MARIÁTEGUI Y GOBETTI (LIBERALISMO Y SOCIALISMO)

Sobre el volcán

¿En  qué sentido se puede considerar a Mariátegui (JCM) como un pensador postmoderno y, en consecuencia, aún hoy plenamente vigente?  Antes de responder ( y no hay una sino varias respuestas),  aclaro que no concibo la postmodernidad ni como un nuevo período, ni como una ideología, aunque tenga de ambas en cierto sentido.  Descriptivamente, ocurre que ciertas ideologías pierden vigencia, otras cobran  más vigencia aún y todas se desacreditan en cuanto fenómenos de manipulación, lavado de cerebro, adoctrinamiento, dogmatización, ideologización, es decir, abuso de poder.  Aunque la palabra ideología tenga otros sentidos  no  peyorativos  igualmente válidos,  como sinónimo de cosmovisión, por ejemplo.

La post modernidad es, por definición, una paradoja y de ahí la dificultad en la definición (Lyotard dice  “la paradoja del futuro anterior”) y está llena de paradojas.  ¿Se le puede situar dentro o fuera de la modernidad?  Lo que parece general es que implica una crítica a la modernidad. En puridad, como dicen los del gremio jurídico, no es un nuevo período  distinto de la modernidad, como muchos mecánicamente la consideran, sino un plus de modernidad, un más allá de ella sin salir de ella, entre la tradición y la heterodoxia (“heterodoxia de la tradición” decía JCM), entre la continuidad y lo discontinuo, como quería Benjamín, en grata coincidencia, manteniendo los mismos valores democráticos.

La post modernidad es un fenómeno occidental que se extiende a otras culturas pero jamás se encarna de la misma manera. Todos los países hispano andinos son occidentales, pero no necesariamente modernos sino más bien  predominantemente pre modernos, aunque formalmente republicanos y democráticos: un mixto con predominanacia del espíritu tradicionalista volcado ideológicamente hacia el pasado.  Esa cultura-fusión de filosofía griega, derecho romano y religión cristiana (católica o protestante) de la que nos guste o no, somos parte y expresión los peruanos: la cultura occidental. Que no seamos modernos “de verdad” no nos hace menos occidentales.

Veo a Mariátegui como un primer pensador postmoderno porque lo veo como un primer crítico de la modernidad desde dentro de ella.  Aunque no se  estrella  iconoclastamente contra ella, como han hecho tantos:  busca más bien su plena realización social, es decir, que sea “de verdad”, que se haga realidad social e individual,  más allá pero dentro de ella, asentada en los mismos valores democrático modernos, republicanos o monárquicos.  La solidaridad social, que es valor eminente en el socialismo (también producto de la modernidad) ya está considerada en la  revolución democrático liberal como fraternidad o hermandad, (hablando de modelos).  No hay incompatibilidad de valores (socialistas versus liberales)  a condición de que todos crean en la democracia de buena fe: un sistema que no sólo tiene en cuenta las humanas diferencias sino que está hecho para y por ellas. Y para controlar el poder.

Liberalismo y Socialismo son los principales idearios políticos modernos.  ¿Dónde está la incompatibilidad de fondo si hay buena fe en la democracia?   La democracia liberal sólo puede ser incompatible con ese sector de la izquierda que cree todavía que  hay dictaduras buenas y de las otras y que el energúmeno y prepotente dictador venezolano, por ejemplo,  está precisamente entre  las buenas, junto a su ex clon peruano, ecuatoriano o boliviano.   El problema ha sido el rechazo de la democracia a través del rechazo del liberalismo llamado peyorativamente burgués por el marxismo-leninismo del siglo pasado y “neo liberalismo” por el de éste:  democracia liberal también son las elecciones, el congreso, el control del poder, la rotación de los cargos, la libertad de mercado, que no hay que confundir con la prioridad del mercado sobre todas la cosas divinas o humanas, un dogma absoluto: eso no es liberal, eso es anti liberal. El ser humano debe gobernarse por la razón, no por el mercado.

