BÁRBARO

La columna

El domingo último, mientras buscaba los diarios del día para leer, deseché dos de ellos al ver el titular, suponiendo que se trataba de diarios pasados, de hace dos meses, pues hablaban de un incendio en un centro de rehabilitación para drogadictos, con varios muertos, por haber estado cerradas las puertas con cadenas y candados.

Después de mucho rato, venciendo mi incredulidad, caí en la cuenta que se trataba de una noticia actual, que la tragedia había vuelto a ocurrir, de la misma manera, como repitiendo un guión del horror, insólitamente, ante la inacción o indiferencia de las autoridades e incluso de la población.

Ni en ese momento, ni aún ahora, puedo encontrar los calificativos apropiados para describir la indignación y la sensación de desprotección que este hecho provoca. Personalmente, esto marca para mí el fin del optimismo y el vano orgullo de creer que estamos en un país que se está superando a sí mismo, que avanza, que crece, que atisba los horizontes del desarrollo. No importa cuántos malls y grandes tiendas se instalen en la ciudad, ni cuántas tarjetas de crédito cargamos ahora en la billetera; aún vivimos en un país bárbaro, deshumanizado, indigno de la cultura que nos precede como nación, e inmerecedor del futuro que los políticos se esmeran en vendernos.

Mientras haya gente que muere achicharrados por las llamas, torturadas su carne y su alma por la indescriptible sensación de abandono que tienen que haber sentido, con la aterradora certeza de no haber encontrado ayuda, ni antes ni durante el incendio, siendo que muchas son personas débiles, enfermas, desvalidas, víctimas del sistema; éste no puede llamarse un país civilizado.

Porque muy pocos se salvan de tener responsabilidad tras un hecho así. El gobierno nacional, el presidente, el ministro de Salud, la autoridad municipal, los legisladores, las instituciones de bienestar social, las organizaciones no gubernamentales supuestamente dedicadas a esta área, los medios de comunicación que conocen la problemática desde hace mucho, la colectividad, los vecinos de esos terroríficos centros, sus gestores o beneficiarios, las familias de los internos. Todos.

¿Qué nos diferencia de México, por ejemplo, país calificado de inviable por estar cuasi tomado o liberado por las temibles bandas del narcotráfico que han hecho de su histórico territorio un gran cementerio donde los cadáveres se van sumando, día a día? Hace poco, como ya resulta cotidiano, encontraron el cadáver de una periodista del prestigioso semanario Proceso, seccionado, mutilado, degollado y con signos de haber sido torturado. Y cada semana, la historia se repite.

¿Alguien tiene idea de hacia dónde estamos yendo?

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