-No voy a morir-

Amor al chancho

“Igual siento mi piel ardiente y estirada, los músculos ociosos
como si hubiera dormido el día entero bajo ese sol del sur”
(Antonio Cisneros)

Raquel me ha tomado la mano de la misma forma que lo hizo cuando el doctor Villa-Gómez me dijo –sí, hay que hacerte de todas formas un examen para ver cómo está tu colon, es necesario descartar el cáncer-… Es decir me ha sujetado fuerte y con cariño, ahora suave, muy suave.
Después de que el buen doctor V-G dijera esa palabrita quise llamar a mi madre para decirle que había conseguido trabajo en este país. Ella se alegraría y yo tomaría eso como un paliativo a la terrible situación, aunque fuera una patraña lo del trabajo. Luego de ser programado para el penoso examen, Raquel y yo fuimos a tomar una cazuela de pollo. En el segundo piso del Dumbo`s, lloré como Vallejo en Paris o como cualquiera haría frente a su penoso destino. “Estoy lejos y reventado como un chorizo. Me siento como ese pelícano Raquel, que fue a morir de pie sobre la arena”
El taxista nos ve por el retrovisor, en realidad es a ella a quien observa, y yo estoy pintado y asustado como un perro de cuetería. Porque ahora me dirijo a la clínica ¿cómo se llama?, a que me introduzcan algo insólitamente desconocido por el ano, algo es muy ligero decir. Confieso que al principio pensé que sería por la boca, con una cánula pos supuesto, tan delgada como marciana, casi, casi un pelo de conejo y que no sentiría nada, que todo sería como sacar cerumen de las orejas, o extraer una espinilla, pero el doctor V-G, el buen doctor V-G, con diplomas de especializaciones en la China, Europa y Melmac, dijo -no te preocupes, te vamos a sedar- ¿y por qué me van a dormir, es porque habrá dolor verdad?, Jesús, María y José… Raquel, dime que no es por atrás. –por ahí mismo, por dónde más-, Raquel siempre dice la verdad incluso cuando miente.
El taxi pasa frente a un estadio y pienso en el comportamiento de las circunstancias o en ¿cómo son las cosas no?, desde que llegué no he pateado una pelota pero sí, en cambio, ya me van a desvirgar con un objeto insólito al que no he tenido oportunidad de conocer por internet, lo que son las cosas. Ahora ya no siento la mano de Raquel sometiendo con suavidad la mía. Si en este preciso momento sonara “Just” lloraría, estoy seguro, lloraría porque desde chico, o mejor digamos desde pequeño, fui muy sensible… Ah… Atravesar la zona sur de La paz, donde soy tan feliz, es hermoso y verde y ajeno. El cielo es azul como en Arequipa, pero las nubes paceñas son un espectáculo. No suena “Just” sino morenada, siempre tocan morenada, bailan morenada, todos, sin importar la clase social. En el parque, en la calle, en el mall…
Hoy es el octavo día y yo prefiero resolver una ecuación frente a todas las personas que me creen inteligente, prefiero aparecer calato en televisión, en un operativo. Es que hace ocho días el buen doctor V-G dijo –dentro de ocho días vuelves habiendo tomado horas antes el suero que voy a recetarte-… Hoy es ocho días después, y hace unos minutos bebí el líquido sin sabor, debo mencionar que nunca vi una botella tan fea, deforme, con panza casi humana, como la de mi amigo… no importa.
Lo bebí con medio litro de agua como me dijo el buen doctor, sin embargo, media hora después mi estómago seguía siendo la misma piedra laja de siempre. Salté. Cabeceé. Me sacudí como salsero ardilla. Me lancé un volantín dominguero, como en parque. Me tiré de panza sobre la cama. Me di de karatazos por encima del ombligo. Chocolateé. Otro volantín, como en playa, y nada, pero, exactamente 35 minutos después… qué implosión. No sabía que tenía tanto para dar, pude haber llenado una represa o el interminable Salar de Uyuni.
