Sal

El Espantacuervos Jorge Alvarez Rivera

“Escribo para que mis amigos me quieran más”

Gabriel García Márquez

La necesidad de evadirse es permanente. Sobre todo si el presente ofrece paisajes lunares en el camino al trabajo y alcaldes plañideros que se excusan por Facebook. Escapar se antoja como una urgencia, una necesidad en pos de no perder la cordura y de recuperar la perspectiva.

Hay algo en el mar que siempre funciona como un imán de mis carnes. El vínculo que une la humanidad con el jurásico caldo biológico, de donde salió el primer pionero que cambió aletas por patas, nunca se romperá. Hasta allí se trasladan mis setenta y tantos kilos de cholito sacalagua cada vez que la oportunidad se presenta. Semana Santa y sus días de recogimiento realmente recogen lo que queda de mí.

Espero con fe que cada hombre y mujer tenga un lugar en la Tierra donde llegar cuando se acaba la rutina. El mío queda a 10 horas en carretera y lo rodea el océano Pacífico. Allí me esperaba la terrible cofradía de amigos de toda la vida, esa unidad que posee el talento de pulsar el botón de resetear mi vida. Iba a descubrir en 4 días que las cosas realmente invulnerables se manifiestan en casa.

Porque allí, en la soledad de la ola a punto de reventar en un magnífico tubo, se revela que la tabla todavía me hace caso, aunque la melena enredada hoy sea una calva con expectativas al alza. Pero también se manifiesta el hecho que la pelota ya no hace lo que manda el cerebro porque la cintura fue desapareciendo en las miles de horas frente a los teclados de la redacción.

Los lobos marinos que aullaban su amor durante noches enteras todavía se regodean en las rocas costeras, multitudes moviéndose con la paciencia golosa de los reyes obesos, esperando la oportunidad de meterse al agua a pescar, cambiando su pesadez por una agilidad que los lleva a desaparecer una y otra vez.

Y Diego destapando una cerveza para lubricar las risas interminables. Y Pepe poniendo un cd de Pearl Jam para alborotar los cantos. Y Julio haciendo chistes con mímica mientras su novia Janet, tan acomedida, va poniendo orden en nuestros laberintos de maletas y botellas. Y Aldo haciendo ruidos inexplicables, como un beatbox humano que a veces es gaviota y otras guitarra. Y Kelly, hoy rubia, recordando cada episodio del pasado como si lo hubiera vivido ayer. Y el tío Chicho, demostrando que su nobleza de marino sigue invencible, preparando pollos al cilindro y ceviches espectaculares. Y Mimi, abriendo sus ojitos lindos y hechiceros ante cada paisaje que va descubriendo, empezando a entender el encanto del desierto.

Las caminatas al faro para hacer cientos de fotos que nos recordarán, mientras no se alteren los bites de la memoria digital, que estuvimos allí, otra vez, como tantas veces en el pasado, solo que con la carga de saber que va a terminar y todos volveremos a separarnos, despedazados en esas horribles instancias que son los terminales cuando alejan a los amigos que se han reacostumbrado, en solo un fin de semana, a los días donde todo estaba al alcance del pedal de la bicicleta. A las épocas donde el sabor de la vida estaba en cada estupidez hecha con cariño, porque los amigos que tuve (y tendré para siempre) son la sal de mi tierra.

Una respuesta a “Sal”

  1. Avatar Jose Bustamante dice:

    Jorge, el solo hecho de ver esa foto me invade una terrible nostalgia, todo fué tan perfecto, gracias a todos y especialmente gracias a ti por describir tan profunda y emotivamente lo que vivimos con ese reencuentro. Marcona siempre será nuestra burnuja aquella en donde lo único que tienes que hacer es ser libre de verdad. Un interminable abrazo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE