CHAU FLACO

El regreso

Julio Fairlie Silva

Lo había visto hace un mes atrás, estaba a oscuras en una pequeña habitación de su casa en Punta Negra. La luz le molesta, me dijo su hija, pero igual abrió un poco las cortinas para que pudiera verme. Hola, me dijo con voz temblorosa y me extendió su mano huesuda enfundada en un guante de lana. Una leve sonrisa iluminó su rostro ese instante y agregó con un marcado dejo arequipeño: ¿Cómo estás?

Ese era el Flaco Julio Fairlie Silva, el genial dibujante arequipeño que murió el martes pasado, luego de una larga enfermedad que lo tuvo postrado en cama por más de dos años; pero a pesar de ello siempre tuvo una sonrisa amable para las poquísimas visitas que recibía. Apenas me reconocía me hablaba de sus buenas épocas de La Prensa, de sus travesuras con sus amigos al terminar cada jornada de cierre en el diario. Curiosamente no hablaba de Sampietri, el famoso personaje que creó en 1952 y que le traería sus más grandes satisfacciones a nivel artístico.

Sampietri fue el típico vivazo criollo, cabeceador, atarantador y vividor que logró meterse en el bolsillo a sus miles de lectores de aquellos años, a tal punto que incluso crearon al Sampietri de carne y hueso para que parodiara con humor al famoso personaje de Fairlie. Su reinado duró muchos años, pues de La Prensa saltó a las páginas de Última Hora y muchos años después a Correo de Arequipa. Sí, y esa es una historia poco conocida y que revelaré hoy, porque fui de alguna manera causante de su incursión en el tabloide del logotipo rojo.
En 1985, cuando Julio Fairlie decide tomarse unas largas vacaciones en Arequipa, ya estaba jubilado y hacía mucho que no volvía a la tierra que tanto quiso. Fue cuando nos encontramos de casualidad en una talabartería de un amigo suyo en la calle Bolognesi, por aquellos años yo dibujaba y escribía en Correo; y en nuestra conversación surgió la posibilidad de resucitar a Sampietri. Yo me comprometí a plantearle a la dirección del diario la propuesta y a la vuelta de unos días El Flaco, ya estaba publicando su tira en Correo.

La aventura no duró mucho, pero Sampietri hizo reír a los lectores con sus ocurrencias, como esta:
Sampietri vestido de siquiatra le dice a una señora gorda que tiene como paciente:
-“…Y con esta última sesión, dejará de soñar que la persigue un toro bravo!
Días después la señora vuelve al consultorio y le dice a Sampietri:
-¡Ay doctor, sigo con las pesadillas!
A lo que Sampietri responde:
-Señora, va a tener que aprender a torear.

El humor del Flaco era el humor sencillo, directo, el humor fresco y popular que podría incluso a ser ingenuo, pero efectivo. El sentido del humor de Fairlie fue inigualable. Su vida estuvo repleta de anécdotas que al contarlas hacía que nos desternilláramos de risa, porque para él la vida fue una auténtica sonrisa, al menos mientras pudo mantenerse en pie y disfrutar del aire cálido de su Punta Negra, ese nostálgico balneario del sur de Lima, donde pasó sus último días.

Murió olvidado por el Estado, como artista mereció todos los reconocimientos, sin embargo nadie hizo ni dijo nada a nivel oficial, porque al parecer, para el Ministerio de Cultura, los artistas que los merecen son los cantantes criollos y no los humoristas gráficos, ellos no son “artistas”.

Sus amigos lo acompañamos hasta su cremación e hicimos lo posible para difundir su obra a través de medios amigos que le dedicaron algunas notas. Así se fue Fairlie, casi en silencio y quizá finalmente feliz de partir, pues en nuestra última conversación me dijo: “Hermano, ya me quiero ir!… y se fue. ¡Chau Flaco!

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