El problema del socialismo ha sido el socialismo real: la ex Unión Soviética, Cuba, Venezuela, etc.  (Stalin: un zar ateo, un Romanov laico).  Pero también es parte de la tradición socialista la social democracia, que es más social y más demócrata que el estatismo puro y duro y que ha dado buenos resultados en Europa y se está dando en  algunos países  de América Latina. Se dio social democracia porque  el  socialismo se sacudió del autoritarismo y la centralización del poder (lo más tradicional) para asumir completamente la democracia con todos sus valores, especialmente la libertad, la dignidad, la igualdad de derechos, la división y el control de poder, que no son inventos de Adolfo Hitler ni de José Stalin.  Entre nosotros falta esa tarea, como ya ha ocurrido en los países que todos llamamos desarrollados; últimamente España, Brasil  y muy probablemente Chile (¿es un país sub desarrollado?).  No perfectos, ni absolutos, ni celestiales, pero sí desarrollados política, económica e ideológicamente (es decir educativamente).  Algunos peruanos olvidan que no estamos en ese grupo y viven como si fuera el mejor de los mundos.  Marx llamaba a esa actitud  filisteismo.  Y Mariátegui oponía el aburguesamiento filisteo al espíritu bohemio, que, sublimado, él encuentra en Chaplín, Cristo, Francisco de Asís, Diógenes.  “Charlot es antiburgués por excelencia” (“Esquema de interpretación de Chaplin“, en “El alma matinal”).

En mi opinión Mariátegui simpatiza con los ideales liberales y democráticos de origen burgués y aún con el capitalismo, con la salvedad que quiere hacerlos reales en el Perú donde hasta ahora no lo son plenamente, por la vía del socialismo, ante la inconsecuencia burguesa, que él denuncia (y en nuestro caso, además,  a la fragilidad  o imposibilidad de una auténtica y desarrollada burguesía y una democracia humanamente auténtica). Mariátegui no estuvo nunca por la toma del poder  por las armas sino por la revolución. Y para eso hay que revolucionar el espíritu. Revolución es vuelta completa y no  amotinamiento.

Esa hipótesis se puede deducir de su relación con la obra y la persona de Piero Gobetti, otro heterodoxo como él,  dirigente político y filósofo italiano, un liberal de izquierda en los años veinte.  Tanto para uno como para otro, en su país respectivo, hay tareas capitalistas, modernas, burguesas, incumplidas, en diferentes planos, empezando por la economía, la política y la existencia misma de una clase burguesa de verdad.  Son sociedades semi agrarias y agrarias (y no solamente en sentido económico).  Como el sur de Italia y el Perú, en esa época, los años veinte.  Esos incumplimientos históricos bloquean las posibilidades del desarrollo económico porque bloquean las posibilidades del desarrollo ideológico, educativo, etc, sin buena educación no hay buena economía.  Bloquea no sólo las posibilidades del socialismo democrático, sino de toda democratización y modernización.

El socialismo liberal de Mariátegui no niega el valor ni el papel del individuo y de las elites en ese objetivo. Lo ha dicho expresamente en su ensayo “El problema de las elites”.   Para el son indispensables las elites. Detrás de esta idea aristocrática está el valor de la persona, del individuo: de su autonomía y su libertad de pensamiento, sentimiento e intuición. JCM  no asume el marxismo como una doctrina porque lo concibe como método, como guía para la acción, nada más, algo que hay que usar creativamente. Mariátegui es particularmente antidogmático  en la tradición marxista internacional, como los de la Escuela de Franckfort, con quien tiene afinidades avant la letre.  El usa creativamente el marxismo (como Marx, que no era discípulo de nadie) como pocos marxistas en el mundo, y en esa medida es  marxista. Benjamín o Gramsci, ilustres ejemplos europeos con los cuáles Mariátegui es perfectamente equiparable.  Marx era un tipo eminentemente creativo (por eso cuando se enteró que tenía discípulos declaró a su amigo Kugelman que lo único que sabía es que él no era marxista).  Mariátegui no es un discípulo, un espíritu catequístico  fiel a Marx. De ahí su originalidad, su autonomía, su independencia mental.  Como Marx, que era  una de las mentes  más críticas de su tiempo, Mariátegui es  profundamente marxista, porque se independiza incluso de  él, del patriarca,  del tótem interior,  como hacen los hijos maduros con el padre.  Volvamos a Gobetti.

