica de nuestro sistema universitario. Posibles causas de semejante contradicción han sido tradicionalmente atribuidas a las agudas diferencias sociales y los bajos índices de desarrollo humano. Pero entonces, cómo explicar, al margen de la pobreza y la desigualdad en los países más pobres del planeta, que un país como el nuestro aún se mantenga en la saga de la producción científica (compitiendo con la magra producción cientifica de una pequeña y bella isla caribeña, famosa por su ron y sus rastafarris) en medio de un sorprendente crecimiento económico? Porqué los jóvenes de hoy prefieren una revista -con muchas fotos y pocas letras- frente a un “aburrido” texto con poco o nada de gráficos?  Dejar nuestra edición impresa semanal ha sido parte de esta corriente? Parece que si. Entonces, estarán las bibliotecas condenadas a una súbita extinción en masa? Acudiremos a devorar –con los ojos- la noble donación del Nóbel o preferiremos hacerlo desde la web? Porqué cuando comparo la producción intelectual de un estudiante de quinto año de cualquier carrera de hace 20 o 40 años atrás (sin Internet ni PC, ni Ipad) con su pares contemporáneos, la diferencia es aterradoramente abismal a favor de los primeros?

 

Espero que el ejemplo siguiente ayude a explicar esta paradójica situación. Beber agua de un vaso de sorbo en sorbo no hace daño ni mata, pero si en vez de un sorbo intentamos tomar un excesivo volúmen de una sola vez, lo más probable es terminar ahogado. Y eso es precisamente lo que estaría ocurriendo con la gran cantidad (y poca calidad) de información y datos que nos regala la tecnología de las comunicaciones virtuales del siglo XXI y que, prácticamente, estaría “ahogando” a la sociedad, y especialmente a los jóvenes, debido a un exceso de información que resulta muy difícil de manejar, procesar y digerir.

 

Hoy casi no se puede vivir sin Internet, sin embargo, el 70% de sus usuarios lo usan sólo para chatear, es decir, para aquello que Borges nos advirtió como banal y fútil.  Es por ello, tal vez, que también el hábito de la lectura -con un buen libro en la mano- sea, cada vez más, un hábito en vías de extinción y que la universidad, como último bastión de la cultura, debiera luchar por resembrar el gusto y la necesidad por la buena lectura entre todos los que conformamos la sociedad del conocimiento. Para empezar, los bibliotecarios tienen que ser mucho mas amables y las bibliotecas deben ser repensadas, rediseñadas y reestructuradas para no dejar que webopolis borre de un ALT-DEL lo que bibliopolis ha aportado -de puño y letra-, a la civilización.

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