El circo

El Espantacuervos Jorge Alvarez Rivera


Sabe que podría morir pero la certeza de haber ganado antes le inspira confianza. Hasta arrogancia. No será una competencia cualquiera. Esa tarde le tocará enfrentar, entre otros, al que fuera su mejor amigo, quien incluso le salvó la vida cuando era tan solo un mocoso imberbe corriendo por Judea. Hoy es todo un tribuno y su ex amigo viene buscando venganza.
En la soledad de su pena, el amigo vengativo piensa en lo que vendrá. Sí, quiere sangre para paliar la pena de saber muertas a su madre y hermana a manos del hombre que va a enfrentar. Recuerda los días de angustia y amargura que tuvo que sobrevivir por causa de ese mismo sujeto. Sufrió tanto que hasta se le apareció Cristo y eso ya es decir bastante.
La tarde que los verá sacarse la madre está repleta de luz. En las graderías los espera una multitud que quiere ver velocidad, pericia pero también una que otra descarrillada con posterior muerte del piloto bajo las patas de los caballos. Las apuestas corren vertiginosas y la mayoría le va al tribuno romano. Y es que su talento dominando a sus oscuros caballos lo ha hecho el favorito desde hace años en la carrera de cuadrigas. Su rival judío solo tiene el apoyo de un millonario emir que tiene 4 corceles con nombres de estrellas.
La carrera comienza con el furor de las trompetas. Se nota de inmediato la ventaja del piloto romano frente a los demás. Nadie se le acerca por temor a ser destruido por el detalle filudo de sus ruedas con taladro. Los latigazos en los lomos de los caballos se escuchan en todo el coliseo como si fueran las cajas de cambios de los modernos vehículos de ahora. No hay Sociedad Protectora de Animales protestando por el maltrato. Solo hay fiesta y algarabía.
La tensión crece a medida que las vueltas van sucediéndose y algunos corredores tienen que abandonar por brutales accidentes que alimentan la emoción. Poco a poco los viejos amigos, hoy enemigos jurados, quedan como líderes de la salvaje competencia. Pero ya sabemos que el héroe derrotará al villano y que éste será castigado. Qué mejor momento para que la justicia actúe que en medio de semejante torneo. Un desliz, un choque, una desconcentración y Messala, el odiado tribuno de pelo negro crespo, termina arrastrado por las bestias a toda carrera. Judá Ben Hur ya no tiene rival. Llega solo a la meta luego de haber provocado con su revancha la tragedia de su antiguo camarada.
Mientras a él lo premian con la corona de olivo, a su malogrado rival le espera la amputación de las piernas, cirugía bastante compleja para los días de Poncio Pilatos. Sin anestesia ni bisturíes, la cosa se imagina como una carnicería llena de dolor y gritos. Pero el casi cadáver no quiere la intervención. Sabe que su viejo amigo vendrá a verlo y espera. Le ha reservado una última noticia antes de encontrarse con sus dioses romanos. Judá lo visita y Messala sonríe con el rostro sanguinolento. “Tu madre y tu hermana están vivas. Búscalas en el valle de los leprosos”. Chilla el romano hecho jirones y muere, sin dejar claro si lo que acaba de hacer es un acto de redención o la última maldad del villano de la película.
Mis ojos han visto esa escena más de 30 veces. Es más, espero religiosamente que vuelvan a ocurrir la carrera, los choques y las volteretas. Hasta he deseado secretamente en mi infancia que Messala no se saque la chochoca y la cosa termine con un abrazo reconciliador, cambiando el mensaje de venganza por el de dos amigos que superan sus diferencias y se vuelven a querer.
Pero eso nunca pasa porque siempre es Semana Santa y el tatito lindo tiene que morir el viernes.

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