En uno de sus tres artículos sobre Gobetti (lo que dice de su alto interés en él)  Mariátegui  señala: “La unidad italiana, como expresión de un ideal victorioso de modernidad y reforma, se presentaba a la percepción apasionada y señera de Gobetti incompleta y convencional.  Las corruptelas de la Italia meridional, agrícola y pequeño burguesa, provincial y pobre, palabrera y gaudente, pesaban demasiado en la política y la administración de un Estado creado por el tesón de las elites norteñas.  El Estado demo liberal era en Italia el fruto de una transacción  entre la mentalidad realista y europea  de las regiones industriales del Norte y los gustos cortesanos y demagógicos  de las regiones campesinas del Sur, afligidas aún por los problemas de  la sequía y la malaria.”  ¿No tiene un aire familiar?   ¿ no siguen las sequías y las lluvias y los huaicos?  ¿no tenemos todavía varias y graves malarias en el Perú del 2012?  Mariátegui no ve mal el capitalismo, la democracia y la modernidad, sino que no lo sean suficientemente; que sea falsa, formal, demagógica, no rfeal.  Sino ¿a quién se refiere cuando habla del tesón de las elites norteñas, es decir industrializadas, capitalistas y burguesas, así como de  la mentalidad realista y europea? No es peyorativo sino apologético, como se ve claramente. Y no se refiere al proletariado italiano, ciertamente sino a la burguesía.

Socialismo y liberalismo son las más importantes expresiones del pensamiento  político moderno. El socialismo de Mariátegui no niega los ideales modernos ni la modernidad.  Mariátegui no tiene nada de Stalin, salvo el primer nombre. Entendieron el marxismo en forma muy distinta estos dos marxistas de nombre José.  Mariátegui no es un politicastro, ni un predicador, ni un dictador, sino un ensayista y un líder post moderno.  Predicaba haciendo: llevar hasta sus últimas consecuencias sociales los valores modernos.  Por eso denuncia las fallas o inconsecuencias burguesas. Y esa compatibilidad entre su ética socialista y los valores modernos la vemos claramente en su relación con el filósofo y dirigente liberal, Piero Gobetti.

Mariátegui sabe bien qué tipo de país es el suyo (con analogías al de Gobetti en su época) y no intenta aplicar mecánicamente el marxismo, como si se tratara de la Europa nórdica industrializada y protestante.  Lo toma como un método que debe tener en cuenta en primer lugar la realidad concreta, sin ideologías. Y la realidad concreta es que, como el dijo, fue en contraste con el mundo europeo que sintió  todo lo caótico y primitivo que era su pueblo. Y caótico y primitivo  no son compatibles con el modelo de  modernidad, que es libertad con razonabilidad. Seguimos siendo un pueblo “caótico y primitivo”. Problema de educación.

La época de Mariátegui era la época del Psicoanálisis, de la Teoría de la Relatividad, de la vanguardia artística europea, el Dadaísmo, el espíritu Surrealista (que tanto influyó  también a Vallejo), del Existencialismo (de Kierkegaard a Unamuno) de los gérmenes de la Fenomenología, el Expresionismo, etc.  Y todo esto no pudo dejar de afectar al espíritu abierto y genialmente perceptivo y receptivo de Mariátegui.  Por eso constituyen o pueden conformar elementos característicos de su concepción del mundo  profunda y sinfónica.  En esta concepción el marxismo es un elemento metodológico y ético, pero no doctrinario o dogmático.  Basta y sobra con la ética de la solidaridad, de la preocupación por el interés público y las reformas o revoluciones sociales, como en el liberalismo de Piero Gobetti y de todo liberal auténtico.  Y el espíritu de Mariátegui da cabida a los diversos aportes de la creación humana, siempre compatibles con la cultura socialista no autoritaria.  Esto lo hermanaba profundamente con Gobetti.  Pero Gobetti muere desterrado en París a los 29 años, dejando una obra política y una obra escrita portentosa.  Como Mariátegui, que murió a los 36.

¿Qué admiraba el socialista Mariátegui en el filósofo y dirigente liberal italiano?  Una pista es la siguiente: Gobetti colaboraba con el Ordine Nuovo dirigida por el lúcido y valeroso Antonio Gramsci, líder fundador del socialismo italiano, sin incompatibilidad, en plena armonía. Pero a la vez dirige una empresa editorial que, según Mariátegui, es una de las más interesantes de la Italia moderna.  Se refería a la publicación de los Cuadernos de la Revolución  Liberal.  Y esto es todo una confesión tácita de compatibilidad ¿Un liberal socialista?  ¿Un socialista liberal? Me parece que sí,  avant la lettre, lo cual sólo es posible en un cerebro heterodoxo, un corazón plural y abierto y un espíritu revolucionario.  Democracia exige.  Mariátegui dedica a Piero Gobetti tres artículos (cosa extraordinaria que no ocurre ni con  don Miguel de Unamuno, a quien veneraba).  Mariátegui no oculta su afección por Gobetti, por ejemplo cuando comenta sus obras: “…una originalidad de pensamiento, una fuerza de expresión, una riqueza de ideas que están muy lejos de alcanzar en libros prolijamente concluidos y retocados, los escritores de la misma generación a quienes la política gratifica con una fácil reputación internacional…”