Raquel me ha vuelto a tomar la mano, estamos cerca. La avenida Arce es hermosa. Embajada de los Estados Unidos a la izquierda, cines a la derecha, adelante un óvalo tupido de robles, paceños adolescentes por todas partes, ¿o es al revés?. Hemos llegado. No me sueltes. No me sueltes porque soy un chico, mejor digamos muchacho, soy un muchacho miedolento. Pero Raquel me suelta porque ya mucha vaina conmigo, no es para tanto, no voy a morir, no voy a morir, sólo es una colonoscopia, insólita y desconocida. No se trata de una operación como la que me hicieron en la pierna rota por segunda vez ¿nocierto?. Es sólo un tubito recorriendo con mucha delicadeza mis intestinos. Eso es todo. Debo suponer que usted amable lector ha sufrido cosas similares, quizá peores (deje comentarios si es así) y apuesto que dejó los aspavientos para otro momento.
Han dicho mi nombre por el intercomunicador. He traído en vano este libro “Cuando ya no importe” de Onetti. Se lo entrego a Raquel que me da fuerzas a su manera, un gran beso en la mejilla, otro grande en la frente, una mirada de película… espera, espera, ¿por qué me miras como la novia de William Wallace?… -Señor Segura, adelante-, señor marica adelante, bájese el pantaloncito y mire la puntita del gran Illimani, señor marica. Va a ver que ni sentirá la manguerita… por cierto, coja este rollo de papel, es para las lágrimas, y la sangrecita… Juro por los choclos frescos en la tumba de Vallejo que no volveré a comer ají ni mezclaré arroz, papa y tallarín y la fibra será mi nueva, nueva religión.
-¿señor Segura?-
En la pequeña sala hay una pantalla gigante, al medio una cama-robot, es para operar. Cables… Sogas. Agujas. Sierras. Ganchos. Cabezas de cuche. Brazos. Piernas. Mentira, lo de los cuches es invento mío. La asistente del doctor me acompaña a una cabina donde debo dejar mi ropa -¿toda?-, -no, sólo el pantalón-, no pregunto por las medias así que me las dejo puestas. Me llama cordialmente a la cama pero antes de obedecer diviso unas mangueras de grifero que cuelgan en un extremo del salón. Me miran serpenteando y cabeceando al vacío, al parecer quieren arrancarse del dispositivo que las contiene.
No sé cómo preguntar… Usted, amable lector ¿cómo hubiera salido de la duda sobre si esas mangueras eran de su talla o no?, Pos supuesto pienso en que quizá son ideas mías y esas mangueras son para inyectar combustible a la cama-robot, o para chisguetear utensilios. Qué incómodo, qué cobarde resultaste ser. Pregunto a la señorita mirando las palmas de mi mano. En efecto, esas son las malditas XL que me introducirán por aquel resquicio. Lo sé, la medicina es una cosa que cuesta entender.
El encargado de hurgarme el intersticio, por pura vocación, saca la cabeza y le sugiere a Raquel ingresar si desea. ¡La vida da vueltas maldito hijo de Evo! digo para mis adentros y muerdo los labios. Esto es vergonzoso, extremo, penoso, incómodo, pero necesario. Sueno como mi madre. La asistente me pide acostarme de costado, -flexione su pierna un poco, eso es, un poco más, pegue la rodillita a su pechito-, Lo sé, es para que el ingreso sea óptimo, es decir para que ese instrumento insólito y desconocido entre facilito. Me están sedando. Alcanzo a ver que Raquel prefirió permanecer fuera, eso es amistad. No siento mi cara, la palomita en mi mano, por donde ingresa el narcótico, se hace un elefante. – ¿De qué parte del Perú es usted… Are qué, Arequí?- >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>…-
Despierto, han pasado veinte minutos según dicen. El buen doctor V-G está en la sala observando una fotografía de mi colon. –Estamos bien amigo- la asistente pone su mano en mi pecho y, con el mismo tono del Negro Ferrando dice -¡No tiene naaaaaada!-, nada malo.
Qué bueno es volver con buenas noticias a casa. Una sopa instantánea, un capítulo de estreno… A pesar de que lo más doloroso, indignante y lúbricamente vergonzoso no haya sido precisamente aquella insólita colonoscopia sino lo que ocurrió inmediatamente después, con otro doctor, uno muy parecido a Hulk pero sin ese verde caraterístico…

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