Herejías de Semana Santa

La Revista Avatar

Entre beber la sangre de Cristo o comer de su cuerpo, entre el vampirismo etílico o el canibalismo dietético, elijo siempre lo primero. Elijo la sangre que ha sido convertida (nunca mejor dicho) en vino, antes que la hostia deshaciéndose en la malhadada lengua. Y no importa si en lugar de vino es pisco, vodka, ron o cerveza; las bebidas espirituosas se eterizan todas en alcohol y cuestan casi lo mismo.

Y el olor de la hierba –marihuana, la bella Mary Jane- desaparece en el olor del incienso, esa columna de humo tras la cual espían tus ojos enrojecidos de amor en cada calada. Las adolescentes, casi púberes, se agolpan y amontonan a la entrada y salida de las iglesias en pleno recorrido de estaciones. Circulo –recorro con ellas las caídas de Cristo- tan pegado a estas lolitas que puedo hasta morder sus manzanas acarameladas sin permiso ni disculpas. En los bares se brinda solapadamente en tazas de té, el perfecto disfraz de una medida de ajenjo o dos de whisky (sin agua pero con hielo). Suena Blueberry Hill de Fats Domino. En el cuarto de baño, mientras afuera crece la cola de vejigas impacientes, se demoran los equilibristas de la delgada línea blanca, a cientos de metros por encima del suelo y sin red….

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