El encuentro entre estos altos personajes se da en el plano político, cultural y ético: la salud colectiva, unas condiciones sociales más equitativas y la fuerza para vivir un mito con pasión y hasta las últimas consecuencias.  Eso eran Mariátegui y Gobetti.  Es muy difícil saber dónde está la diferencia entre ellos.  ¿Cuál sería  la diferencia entre un auténtico liberal, que no olvidó nunca que la libertad sin solidaridad no es justa y un marxista que ha sido uno de los más libres y democráticos de su siglo?  Ninguna relevante.  Y en realidad ¿qué ha podido diferenciar durante tantas décadas a liberales y socialistas en nuestra vida política?  Y cuando digo democrático, a propósito de Mariátegui, me remito también  al espléndido pluralismo y  modernidad de Amauta, por ejemplo.

Y el pluralismo, ligado a la tolerancia, no es un valor marxista-leninista sino democrático liberal. Sin embargo, una vez alcanzado el poder la burguesía liberal se fue olvidando de la solidaridad y los marxistas leninistas del individuo y de la libertad, y generaron una falsa polarización, como hace  Castro en Cuba, Chávez en Venezuela y sus satélites políticos, económicos e ideológicos.  Eso no demuestra que socialismo y liberalismo sean necesariamente incompatibles (salvo para los dictadorcillos y sátrapas con máscara republicana o democrático populista).  Pero para que haya compatibilidad, los seguidores respectivos deben mostrar, ante todo, una conducta democrática que no sea sólo de palabra, de ceremonia,  de pura forma y conveniencia individual.

Lo que hacía antagónicos  a marxistas leninistas y liberales durante décadas de polarización en América Latina  era el carácter autoritario, centralizador, monista de los marxistas leninistas que en realidad no creían n i creen  en la democracia, aunque la pueden utilizar mejor que los verdaderos demócratas,  a ejemplo de Stalin, Mao, Castro, Abimael, Chávez, Ortega, Correa, Evo, etc. Y los burgueses se olvidaron de la libertad (¿para qué si ya tenían el poder?). Para ellos, más allá de la economía y la comodidad, todo es vano.  Pero Mariátegui no era ni leninista ni burgués (de ahí su discrepancia con la III Internacional de Lenin).  Había y hay un cierto maniqueísmo que polarizaba la discusión entre los que defendían al individuo y los que defendían a la sociedad.  Lo cual es absurdo porque la sociedad está conformada por individuos y no hay necesaria incompatibilidad entre los intereses de ambos, aunque la haya de hecho en muchos casos.  Los defensores de la sociedad fundieron socialización con estatismo: Cuba y Venezuela son la consecuencia supérstite.  La distinción entre individuo y sociedad es solamente abstracta.  El estado demo liberal (que lamentablemente es casi solo formal en nuestro caso) no se opone a la defensa de la persona ni a los intereses de la colectividad, porque no se trata de una persona sino de todos los seres humanos.  Todos ellos son considerados, en el sistema democrático, como personas. No hay ser humano a quien se le pueda negar esta consideración.

Desaparecida la falsa incompatibilidad y habiendo consenso respecto de las bondades de la democracia real, cuando es real, siempre imperfecta, siempre perfectible, no se justifican los desencuentros entre liberales y socialistas, si creen en la democracia, la libertad y la solidaridad.  Si se han internalizado esos valores, si se han hecho nuestros.  Las experiencias político económicas de Inglaterra, España y  Brasil, Chile, independientemente de sus gobiernos coyunturales, nos aleccionan bien acerca de las falsas incompatibilidades.  Liberalismo y socialismo no son antagónicos, si son democráticos: condición sine que non.  Y Mariátegui y Gobetti lo saben ya en los años veinte.  Por eso son vigentes, aunque poco leídos y reconocidos.

La crítica a la modernidad por parte de Mariátegui no es absolutista, sino matizada y razonada; además no oculta su admiración por sus fabulosos aportes.  Esto se siente en su admiración por los EEUU en su época y, en general, por la pujanza y creatividad de las etapas juveniles del capitalismo y por la cultura de la madurez europea. Admira el automóvil…y se compra uno.  He hecho en Europa mi mejor aprendizaje, decía.   Y se refería a la Europa del siglo XX en sus primeras décadas.  Mariátegui sabía reconocer a sus benefactores, vengan de donde vengan.

La actitud abierta de Mariátegui se explica por su espíritu pluralista y su natural tolerancia.  Eso se ve, como se dijo, en la concepción de la revista Amauta, en la cantidad de personajes admirados por él que no eran de tendencia marxista, o que estaban muy lejos o contra el marxismo, como Nietzsche y Unamuno.  Mariátegui está unido a estos dos personajes por su costado post racionalista (el  sentimiento agónico de la vida).  Otro rasgo de post modernidad: ir más allá del racionalismo moderno, desenmascarar los límites de la razón y recuperar la importancia de las facultades humanas extra racionales para la creatividad, dentro y fuera del trabajo político y, en primer lugar, para la educación.  La razón no como nueva diosa, después de la “muerte de Dios”,  sino como potencia instrumental, entre otras no menos importantes: como razón crítica y autocrítica. Hay conceptos y son armas, pero, como insistía Deleuze, con lenguaje spinozista, también hay “perceptos” y “afectos”.

Ese racionalismo que cultivó el predominio de la razón hasta la exacerbación, fue criticado precozmente por Mariátegui a través de dos derivados: la escolástica marxista y el positivismo, (en Defensa del Marxismo, por ejemplo).  Y explica también su proximidad al arte y la literatura.  Esos dos  —el positivismo “pop” y la escolástica marxista—  son actitudes mentales de cepa racionalista, pero en un contexto ideológico pre moderno, ahora ya francamente retardatarias.  Mariátegui, por lo contrario, es confesamente subjetivo y heterodoxo, como lo señala explícitamente en su “Testimonio De parte” en 7 ensayos, en el ensayo sobre literatura precisamente: ni “imparcial” ni “objetivo”.  Para él, el marxismo no es una ciencia, sino una fe, una pasión, una mística, una forma de vivir peligrosamente; pero también un modelo para armar en la propia casa y no un manojo de dogmas eclesiásticos.

“En mi camino he encontrado una fe y la he encontrado porque desde niño mi alma partió en busca de Dios”, le confesó a Angela Ramos. En su espíritu genuinamente moderno, la búsqueda de Dios no se opone ni a la libertad ni a la solidaridad, precisamente porque encuentra a Dios en los seres humanos, como  dijo alguna vez hablando del poeta y amigo Alcides Spelucín.  Los temas celestiales se hacen terrenos, humanos, sociales, seculares: como la búsqueda de su propio padre (a quien no conocía físicamente) en los ambientes limeños de  El turf (revista hípico social que él dirigía todavía adolescente).

Y por la crítica del racionalismo se recupera la creatividad y todo lo vinculado a la subjetividad: el inconsciente, la imaginación, la fantasía, el arte, etc.  Eso implica la romántica idea de plenitud o totalidad.  “Plenitud de plenitudes y sólo plenitud”, decía Unamuno, contra la vanidad del nihilismo rampante, (vanidad de vanidades y sólo vanidad).  Contra el reinado absoluto de la razón especializada, los fueros de la pasión son insoslayables.  Mariátegui también es post moderno porque él mismo expresa una fusión  singular y paradójica: nietzscheano, marxista y creyente. Nada más heterodoxo, nada más autónomo, coherente  y sobrio.   Incluso por la forma y el sistema de producción o de creación  Mariátegui es un nietzscheano, pero no un discípulo de Nietzsche. ¿Cómo?  Se trata de escribir con la sangre (como prescribía  Nietzsche)  meterla entera en las ideas propias: esto está más allá del racionalismo y es evidente.

Mariátegui es probablemente uno de los primeros nietzscheanos de izquierda en el contexto del marxismo internacional.  Cosa extraña pero no imposible, ni contradictoria, tratándose de la influencia de Nietzsche que no quería discípulos, lo que da la libertad de ser uno mismo.  Eso lo hizo heterodoxo también frente a la ortodoxia de los camaradas marxista leninistas, al reconocer la emoción, el instinto, el sentimiento, la voluntad , la fe, etc., para el trabajo del conocimiento y la expresión (gobernado hasta ahora por la razón dogmática, comunista o católica  igualmente autoritarias).

Se pueden recuperar cosas importantes en los abismos del inconsciente, como Freud,  o en el laberinto del tiempo, como Proust y Bergson.  Eso hace Nietzsche, antes de todos ellos.  Y está claro que  Mariátegui conoce y admira a todos  estos notables personajes.  Algo que recién se puso de moda en Francia en mayo 68.  Marx, Freud, Nietzsche: los filósofos de la sospecha, los llamó Paul Ricoeur.  Mariátegui estaba muy más delante de su pueblo caótico y primitivo para poder ser entendido siquiera por sus compañeros de partido, como Eudocio Ravinez. Éste  lo sucedió en el liderazgo del ex partido socialista, que el convirtió en comunista (dogmático, autoritario, rígido, etc.), con un espíritu exactamente inverso al del Amauta.  Mariátegui estaba perfecto para   mayo  68: una especie de  revolución cultural post moderna, que empezó en la ciudad de París e irradió por todo el mundo: contra la derecha capitalista y contra la izquierda dogmática y el comunismo.

Si Nietzsche es el primer pensador postmoderno, es porque fue el primero en llevar la crítica de la modernidad hasta sus raíces: sus fuentes romanas, platónicas, aristotélicas y cristianas, es decir, occidentales.  Otro rasgo postmoderno: la crítica de la modernidad tiene que ser completa, es decir, radical: llegar a la raíz.  Quien ha leído a Nietzsche, sin resentimiento, ya no puede seguir siendo ingenuamente cristiano, platónico, aristotélico o romano, es decir ingenuamente occidental: es decir, mentalmente pre moderno.  Y Mariátegui no es menos crítico de la modernidad ni menos radical cuando denuncia políticamente el apoltronamiento del parlamento burgués y, éticamente, el contagioso espíritu aburguesado de un grupo social conformista.  Mariátegui no pretendió jamás hacer la revolución él mismo, directa e inmediatamente, sino contribuir a la elevación de la conciencia social e individual en el Perú, para que el pueblo peruano haga su propia revolución.

Nadie como él vivió a la altura de su tiempo, incluida su concepción del tiempo, probablemente influido por el cine y Bergson.  De éste último leyó por lo menos La evolución creadora,  considerándolo como el acontecimiento más importante en los primeros 25 años del siglo XX.  Bergson es otro de los creadores de la postmodernidad, en particular por su penetrante reflexión sobre el tiempo que Borges también admiró y aprovechó sin ambages.  En este caso no se trata sólo de la razón razonante, ni sólo de la platónica imagen móvil de la eternidad  sino del tiempo tomado al vuelo, sobre la marcha: el futuro anterior.

CONCLUSIONES

Piero Gobetti es una especie de mellizo histórico liberal  de Mariátegui; como Gramsci lo es dentro del marxismo: Un mismo estilo se deriva de una cosmovisión semejante y de una actitud vital idéntica. Su universal y selecto espíritu les permite  detectar sin dificultad las mejores primicias de la vanguardia europea y mundial, de la vida política, social y cultural de su tiempo. Ahora que han desaparecido algunos dogmas a la izquierda y a la derecha, creo que se puede entender mejor la originalidad y la grandeza  espiritual de estos  líderes   ahora injustamente desconocidos  o mal conocidos.

Pero Mariátegui es el único que armoniza marxismo y  sentimiento religioso de la vida  —que no se plegó al ateísmo marxista racionalista ni a iglesia instituida alguna. Esto da  una síntesis muy original y sugestiva.  Esa que impregna toda su obra, suicidamente olvidada. Como suele ocurrir en el Perú con muchos peruanos que fueron capaces de dar un ejemplo, aún sin proponérselo.  Ese sentimiento religioso es vivido  como búsqueda y como agonía, pero no entendida esta última como sinónimo de muerte sino en su sentido etimológico, como lucha, como vida en lucha consgante: como vida plenamente vivida.  Como la  vivieron José Carlos Mariátegui  y Piero Gobetti  hasta su último día.

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